Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

miércoles, 11 de septiembre de 2019

Cacería de Mid-Caucasian Tur en el Cáucaso I

Dice Sabina que en Comala comprendió que al lugar donde has sido feliz no debieras tratar de volver. Sin embargo, yo volví al Cáucaso. Tres años después de haber sentido ese vértigo helado y escalofriante que sólo las cimas de esta cordillera pueden provocar, regresé con Felipe Echenique, mi padrino, a las montañas que fungen como la prisión de Belcebú, por sus imposiblemente empinadas laderas y sus altísimos y filosos cantos. 

Primero vivimos el terror y el deleite en Azerbaiyán; ahora sería en las repúblicas de Kabardia-Balkaria y de Karacháyevo-Cherkesia, en Rusia. 

En nuestra primera expedición al Cáucaso habíamos tenido éxito: cada uno volvió a casa con un majestuoso Dagestan Tur. Ahora tocaba probar la suerte con el Mid-Caucasian y el Kuban Tur. 

La aventura inició un once de agosto de dos mil diecinueve. No llovía. Pero iba a llover.

Llovió cuando camino al aeropuerto me enteré que acababa de fallecer mi entrañable amigo Héctor Zamora, ‘El Científico’. Así que dejé México con el corazón empapado y con la promesa de dedicar mi cacería a don Héctor, que, al igual que yo, en esos momentos también emprendía un viaje, mas siendo el suyo perenne y a horizontes mucho más lejanos que el mío. 

Por mi parte, como le dije a mi padrino citando al Che, otras sierras del mundo reclamaban nuestros modestos esfuerzos. El infinito aún puede esperar. 

Tres días de viaje. Primero dormimos sobre el Atlántico; también lo hicimos a unas cuadras de la Torre Eiffel; por último, pasamos otra noche en el aeropuerto de Moscú; todo esto antes de llegar un soleado catorce de agosto a Minerálnye Vody, una pequeña ciudad rusa que funge como portal de acceso de las aguas minerales del Cáucaso; de ahí su nombre, que significa literalmente agua mineral. 



En el aeropuerto de Minerálnye Vody nos esperaban dos camionetas. Una se llevaría a Felipe a la República de Karacháyevo-Cherkesia y la otra nos llevaría a mí y a Eugenio, el guía e intérprete que me asignó la empresa Stalker Group, a la República de Kabardia-Balkaria. Es decir, en este punto, los caminos del padrino y míos se separaban. Echenique iniciaría su travesía en búsqueda del Kuban Tur y yo la mía, con miras en hallar un bonito ejemplar de Mid-Caucasian Tur. 



Un fuerte abrazo, expresiones de aliento y deseos febriles de suerte y éxito fungieron como el preludio a la cacería. Buena suerte y hasta luego, diría Calamaro. 



De camino al campamento base paré en un pueblo llamado Nalchik donde me corté el pelo; posteriormente visitamos un pequeño restaurante donde comí con mi guía y el chófer, Tomás. Bebimos Tarjun y cerveza; y comimos vegetales y kebab. Todo exquisito e ideal para afrontar con sueño las tres horas restantes que nos faltaban por recorrer para llegar al área de cacería. Y así fue: las pasé dormido, pero no concilié el sueño hasta que me mostraron al gigante de Europa: el Monte Elbrus. Entonces sí me quedé profundamente dormido y soñé con montañas y turs.




Desperté en las faldas del Cáucaso. Todavía no habíamos llegado al campamento base, pero me comentaron que en el sitio en el que nos encontrábamos verificaríamos que el rifle estuviera tirando bien. Así que nos apeamos del jeep y preparamos todo para hacer dos o tres tiros a cien metros.

Disparé en un par de ocasiones y ambos tiros pegaron básicamente en el centro, por lo que no llevé a cabo modificación alguna en la mira telescópica. Todo pintaba bien. En un futuro no habría excusa ni pretexto en caso de fallar algún tiro. 



Eran alrededor de las siete de la noche cuando por fin llegamos a la cabaña. Nos recibieron los guías locales: Hassan, Aslan y Kirin. El sol ya se había puesto sobre las cimas del Cáucaso. Comenzaba a soplar un viento fresco y las primeras estrellas empezaban a brillar sobre nosotros. Ninguna nube amenazaba la cacería. Todos desbordábamos optimismo.

Después de los saludos y las presentaciones correspondientes, nos instalamos para pasar una noche en la agradable cabañuela. Una vez instalados, nos reunimos en una terracita, donde destapamos un par de cervezas y disfrutamos de las últimas luces del quince de agosto fumando cigarrillos, tomando cerveza y hablando de cacería.




Durante la cena, descorchamos una botella de whisky y cada quién tomó la palabra para hacer un brindis previo a la caza. Los guías locales se veían experimentados; los tres mostraban surcos en el rostro afilado y tostado por el sol, canas en las sienes y bigotes del color de los glaciares. Pero al mismo tiempo, sus palabras estaban llenas de sabiduría y sus movimientos de energía y fuerza. Sabía que podía confiar mi vida en sus manos y en sus caballos. A nadie se le tiñe el pelo de blanco ni se le curte la piel viviendo sin cuidado en las montañas. Dicho esto, les expresé el honor que representaba para mí escalar el Cáucaso con ellos, cazar a su lado, y les aseguré que siempre y en todo momento haría lo que ellos me indicaran y seguiría sus instrucciones sin jamás titubear. La seguridad se anteponía, como prioridad en la cacería. Si hay un lugar en el mundo que se tiene que pensar cada paso y valorar la vida en cada segundo es el Cáucaso, y eso lo sabíamos todos los que compartíamos el pan y el vino aquella noche del quince de agosto. 

El dieciséis de agosto inició con calma y sin prisas. Dormimos hasta el buen despertar, nos dimos un baño frugal, desayunamos, y preparamos los caballos para subir a las montañas. No fue sino hasta las once de la mañana que iniciamos el ascenso. De acuerdo a los guías, la cabalgata sería de seis horas; así que todavía tendríamos un par de horas de luz para montar campamento y lentear el área una vez que llegásemos al punto que se tenía contemplado alcanzar esa tarde. 

Durante el camino vimos caballos y yaks por doquier, cruzamos un río y múltiples arroyos. El sol brillaba con fuerza, pero también soplaba el viento. El clima se sentía cálido y tranquilo en el cuerpo. Mi caballo se dejaba cabalgar sin problemas. Todo se sentía en paz, se percibía belleza e inmensidad. Porque el Cáucaso es verde y florido, pero también es un templo de agua. Conozco pocas cordilleras tan llenas de vida. Sin embargo, en estas montañas también se siente una energía intimidante que de cuando en cuando huele a miedo y muerte. Por eso siempre he dicho que en el Cáucaso se deleita y teme uno todo el tiempo; la experiencia de ascender estas montañas es una confrontación entre el regodeo provocado por las deliciosas vistas y el terror que causan los precipicios, los acantilados, los glaciares.



A eso de las tres y media de la tarde agenciamos los tres mil metros de altura. Cuando los árboles quedaron atrás, la emoción comenzó a florecer. Ya nos sentíamos en terreno alpino, en territorio de caza. Ahora quedaban pocos kilómetros que recorrer, pero el andar se haría más lento, porque a partir de entonces realizaríamos paradas intermitentes para gemelear los cañones y laderas aldedañas. Empezamos en el primer puerto que alcanzamos después de un largo ascenso desde el valle. 



Nos bajamos de los caballos y empezamos a lentear. A los quince minutos, Kirin ya había ubicado a un tur que descansaba a la sombra de un risco a poco más de un kilómetro de distancia. Me comentaron que por el color del pelaje y el tamaño del cuerpo debía tratarse de un ejemplar maduro. Además, nos comentó el hombre mientras lo veía a través de sus binoculares, se encontraba relativamente cerca de donde teníamos pensado levantar el campamento. Por consiguiente, el guía nos apuró a todos a reanudar la cabalgata. No había mucho tiempo que perder. Y de acuerdo a los guías, con un poquito de suerte podíamos intentar dar caza a ese borrego en poco más de una hora.

La emoción comenzaba a electrificar la sangre. Ansioso y torpe volví a montar mi caballo y seguí a Kirin, que encabezaba la cabalgata. Montamos hacia una arista que se elevaba al este, sobre una angosta vereda que serpenteaba hacia el cielo, donde se perdía en el espejismo. Al llegar a esa cima, el camino cubierto de laja continuaba mucho más regular y plano. Cabalgábamos todos en silencio, con el ruido de las herraduras y las piedras como música de fondo. En ese momento, el viento soplaba más calmo. Eran alrededor de las cuatro de la tarde, y ya nos situábamos a medio camino de donde pretendíamos tirar al tur. No obstante, todo se vio interrumpido, pues de pronto Kirin se bajó de su caballo y, arrastrándose, se situó detrás de una roca, binoculares en mano. Luego, nos hizo señas para que todos nos bajáramos. Y eso hicimos.

Acto seguido, todos pecho tierra y hombro con hombro veíamos a otro tur echado a media ladera, en el cañón opuesto a nosotros, como a dos kilómetros de distancia. También se veía bueno. Pero el lugar en el que se encontraba estaba mucho más lejos que el primer tur que habíamos visto desde el puerto de donde veníamos. Así que decidimos dejar este segundo Mid-Caucasian para mañana, en caso de que algo saliera mal en el asecho al que teníamos pensado dar caza en una hora. 

Seguimos cabalgando. Llegamos al punto de donde comenzaríamos a caminar. Nos quedaban dos horas de luz, por lo que optamos por dividirnos. Kirin iría por agua al arroyo y se encargaría de montar campamento, en lo que nosotros hacíamos el intento de cazar el tur. 

Mochilas y rifle al hombro, iniciamos el camino. Sin embargo, a los pocos minutos, Aslan, que lideraba la marcha, se echó al suelo y nos señaló a un grupo de hembras que lentamente se dirigían exactamente al punto a donde nosotros queríamos llegar. Esto complicaba el plan, ya que, si espantábamos a las hembras, éstas sin duda en la huida asustarían al macho, y todo se caería a pedazos, principalmente nuestras esperanzas y nuestros nervios. Consecuentemente, Eugenio sin perder tiempo, dijo que nos regresáramos, tomáramos los caballos e intentáramos el segundo tur que habíamos visto desde el punto alto del borde de la montaña, que yacía en la ladera opuesta. Pero rápido, que quedaban poco menos de dos horas de luz.



Los tres estuvimos de acuerdo en que teníamos que dar marcha atrás e intentar el plan B que había expuesto Eugenio. Por lo tanto, nos regresamos, tomamos cada quién nuestro caballo, y nos dirigimos al fondo del cañón vecino, que era un río seco, cubierto de piedras lisas y de distintos colores, como verde, gris, rojo; un espectáculo y una amenaza a los tobillos, sin duda. 

Continuará


viernes, 22 de marzo de 2019

La cacería de buro que nunca fue


A mis hermanos Ivanes, con todo el cariño del mundo


Cuando le dije a mi hermano Iván que iba a contar lo que nos sucedió aquella noche, me pidió que no lo hiciera; que para qué, si nadie me iba a creer. Sin embargo, aquí estoy, dispuesto a contarlo todo; no me importa si me creen o no. Porque esta historia no la cuento para ustedes, sino la escribo para mí; para no olvidarme de ésta nunca, para siempre tenerla presente, para en todo momento tener el recuerdo a la mano, pues me servirá durante toda la vida para reflexionar sobre la misma.

Todo empezó una madrugada helada, completa y totalmente despejada. Nunca antes había amanecido el rancho Cirios tan frío. Recuerdo perfectamente que ese día salí de mi bungaló y me sentí congelado, pero debajo y en el centro de la bóveda celeste, con el infinito ampliándose sobre mí. Sin ser experto en astronomía, pensaba que en ese momento se alcanzaban a ver desde ese lugar hermoso en Sonora todas las estrellas del universo. Por eso me perdí un rato en el cielo, sin importarme la gelidez de mi entorno. Algo allá arriba me tenía hipnotizado, hasta que un grito de buenos días me sacó de mi ensueño.

Esa mañana, por motivos diversos, Iván y yo íbamos a salir solos de cacería, sin George ni el Peludo, los guías; ni el Paco, el vaquero; ni nadie. Todos tenían cosas que hacer. Y nosotros dos queríamos a fuerza salir a buscar un buro. Así que lo hicimos. Y desde el principio, comenzó lo anormal, pues pedí manejar yo la camioneta; a lo que Iván no mostró objeción alguna ni tuvo reparo en que yo condujera ese día.

Salimos a eso de las seis de la mañana. A esa hora, el cielo de Sonora empezaba a teñirse de carmesí y en el horizonte comenzaban a vislumbrarse las montañas, que se recortaban como dedos frente al Mar de Cortés, en ese punto en que todo se pinta de color bergamota, naranja, el color de la arena cuando se humedece con sangre. Sin duda el litoral sonorense es de los más bellos del mundo, precisamente por los espectáculos que ofrece a la vista a la hora de amanecer y cuando se pone el sol, con la serranía de cuna y el mar y el cielo de techo.

Las primeras horas pasaron en quietud. Aunque la temperatura glacial de esa mañana prometía buen movimiento de caza; no obstante, curiosamente durante horas no vimos nada, ni pecaríes ni borregos cimarrones ni venados cola blanca ni codornices ni buros. Ni siquiera las hembras, que suelen ser las más presumidas, se dejaban ver ese día, que ya comenzaba a llenarse de una energía extraña. Lo único que desfilaba para nosotros eran los saguaros gigantes, los palo fierro invencibles, las chollas filosas, los palo verde encantadores, los mesquites tupidos, los cirios extraterrestres. Y nosotros avanzábamos, sin rumbo fijo, adentrándonos cada vez más hacia el corazón del desierto, hasta que dio el medio día, y entonces todo cambió, la paz se esfumó.

Por increíble que parezca, hasta ese momento, Iván y yo no habíamos intercambiado palabra alguna. Durante todo ese tiempo había reinado entre nosotros ese silencio sepulcral cuyo sonido solamente puede ser cómodo y plácido cuando se escucha entre dos personas que se tienen absoluta confianza y mutuo cariño. Pero ese sosiego se vio resquebrajado abruptamente por un ruido extraño que hizo la camioneta.

— ¿Qué fue eso, hermano?—pregunté a mi hermano Iván, que comenzaba a cabecear a mi lado—. Esta madre está fallando.

— ¡P’ta madre, se me hace que sí!—comentó Iván secamente—. A ver, hermano, párate.

— Me paro—, dije mientras pisaba el freno y ponía la camioneta en ‘Parking’.

— Apágala, por favor, hermano. 

Apagué la camioneta y los dos nos apeamos. Ambos nos estiramos al mismo tiempo. Llevábamos cientos de minutos sentados, manejando, sin siquiera habernos parado a orinar o a estirar las piernas. Ya habían pasado por lo menos seis horas. La temperatura había subido. La luz del sol caía como plomo sobre nosotros. En el cielo no se atisbaba ninguna nube, solo su azul eléctrico que se fundía con el azul más opaco y grisáceo del mar. 

Una vez espabilado, me salí un metro de la brecha para tirar el agua; el hermano Iván hizo lo propio. Los dos buscábamos cualquier actividad, pretexto o quehacer, antes de aceptar la cruda realidad de que no teníamos ni idea de cómo afrontar el problema que nos representaba la camioneta. Íbamos a evadirlo durante todo el tiempo que fuera necesario. Por lo que una vez concluidas nuestras necesidades básicas y naturales, tomamos cada uno sus binoculares y empezamos a gemelear los alrededores en busca de un buro. Pero al no encontrar nada, a los quince o veinte minutos tuvimos que hacer frente a la complicación.

— ¡Chingue a su madre!—gritó Iván, mientras se dirigía al vehículo, llevándose las manos a la cara con violencia—. ¡Los pinches radios!

— No mames, hermano... No me digas que se quedaron cargando—. Lo primero que hice fue sacar mi celular del bolsillo y ver la pantalla. Para mi horror, no teníamos ninguna señal—. Y aquí no hay señal.

— Ver... Sí... Ayer los bajé para cargarlos, por si íbamos al cerro del calzoncillo a hacerle la cacería a los buros, como ya le hemos hecho antes. Y se me olvidaron— me explicó Iván, que a su vez también veía con ansiedad la pantalla de su teléfono, que igualmente indicaba que no tenía servicio en ese sitio.

— ¿Y ahora—pregunté nervioso—, qué vamos a hacer?

—P’ta, no sé, hermano. Porque el Peludo, el George y el Paco van a estar buscando el borrego que ‘maltiró’ el gringo; y eso puede tomarles toda la noche. ¡Y luego pa’que nos encuentren! ¡No! Va a estar cabrón.

—Verga...—fue lo único que pude expresar, mientras una extraña angustia comenzaba a envenenarme la sangre.

—Yo creo...—comenzó diciendo Iván, pero se interrumpió por un segundo, mientras comenzaba a ver a su alrededor—. Yo creo que la carretera es nuestra mejor opción. Está en casa de su puta madre; pero no hay pierde. Es para allá—dijo señalando hacia el este, en el sentido opuesto del mar—. Si le caminamos, a huevo llegamos, y ahí pedimos que nos den un aventón. Porque por aquí no va a haber señal de celular.

El plan tenía sentido. Pero sobre todo, en ese momento no teníamos otras alternativas. Así que tomamos nuestras mochilas, las llenamos de botellas de agua, y cada uno con su rifle al hombro empezamos a enfilarnos en dirección a la carretera.

Las primeras tres horas transcurrieron entre risas y tragos de agua. El hecho de tener un plan, una opción, nos había tranquilizado. Empero con el paso del tiempo, cuando el atardecer se percibía próximo, los ánimos comenzaron a caldearse. Un nerviosismo mezclado con miedo empezó a sentirse en el ambiente. Yo cada vez preguntaba con más frecuencia si ya estábamos más cerca; y mi hermano Iván que sí, que ya nada más pasando esa loma se va a ver la carretera; pero al no suceder nada, me arrancaba yo de nuevo, que si sí íbamos bien; que si no estábamos perdidos; que si seguíamos en el rancho; a lo que Iván, cada vez más molesto y agobiado, me respondía que sí, verga, que sí vamos bien; que no estamos perdidos, que ya falta poco; que tranquilo. Pero para mí cada vez me resultaba más difícil tranquilizarme. Porque ya nos habíamos acabado el agua y ya no se veía nada a un palmo de distancia, pues una noche sin luna nos sorprendió a los dos, en medio del desierto, y con la carretera en ninguna parte.

Dejé de contar las horas. Por eso no tengo idea qué hora era cuando, sin pila en los celulares, pues tanto Iván como yo los habíamos usado de linternas; sin agua ni comida en las mochilas; con la boca reseca y los hombros adoloridos, por fin escuchamos el rugir de la carretera. Cuando la vimos, los dos soltamos una carcajada histérica y nos abrazamos. Luego, apoyados cada uno en el hombro del otro, caminamos, dando tumbos, tropezando con chollas, cayendo en agujeros, en dirección a las luces de los coches que pasaban como relámpagos frente a nosotros. 

Antes de salir, Iván me exhortó a esconder los rifles debajo de un mesquite; que al día siguiente podíamos regresar y los encontraríamos sin problemas; que dejaría papel de baño amarrado en el alambre de púas para ubicarlos rápidamente. Y eso hicimos, medio enterramos nuestras armas, dejamos lista la señal, y, después de pasar por debajo de la cerca, caminamos al filo de la carretera para pedir un aventón a la casa del rancho. Ninguno de los dos teníamos idea de dónde estábamos. Pero por lo menos, durante un instante, nos sentimos más seguros; sensación de seguridad que inmediatamente se evaporó, pues como por arte de magia, o por crueldad del destino, justo cuando por fin nos encontrábamos donde queríamos estar, súbitamente los coches dejaron de pasar. 

Esperamos inquietos, en silencio e inmóviles, durante aproximadamente diez minutos. Luego Iván comenzó a caminar en dirección a, según él, la casa. Yo lo seguí. Ya no me sentía con fuerzas para nada. No quería alegar ni opinar. Estaba sediento, exhausto, ansioso. Lo único que quería era salir del desierto, tomar agua y cerrar los ojos. Tenía sueño, sed, hambre, frío. Por eso caminaba ya sin voluntad, como por instinto. Y entonces se sintió un céfiro helado, que hizo que los dos nos detuviésemos en seco y nos frotáramos los brazos. En eso estábamos cuando a lo lejos se escuchó el ronroneo de un motor. Lo que provocó otro estallido de carcajadas, gritos, juramentos, y risas. 

En ese momento todo era oscuridad y el ruido del coche que se aproximaba. Pero segundos después la luz mortecina de los faros de una camioneta vieja se dibujaron a lo lejos. Iván y yo desesperados comenzamos a hacerle señas para que se detuviera. Entre gritos de súplica, saltos y manoteos, desde muy lejos rogábamos que se parara quienquiera que iba conduciendo. Y afortunadamente, mientras veíamos nuestra salvación aproximarse, ésta también aminoraba la marcha, lo que nos llenaba de esperanza y felicidad. Pronto lo tuvimos frente a nosotros, completamente detenido, a un hombre joven, de rostro amigable, que sin mayor preámbulo nos invitó a que nos subiéramos con él. Y eso hicimos.

Era una Dodge vieja. No sabría que año ni de qué color. Los asientos de piel nos recibieron en un cálido abrazo que nunca voy a olvidar. Nos acomodamos, y a la pregunta expresa de a dónde nos dirigíamos, Iván le respondió que se siguiera rumbo al puerto, como iba, y que él le diría donde parar.

Me habré quedado dormido uno o dos minutos, pero cuando desperté, de lo primero que me percaté fue de que Iván dormía en el asiento del copiloto profundamente, con la cabeza recargada en el hombro izquierdo y roncando con ferocidad. Al frente, la noche profunda y las líneas del camino precipitábanse con violencia contra nosotros. Acto seguido, busqué a lo lejos las luces del puerto para cerciorarme de que no nos habíamos pasado. Ahí estaba ese brillo tenue. Eso me tranquilizó. Pero de manera paulatina mi tranquilidad se fue desintegrando. Primero porque sentía un frío como el que nunca he sentido en mi vida; y en segundo lugar, porque me di cuenta de que quien conducía la camioneta era una persona completamente distinta de quien nos había recogido antes. Ahora el que tenia las manos sobre el volante era un anciano decrépito, que no paraba de envejecer.

Ahogué un grito de terror. Me contuve; pero las ganas de gritar me parecían con cada segundo que pasaba más incontenibles; las sentía insoportables en la garganta y en la boca. Sobre todo cuando vi con claridad cómo el tejido de la piel del viejo que manejaba la camioneta se descomponía y se le desprendía a jirones. Luego el iris del ojo que alcanzaba a ver se derretía. Yo no podía creerlo. No me podía mover. Todo debía ser una pesadilla. Pero no podía pellizcarme ni hacer nada para despertar de ese infierno de horror. Me sentía obligado a ver cómo el conductor se convertía en un cadaver, que de pronto me volteó a ver y me sonrió de la manera más espeluznante. Luego, volvió la mirada al camino y aceleró.

La camioneta bramó y salió disparada a una velocidad que parecía imposible en un auto tan viejo. Pero era una realidad. El ruido de cada pieza vibrando y la escena del cofre devorando la carretera no dejaban lugar a dudas: íbamos por lo menos a ciento ochenta kilómetros por hora en dirección a una curva que serpenteaba una pared de piedra. No tardé ni una milésima para entender y asimilar que en unos instantes más me iba a matar con el impacto. Y así sucedió: parpadeé, y vi las rocas a un metro de la camioneta. Luego sentí un golpe en la cara, en el pecho, en las rodillas, que me causó un dolor como nunca antes lo había sentido. Después, todo fue oscuridad y silencio. 

Lo último que recuerdo fue que alguien abría la puerta de la camioneta. Primero fue sólo el sonido. Yo seguía con los ojos cerrados, esforzándome en así mantenerlos. Posteriormente, sentí sed y un dolor de cabeza espantoso. A lo lejos escuchaba una voz. Pero no alcanzaba a distinguir qué decía. Me dolía todo. Me sentía entumido y acalambrado. No quería abrir los ojos; pero después de un rato, no tuve más remedio; y cuando lo hice, una luz intensa me deslumbró. Ahí afuera seguían las voces, el resplandor, la silueta difusa de una persona que poco a poco se fue haciendo más clara, junto a su voz que me preguntaba que qué hacíamos ahí; que si estábamos bien. Era Paco. Volteé por instinto a mi derecha, ahí estaba Iván, que abría la puerta; yo me deslicé y me caí de la camioneta. De inmediato, el vaquero me ayudó a ponerme de pie. <<¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?>>, preguntaba y repetía, perplejo. Y Paco me decía que no sabía; que si estaba bien; y yo, que me tocaba el cuerpo, dudando, decía que sí; pero insistía que en dónde estaba; y me respondían que en el rancho. Y yo, que ¿quién me trajo? Y ellos, pues ya estaban todos, incluidos George y el Peludo, alrededor mío, que nadie; y, yo, con miedo, que ¿y la camioneta? Y el Peludo, que ¡ahí está! ¡En esa se vinieron! Y, ¿yo manejando?, pregunté; y todos que, ¡sí! ¿Si no quién más? Y yo me empecé a relajar, hasta que sentí sobre el hombro la mano de Iván, que al oído me dijo: <<Hermano, yo también soñé que la muerte nos daba raite aquí a la casa>>.

Fin

jueves, 12 de abril de 2018

La importancia de la Federación Mexicana de Caza, A.C.


Al Dr. Carlos Moreno Fernández



La importancia de la Federación Mexicana de Caza

La caza es mucho más que un deporte. En primer lugar, porque su connotación deportiva la adquiere de la ley, que la categoriza de esta forma para distinguirla de las otras clases de cacería que existen y se practican en el mundo: la sustentable o de subsistencia, que pocos pueblos y entidades la siguen realizando, como diminutas comunidades de cazadores-recolectores que siguen habitando nuestro planeta, entre ellos los bosquimanos en el desierto del Kalahari; la tribu Papúa en Nueva Guinea; los batek, en Malasia Peninsular, por dar algunos ejemplos; por otro lado, existe la cacería furtiva, que no es más que la que se perpetra ilegalmente, sin parámetros éticos ni regularización; y por último, se tiene a la cacería deportiva, que es la que se ejecuta mediante el ejercicio de un derecho conferido por la ley, con miras a la conservación de las especies y la preservación de los ecosistemas. 

Por eso insisto en que la caza es mucho más que un deporte. Es una pasión, un estilo de vida, una industria, un universo complejo de leyes, reglas, códigos, tradiciones; es decir, la cacería también es cultura. Sin embargo, desafortunadamente, en la actualidad la actividad cinegética es del mismo modo y simultáneamente una práctica amenazada con desaparecer por múltiples y diversos factores. La falta de concientización en la gente y la poca promoción de este deporte ha permitido que los prejuicios y la desinformación permeen en incontables personas a lo largo y ancho del planeta

Si bien es cierto que existen culturas y grupos más afines a la caza, porque la siguen ejerciendo regularmente y debido a que forma parte fundamental en sus modos de vida; no obstante, la realidad es que una gran cantidad de gente que vive lejana a la ruralidad, y por serle totalmente ajenos los problemas que afectan a estas colectividades de hombres y mujeres, juzgan sin conocimiento de causa y a partir de la ignorancia a los cazadores, fomentando así ofuscaciones equívocas entre el resto de las sociedades, y muy en especial entre las clases medias. Es por esta razón que últimamente en redes sociales se ha linchado virtualmente a cazadores, cuyo único agravio fue el de publicar una fotografía con la pieza legalmente abatida. Consecuentemente, resulta imperativo que existan agrupaciones destinadas a la defensa de la caza y a llevar a cabo campañas informativas que eduquen y transmitan un mensaje claro y contundente sobre qué es realmente la cacería, cuáles son sus beneficios y cuál es el papel que juega en la defensa del medio ambiente en el orbe.

Afortunadamente, en épocas recientes, el acuerdo internacional denominado la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestre, o CITES por sus siglas en inglés, ha declarado a la cacería regulada como una  “[…] herramienta de conservación importante que puede beneficiar no solamente la conservación de la biodiversidad, sino también el desarrollo socio-económico” de las comunidades que cohabitan dentro de los ecosistemas que fungen como hábitat natural de la flora y fauna silvestres (Decimoséptima reunión de la Conferencia de las Partes, Johannesburgo (Sudáfrica), 24 de septiembre – 5 de octubre de 2016).

Dicho lo anterior, es evidente que hoy más que nunca se cuenta con elementos suficientes para debatir y argumentar a favor de las prácticas cinegéticas, y de los derechos de los cazadores. Y son organizaciones como la Federación Mexicana de Caza, A.C. las que se encargan diariamente en promover cuáles son las bondades de la caza en México y el mundo, con el objetivo de minar terquedades y cegueras vinculadas a la cacería, que prevalecen entre quienes por desconocimiento del tema atacan y siembran encono que suscita el vilipendio y la injuria de parte de un sector de la sociedad en contra del gremio de los cazadores.

Asimismo, la Federación Mexicana de Caza, A.C. tiene como objeto impulsar el ejercicio ético, humano y legal de la cacería en territorio nacional. Esta enseñanza y formación son primordiales, pues mediante el estímulo y la incitación a practicar la caza siempre y en todo momento dentro del marco jurídico y con miras a la conservación de las especies, se logra conservar a la fauna y preservar los ecosistemas, además de que no se le brindan fundamentos a los detractores de este estilo de vida para que lo sigan atacando de manera constante y sistemática en redes sociales o en las cámaras. 

Una organización como la Federación Mexicana de Caza, A.C. es pieza imprescindible y nuclearpara crear conciencia y promover el debate, en el sentido de que se entienda en México que mediante el fomento a la caza responsable y ética, se logra el cuidado del medio ambiente, así como el respeto al mismo. Asociaciones como la FEMECA se encargan de limpiar a esta afición, a esta pasión, de estigmas y prejuicios con los que algunos la han ensuciado y envilecido. Ha sido esta federación, más que ninguna otra, la que ha combatido con fogosidad e inteligencia los derechos de los cazadores, tanto en redes sociales, como en las cámaras de diputados y senadores en nuestro país. 

Así las cosas, hay que unirse a FEMECA. Es menester que hoy en día que nuestra pasión se encuentra más vulnerable que nunca, quienes amamos la caza nos unamos de manera formal y organizada para hacer frente a las adversidades que amenazan con dinamitar todo lo que se ha logrado en materia cinegética. Solamente así evitaremos que la cacería se prohíba en México; pues no es suficiente con practicar la cacería para ser considerados cazadores de verdad. Hay que confederarnos, hay que enaltecer el nombre de la federación, y demostrarle a los mexicanos que la caza legal, regulada y practicada éticamente es más que un derecho y un deporte, es una herramienta necesaria para la conservación.

Las ventajas que nos da a los cazadores la Federación Mexicana de Caza, A.C. son representación ante las autoridades, ante el Poder Legislativo, que en incontables ocasiones ha intimidado a la cacería mediante proyectos de ley enfocados en la prohibición de la caza en México. Asimismo, nos beneficia en el sentido de que genera identidad y sentido de pertenencia entre quienes amamos cazar; esto permite que se construyan puentes entre distintos clubs de caza y tiro y nos conecta a los cazadores mexicanos, lo cual genera unidad y por ende fortaleza. 

jueves, 8 de febrero de 2018

Cacería de Dagestan Tur en el Cáucaso IV

A mi padrino, Felipe Echenique, 
que me enseñó a rezar


En el Cáucaso las emociones y los sentimientos se intensifican con el paso del tiempo. Es tanta la adrenalina, que uno se acostumbra a sentir en todo momento el corazón sobresaltado e inquieto. El miedo que acompaña los ascensos hacen que la sangre se congele y arda simultáneamente; la excitación que provoca vislumbrar al codiciado tur provoca que las entrañas hierban y el pecho se nos acalore. Los nervios, el horror, el entusiasmo, la alegría, todo estalla con tanto ímpetu dentro uno, que resulta imposible evitar no hablar con Dios. Porque las caminatas son largas y solitarias. Cada quién suele ir a su propio paso, de momentos cuidando la vida, a ratos apreciando los paisajes; mas siempre alerta, en profunda concentración.

En el penúltimo regreso, cuando la perturbación se disipaba a causa de que a lo lejos ya se alcanzaba a vislumbrar el valle donde teníamos montado el campamento, yo supe que si todo salía bien, a mi regreso de Azerbaiyán, contaría mi historia como Juan Preciado contó la suya. Pensaba que iba a escribirla arrancando con unas líneas tipo vine a Azerbaiyán porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo. Pero yo no escribo tan bien como Rulfo, así que mi inicio fue distinto. Y mi padre no iba a ser el que le dio la inmortalidad al gran escritor mexicano, sino que en mi caso sería un tipo de Dios. Uno al que se le clama, y que otorga, pero siempre a cambio de un esfuerzo; un ser sobrenatural que premia el denuedo y la lucha, mucho más que la fe y la fidelidad de credo. Porque recuerdo que cuando le pedía a esa energía que sentía presente en mis miedos, le aseguraba que no iría a recibir sin dar nada a cambio; que estaba dispuesto a demostrar arrojo y atrevimiento, pasión y entrega, con tal de que se me diera la oportunidad. Era mi dios de la montaña; pues mi enunciatario definitivamente no se trataba de ningún hombre adulto, de vientre prominente y barbas blancas. No. Prefiero pensar que a quien dirigí mis plegarias era algo mucho más que los esbozos predeterminados que existen de los dioses en libros ajados y obras oxidadas. Mi dios es de las alturas, de la humildad, el sudor, el trabajo, el arresto, la voluntad. Es un ser divino de piedra y tierra y energía, que recompensa la fogosidad del hombre decidido.

Joaquín Sabina comprendió en Comala que al lugar donde has sido feliz, no debieras tratar de volver. Yo sabía que el Cáucaso sería mi Comala; por los fantasmas que habitan esas montañas; almas en pena cuya presencia se siente al caminar por los desfiladeros. Pero también porque no todo en ese lugar, inspirador de mitos y leyendas, es terror y muerte; ahí, también uno llega a apreciar la vida, el espíritu y la fuerza, cuando recorre, padeciendo el inevitable desgaste de los músculos, las cumbres de estas majestuosas laderas. Los ascensos y descensos siempre son en compañía de seres metafísicos, de dioses y ángeles. Desde el día uno supe que sería un viaje inolvidable.

En las montañas Dios no existe; en las montañas, Dios es. Esa sería la reflexión final del antepenúltimo día. Sumergido en la oscuridad, arropado por mi bolsa de dormir, y acompañado de dos enormes amigos, caí en un sueño profundo, repleto de sentimientos e imágenes difusas que pronto serían olvidados. Sin embargo, mucho antes de quedarme dormido, mientras mis reflexiones eran vencidas por el cansancio, el cantar de las alturas me supo a Wagner, entonces supe que esa historia sería mi Parcifal.

El cuarto y penúltimo día no cazamos. El día 12 de julio de 2016 amaneció empapado otra vez. Todo alrededor de nosotros estaba cubierto por una niebla tupida e impenetrable, que impedía ver a más de diez metros. Por consiguiente, no quedaba más que esperar fumando y bebiendo te, que era lo único que podía hacerse en el campamento. Así que eso hicimos: esperamos, a que el sol quemase la niebla, a que la presión atmosférica cambiara, a que las nubes bajasen al valle. Lo que fuera era bueno, pero que nos permitiera cazar; pues ya el siguiente iba a ser el último día de cacería. Y esperamos, pero el clima no cambió. La suerte estaba echada. Para ese entonces faltaban tres tur, y quedaba un solo día de caza.

Y llegó el último día. Era un 13 de julio de 2016, cumpleaños de un gran amigo de toda la vida. Aquella mañana amaneció con cielos despejados color añil. Una energía positiva y un entusiasmo alegre recorrían el campamento. Todos amanecimos despabilados, llenos de ganas de salir a cazar. El clima se sentía templado, la visibilidad alcanzaba todos los horizontes que se dibujaban en la lejanía. La montaña por fin nos abría sus puertas de par en par, nos extendía una invitación, que cordialmente aceptamos. Y salimos a buscar nuestros tur.



El frío húmedo y la neblina habían desaparecido. El Cáucaso lucía tan primoroso como amenazador. Los taludes y declives que pronto recorreríamos brillaban bajo la luz del sol. En algún lugar de estas montañas, debían estar nuestros tres dagestan tur. Y la emoción burbujeaba en mi sangre, que me recorría con urgencia las venas.

Comenzamos el recorrido por la misma cordillera que habíamos caminado dos días antes. Nuevamente avanzábamos todos en grupo. No nos separaron como lo hicieron para la primera salida. Yo ya avanzaba más seguro, sin titubear. Y esto hacía mis movimientos mucho más ágiles y podía recorrer tramos más largos en menos tiempo. Cazábamos como normalmente se caza en la montaña: con las piernas y con el culo. Es decir, caminábamos un trecho, y luego nos deteníamos a gemelear. Y así sucesivamente hasta que vimos un grupo de unos seis tur a un par de kilómetros.


Dimos inicio al acecho, pero con paciencia. Un par de kilómetros en las montañas de Quba, en Azerbaiyán, puede ser un mundo de distancia. Además, en esas serranías uno se tiene que andar con cuidado; porque un resbalón puede ser fatal. Así que no nos veía acomodándonos en posición de tiro antes del medio día. Eran entonces alrededor de las ocho de la mañana. Faltaba mucho tiempo, y muchas cosas por suceder.

A eso de las diez, once, de la mañana, nos situamos a unas ochocientas yardas de los tur. Sin embargo, mientras planeábamos el rececho final, escuchamos un tiro, y luego otro. Y uno de los tur cayó. No sabíamos quién había sido el tirador. Pero por el sitio donde se escucharon los tiros debía tratarse de Armando. Nos alegramos por quienquiera que hubiese cazado su trofeo, nos encogimos de hombros, y seguimos nuestro recorrido hasta llegar a una cañada recubierta de pasto color verde y flores amarillas. Ahí nos sentamos a comer y a descansar.


Mientras tomábamos un descanso, los dos guías principales se fueron a lentear las caras de la montaña que desde donde estábamos no podían apreciarse. Y cuarenta minutos después, hicieron a lo lejos una seña, y los ayudantes de estas personas comenzaron a apurarnos para que nos dirigiéramos a donde los guías se encontraban. Algo estaba pasando. Algo que se sentía bien.

 

Nos espabilamos y agobiados y con prisas nos empezamos a alistar. El Padrino creo hasta las botas se había quitado, así que comenzó a cundir el pánico y el caos. Sin embargo, rápidamente nos encontramos dirigiéndonos a buen paso hacia donde nos esperaban los guías.

En esa ocasión yo cogí la delantera, pues Felipe se había demorando complicándose con su calzado. Recuerdo que era un collado con desniveles y recubierto de pasto. Luego, para evitar que los animales nos vieran, nos enfilamos a una ladera de grava, y después de recorrer de costado unos quinientos metros, ascendí al borde donde se encontraban echados los guías viendo hacia abajo.

Me arrastré cautelosamente hasta yacer al lado de mi guía, y me señaló hacia una peña. Ahí, debajo de un pedrusco, yacían unos seis tur. Me los señaló y me dijo, en mal inglés, one, you; two, y señaló a Felipe, que nos alcanzaba, him; three, other friend, me dijo refiriéndose a Juan Fernando. Vi que Felipe igual recibía instrucciones de su guía, y preparaba su rifle. Así que yo hice lo propio. Sin embargo, teníamos que esperar a nuestro amigo, pues por lo que se dieron explicar los guías, iba a ser un conteo de uno, dos, tres, ¡shoot!. Esto último me ponía nervioso. Pero era el último día y esta forma de tirar nos daba a todos una oportunidad única, justa e irrepetible.

 

Una vez que los tres nos encontrábamos en posición, yaciendo sobre el borde, cañones peligrosamente angulados, y con nuestros tur en la mira, escuchamos a los guías contar: one…two…three…



Después del largo recorrido, de los pasos titubeantes y del vértigo que acosaba, se alcanzó el final del camino. Era el último día de cacería, como a las dos de la tarde del quinto día de caza, sintiendo los ardientes latigazos de luz y calor sobre mi nuca y brazos, y recuerdo tener la cruz de mi mira en el codillo del dagestan tur. Luego el control de respiración. El ángulo agobiaba. Pero tenía que hacer el tiro. ¡Teníamos que hacerlo! A mi lado yacían mi padrino Echenique y el compadre Zaragoza, cada uno con una cabra en la mira. Y el guía, Bukar, cómo olvidar el conteo. Uno. Dos. Apreté suavemente el gatillo. Tres. Y la detonación que sucede al disparo.

La bala de 140 granos, Nosler Accubond, lanzada a más de tres mil pies por segundo, dejó al tur, que yacía tranquilo, inerte. Acto seguido, posterior al retroceso, vi a mi borrego deslizarse, casi parsimoniosamente, en la piedra en la que descansaba. Su sueño eterno comenzaba. El mío, por fin, empezaba a materializarse. Doscientos cincuenta metros separaban al cañón de mi Kimber modelo 8400 Montana, calibre .270 WSM, del espectáculo. Y Zorrilla desde el paraíso rezaba:

Este mármol sepulcral 

adormece mi vigor, 

y sentir creo en redor 

un ser sobrenatural. 

Mas... ¡cielos! ¡El pedestal 

no mantiene su escultura! 

¿Qué es esto? Aquella figura 

¿fue creación de mi afán?

 

Poner las manos sobre la cornamenta de un dagestan tur es una sensación gratificante y explosiva. Sentir las bases, recorrerlas con las palmas de las manos y las yemas de los dedos provoca alegría y emociones infinitas. Porque en la belleza de esos cuernos ve uno el esfuerzo físico, la dedicación y la entrega cristalizados. También ve uno al dios que te acompañó todo el camino. Es casi como un premio divino, un homenaje a la perseverancia, a la pasión y a la tenacidad del cazador. Por eso quizás el dagestan tur sea de los trofeos más importantes del mundo. Su caza tiene fama de ser la más difícil. En mi caso, no he cazado nada que requiere de tanta técnica, templanza y fuerza como las que requiere la cacería del tur en el Cáucaso, Azerbaiyán. Mi trofeo es para siempre, inmortal.



Fin.