Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

martes, 3 de noviembre de 2026

La montaña no te debe nada


Max Torres



La montaña enseña. La montaña es, quizá, uno de los más grandes maestros que existen.


Te reta, te exige, te doblega. Te lleva al límite de tus fuerzas y, cuando crees que ya no puedes más, te invita a rendirte. No tiene compasión por tus debilidades ni consideración por tus deseos. No negocia contigo, no se adapta a tus expectativas y mucho menos se preocupa por tu comodidad.


En la montaña nunca estás completamente cómodo. Siempre hay algo. Siempre existe una nueva forma de incomodidad, una nueva prueba, una nueva razón para cuestionarte qué estás haciendo ahí.


Si no te estás muriendo de frío, el sol te está quemando. Si sale el sol y finalmente sientes algo de calor, comienzas a sudar. Y si sudas demasiado, sabes que, en cuanto te detengas, ese mismo sudor terminará congelándote hasta los huesos.


Si no estás peleando contra los alders, estás abriéndote paso entre los pinos. Si por un momento encuentras un sendero limpio, seguramente terminarás cruzando un arroyo profundo de agua helada.


Si sientes que los pulmones te van a estallar durante la subida, sabes que tus rodillas pagarán el precio durante la bajada.


Si caminas bajo el sol, te quemas. Si buscas refugio en la sombra, comienzas a tiritar de frío.


Si te mojas con tu propio sudor, con el agua de un arroyo o simplemente con el rocío acumulado en las hojas, el frío termina atravesándote el cuerpo. Y cuando finalmente consigues secarte junto a una fogata, terminas impregnado de humo.


Si los boulder fields te parecen incómodos, espera a enfrentarte al scree. Y cuando sientes que se te acaba el aire intentando ganar altura sobre esas laderas interminables de piedra suelta, finalmente alcanzas la nieve, donde el frío comienza a entumecerte los pies.


Y así, una y otra vez.


Nunca estás cómodo.


Lo más curioso es que, mientras avanzas de una dificultad a la siguiente, comienzas a extrañar aquella que acabas de superar. Cuando estás en el frío, recuerdas el calor. Cuando estás bajo el sol, añoras la sombra. Cuando estás subiendo, deseas estar bajando. Y cuando finalmente estás bajando, recuerdas lo sencillo que parecía subir.


La montaña tiene esa extraña manera de hacerte desear aquello de lo que hace apenas unos momentos querías escapar.


La montaña te lo da todo. Te exige, te castiga, te desgasta, te destruye por momentos… pero, sobre todo, te enseña.


¿Cuántas veces has querido simplemente detenerte?


¿Cuántas veces has pensado: «Hasta aquí llegué»?


¿Cuántas veces te has preguntado qué demonios estás haciendo ahí?


«No vale la pena. ¿Para qué estoy haciendo esto? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué necesidad tengo de someterme a todo esto?».


Y entonces comienza una batalla todavía más difícil que la que estás librando contra la montaña: la batalla contra tu propia mente.


Tu mente empieza a cuestionarlo todo. Intenta convencerte de que estás cometiendo un error, de que estás haciendo algo absurdo, algo que va en contra de tu propia naturaleza.


¿Para qué perseguir a un animal que fue creado para vivir precisamente en esas condiciones? Un animal que pertenece a esas alturas, a esos riscos, al frío, a la nieve y a esos precipicios. Un animal que se mueve con naturalidad en un mundo en el que tú, sin el equipo adecuado, difícilmente sobrevivirías una sola noche.


¿Qué sentido tiene?


Y mientras intentas recuperar el aliento, con las piernas agotadas, las manos congeladas y la mirada perdida en una montaña que parece no terminar nunca, comienzas a pensar en los setecientos millones de cosas que podrías estar haciendo en lugar de estar ahí.


Podrías estar en casa. Podrías estar descansando, disfrutando del calor, de una buena comida, de la compañía de quienes amas. Podrías estar haciendo prácticamente cualquier otra cosa.


Cualquier cosa menos eso.


Y es justamente ahí, en ese instante, donde aparece el verdadero filtro.


Esa línea invisible que separa a quienes prefieren regresar de aquellos que, aun teniendo mil razones para hacerlo, encuentran una sola razón para continuar.


Ahí estamos nosotros.


Esos locos que, por alguna razón difícil de explicar, elegimos la incomodidad, la incertidumbre, el cansancio y el riesgo. Los que voluntariamente nos alejamos de todo aquello que nos hace sentir seguros para adentrarnos en un mundo donde nada está garantizado.


No porque seamos más fuertes que los demás, ni porque tengamos menos miedo, sino porque hay algo dentro de nosotros que nos llama hacia esos lugares.


Y aunque nos hacemos exactamente las mismas preguntas, aunque también dudamos, también sufrimos y también queremos rendirnos, existe algo que termina siendo más poderoso que todas esas dudas.


Una respuesta.


Una respuesta que el cuerpo, agotado, es incapaz de comprender.


Una respuesta que contradice todo aquello que la mente intenta decirte.


Una respuesta que desafía la lógica, la comodidad y los límites que tú mismo creías tener.


Porque la mente te pide que regreses. El cuerpo te suplica que descanses. El miedo intenta convencerte de que no perteneces ahí.


Pero hay algo en el espíritu que se niega a abandonar.


Algo que no se puede medir con la fuerza de las piernas, con la capacidad de los pulmones ni con la resistencia al frío.


Algo que va mucho más allá de lo que la sociedad nos ha enseñado a buscar, de lo que el mundo considera necesario y de los límites que nuestra propia mente nos impone.


Y es ahí, precisamente ahí, donde comienza a suceder algo extraordinario.


Ahí es donde te encuentras.


Ahí, lejos del ruido del mundo, lejos de la comodidad, de las distracciones y de todo aquello con lo que normalmente intentamos llenar nuestra vida, comienzas a escuchar algo que en ningún otro lugar habías podido escuchar con tanta claridad.


A ti mismo.


Comienzas a comprender por qué estás ahí. Por qué elegiste ese camino. Por qué, a pesar de todo, hay una parte de ti que no quisiera estar en ningún otro lugar.


Es ahí donde te conectas con lo más profundo de tu ser.


Con tus sueños, con tus recuerdos, con todo aquello que te ha llevado hasta ese momento. Con las personas que amas y también con aquellas que ya no están, pero que tanto quisieras que estuvieran. Aquellas cuya ausencia se siente incluso más fuerte en medio de la inmensidad y el silencio.


Porque hay lugares donde los recuerdos dejan de ser simples recuerdos y se convierten, por un instante, en compañía.


Y entonces empiezas a encontrar respuestas.


Una tras otra.


Hasta que, finalmente, comprendes que todas esas respuestas conducen a una sola.


Que nada de lo que estás contemplando puede ser casualidad.


Que esas montañas inmensas, esos valles interminables, esos animales perfectamente adaptados a un mundo tan hostil, la nieve, las nubes, los ríos y hasta el más pequeño detalle de ese paisaje son parte de algo infinitamente más grande que nosotros.


Algo tan poderoso que resulta imposible comprenderlo por completo.


Algo que no necesita explicación para hacerse sentir.


Y es ahí donde la inmensidad de la creación te recuerda lo pequeño que eres ante la grandeza de Dios.


Donde el ego comienza a desaparecer.


Donde dejas de sentirte dueño de tus pasos, de tus logros y de tu destino.


Donde comprendes que, por mucho que planees, que te prepares, que te esfuerces y que desees algo con todas tus fuerzas, jamás tendrás el control absoluto de lo que va a suceder.


Y entonces descubres una de las lecciones más importantes que la montaña puede enseñarte:


Aprender a aceptar.


Aceptar lo que la vida te da.


Aceptar lo que la montaña te permite vivir.


Aceptar, por encima de todo, lo que Dios tiene preparado para ti.


Porque a veces vivimos tan obsesionados con conseguir aquello que deseamos que olvidamos confiar en aquello que está destinado para nosotros.


Queremos que las cosas sucedan de determinada manera, en determinado momento y bajo nuestras propias condiciones. Construimos expectativas, imaginamos resultados y nos aferramos tanto a ellos que, cuando la vida toma un camino diferente, creemos que algo ha salido mal.


Pero quizá no salió mal.


Quizá simplemente no estaba destinado a suceder como nosotros lo habíamos imaginado.


Quizá eso que tanto queríamos no era lo que realmente necesitábamos.


Y quizá aquello que interpretamos como una derrota no era más que una lección que todavía no habíamos aprendido a comprender.


Porque existe una sincronía en la vida. Un orden que muchas veces escapa a nuestro entendimiento. Una historia que comenzó a escribirse mucho antes de que nosotros pudiéramos imaginarla.


Y aunque nuestros planes no siempre coincidan con los suyos, eso no significa que Él se haya equivocado.


Significa que hay cosas que todavía no somos capaces de ver.


Aceptar no significa dejar de luchar. No significa abandonar tus sueños ni renunciar a aquello que amas. Significa comprender que puedes entregar absolutamente todo de ti y, aun así, confiar en que el resultado no siempre te pertenece.


Ahí nace la verdadera humildad.


La humildad de reconocer que no somos dueños de la montaña, que no podemos exigirle nada y que nuestra voluntad no está por encima de todo aquello que Dios ha creado.


La humildad de comprender que llegar hasta ahí ya es, por sí mismo, un privilegio.


Que estar vivo, respirar ese aire, contemplar esos paisajes y tener la oportunidad de enfrentarte a tus propios límites es algo que merece gratitud.


Incluso cuando duele.


Incluso cuando las cosas no suceden como esperabas.


Incluso cuando tienes que regresar sin aquello que saliste a buscar.


Porque la montaña siempre te da algo.


A veces te concede aquello con lo que llevas años soñando.


A veces te permite vivir un instante que recordarás por el resto de tu vida.


Y otras veces, simplemente, te da una lección de humildad que jamás habrías podido aprender de otra manera.


La montaña sabe cuánto has caminado. Sabe cuánto has sudado, cuánto has sufrido, cuántas veces has dudado y cuántas veces has tenido que encontrar fuerzas donde creías que ya no quedaban.




Parece que te observa en silencio, poniéndote a prueba, preguntándote hasta dónde eres capaz de llegar.


Y, más importante todavía, hasta dónde estás dispuesto a llegar.


Pero la montaña no te debe nada.


No te debe un animal, una cima, un triunfo ni una recompensa por tu sufrimiento.


Y es precisamente cuando comprendes eso, cuando abandonas la necesidad de exigir y comienzas a agradecer, cuando algo cambia dentro de ti.


Dejas de medir el valor de la experiencia únicamente por aquello que lograste conseguir.


Dejas de pensar que todo esfuerzo debe terminar exactamente como lo imaginaste.


Y comienzas a entender que hay victorias que no se pueden sostener entre las manos, que no se pueden fotografiar y que jamás podrán colgarse en una pared.


Victorias que solamente se llevan dentro.


Porque hay algo profundamente transformador en entregar todo lo que tienes, llegar hasta donde tus fuerzas te lo permiten y, al final, levantar la mirada y decir:


«Gracias, Dios. Gracias por permitirme estar aquí. Gracias por lo que me diste, por lo que no me diste y por todo aquello que todavía no alcanzo a comprender».



Y cuando finalmente consigues hacer eso, cuando eres capaz de dejar tu ego a un lado, de aceptar lo que la vida tiene preparado para ti y de agradecer incluso aquello que no salió como esperabas, es cuando comprendes que verdaderamente lo lograste.


No porque hayas vencido a la montaña.


Sino porque la montaña te ayudó a vencer algo dentro de ti.


Entonces entiendes que jamás estuviste ahí solamente por un animal, por una cima o por demostrar hasta dónde podías llegar.


Estabas ahí por algo mucho más grande.


Por todo aquello que necesitabas sentir, enfrentar, recordar y comprender.


Por esa conexión con la naturaleza, con quienes ya no están, contigo mismo y, finalmente, con Dios.


Porque, al final, la montaña no se trata de conquistar.


Se trata de aprender.




De sufrir, de perseverar, de confiar, de agradecer y de aceptar.


De entender que no siempre puedes elegir lo que la vida pone frente a ti, pero sí puedes elegir cómo enfrentarlo y qué clase de persona decides ser después de haberlo vivido.


La montaña te dará lo que tenga que darte. Ni más ni menos.


Y a ti te corresponde recibirlo con humildad, agradecerlo con el corazón y continuar tu camino hasta donde estés dispuesto a llegar.


Porque quizá ese sea el verdadero propósito de todo esto.


Comprender que no subimos a las montañas solamente para encontrar aquello que fuimos a buscar.


A veces subimos a las montañas para encontrarnos a nosotros mismos.


Y cuando eso sucede, cuando finalmente comprendes que nunca se trató solamente de llegar, de conquistar o de conseguir…


Entonces, y solo entonces, descubres que, independientemente de lo que hayas traído de regreso, la montaña ya te lo ha dado todo.




viernes, 14 de abril de 2023

CITES y México




En noviembre de 2022, México adquirió diversos compromisos ante el tratado internacional de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres, también conocido como CITES.

Estos compromisos, a grandes rasgos, fueron los siguientes:


1.- Eliminar las redes de enmalle en la región que funge como hábitat de la vaquita marina.


2.- Redoblar acciones para combatir la presencia ilegal de embarcaciones dentro de la denominada Zona de Tolerancia Cero y área de refugio de la vaquita marina.


3.- Uso de radares para detectar incursiones de embarcaciones a la zona protegida antes referida.


4.- Aplicación de herramientas que destruyan las redes pesqueras ilegales.


5.- Uso de la fuerza pública para combatir conductas que afecten la población de las vaquitas marinas.


6.- Vigilancia de puertos y fronteras para combatir el tráfico ilegal del buche de la totoaba.


7.- Retomar la vigilancia del Golfo de Santa Clara


8.- Legislar en materia de sanciones severas contra pescadores ilegales de la totoaba.


Con fecha 23 de marzo del año en curso, la secretaría de CITES ordenó suspender todo el comercio de y con México de cualquier especie de flora y fauna contempladas en el tratado en cuestión, así como en sus apéndices. 


La fecha que se determinó para que entrase en vigor la recomendación de la suspensión antes mencionadas fue el pasado 27 de marzo.


El motivo por el cual se decretó sancionar a México fue porque se consideró que el país no dio cumplimiento adecuado a los compromisos adquiridos para combatir la pesca ilegal de la totoaba en el plazo acordado.


El lunes 31 de marzo, una comitiva integrada por representantes de nuestras autoridades ambientales y diplomáticas acudió a Ginebra a entablar una negociación al respecto; pues de haberse concretado la sanción, hubiera afectado al comercio de alrededor de 650 especies de fauna y más de 2,500 de flora en el país. 


Hubiera sido la primera vez en 32 años que se impone un embargo de esta naturaleza.


Cabe señalar que las recomendaciones vertidas por CITES no son necesariamente vinculantes. Queda al arbitrio de los países miembros de esta convención si acatarlas o no. Sin embargo, no existen muchos precedentes en cuanto a que estados firmantes del tratado referido hayan contravenido en el pasado determinaciones de CITES. 


Por otro lado y aunque si bien es cierto que la aplicabilidad de las sanciones afectaba únicamente al comercio de las especies tuteladas por CITES y sus derivados; no obstante, los derivados están sujetos a criterio de las autoridades encargadas de su exportación o importación. 


Asimismo, es importante destacar que las sanciones imputadas por la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres tienen una periodicidad. No son a perpetuidad. Esto no significa que aunque se apliquen durante un breve periodo de tiempo no generen menoscabos y quebrantos económicos desastrosos para sectores como la peletería, la cosmética y la aeronáutica, y a la economía de un sinfín de familias.


Afortunadamente, con fecha 13 de abril de 2023, por medio de un comunicado del Gobierno de México, se comunicó a los mexicanos y al mundo que CITES habría aprobado el nuevo Plan de Acción de México para proteger la Vaquita Marina.


En el comunicado se detalla que la delegación mexicana logró un acuerdo con la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres para reiterar el compromiso de nuestras autoridades para cuidar a la vaquita marina, reiterando las líneas de acción comprometidas el año pasado y estableciendo 34 metas a cumplir.


Como consecuencia de ello, a través de una notificación emitida por la secretaría de CITES con número 2023/046 se comunicó que la recomendación de suspender el comercio con México se retiraba con efecto inmediato.


Esperemos que este escarmiento sirva para que nuestras autoridades dejen de tomarse a la ligera los asuntos relacionados con el medio ambiente, la flora y la fauna de México; que se sensibilicen en cuestiones de conservación; y que entiendan que el mundo y el planeta son mucho más grandes que las problemáticas político-electorales que inundan el entorno actual de nuestra vida pública. 

jueves, 13 de abril de 2023

Desastre de temporada 2022-2023


José A. Ramírez

I

Una temporada frustrante tanto para cazadores como para rancheros suele ser raíz para que surjan diversas suposiciones respecto a las causas que hacen de una época hábil una temporada funesta en el sentido cinégetico.

Esta temporada 2022-2023 fue muy mala. Los resultados obtenidos por lo que respecta a trofeos fueron pésimos. A esta conclusión llegaron criadores y cazadores. Y aunque a la fecha no se tiene certeza de qué provocó este saldo negativo; no obstante, el fenómeno debe ser atendido. Consecuentemente, quienes estamos involucrados con la pasión de la caza del venado cola blanca en el noreste del país tenemos que plantearnos interrogantes para que de éstas surjan hipótesis mediante las cuales tratemos de ir abordando la problemática en cuestión a efecto de evitar que el desastre se repita el año que viene.

Que la pasada temporada haya devenido en ruina creo es atribuible a una suma de factores de inmensa importancia; aspectos que llevamos arrastrando de varias temporadas atrás.

Las variables que pueden repercutir en el desenlace de una temporada cinegética son múltiples y distintas; van desde el cambio climático y sus nefastas secuelas, hasta la presión de caza, sobre todo la furtiva, dentro de un ecosistema en particular.

Otras afectaciones pueden estar relacionadas con cuestiones humanas. La ignorancia siempre es un elemento que aqueja al medio ambiente en su totalidad. Propietarios y cazadores solemos desconocer la debida aplicación de herramientas como el manejo cinegético. Anclados en anacronismos sobre el tema, muchos seguimos pensando que la conservación del venado cola blanca es el corolario mágico de la simple abstención de abatir hembras; y que parte del buen manejo consiste en matar alesnillos, muchas veces confundiendo éstos con cervatillos o juveniles.

Lo anterior constituye un criterio incorrecto, científicamente comprobado; pero desconocidos por la mayoría de los cazadores.

Por lo que hace al cambio climático, referido con antelación, también estropea o altera paradigmas cinegéticos, pues como es sabido, desde hace cuatro años no se tienen heladas prolongadas en la región. Esto impide que se genere un celo colectivo, lo que obstaculiza a cazadores y propietarios el monitoreo adecuado de la población de venado cola blanca para analizar la conducta de estos cérvidos. Por consiguiente, estos cambios nos hacen a los organizadores casi imposible anticiparnos a los venados y hacen de la suerte prácticamente el único elemento para lograr el éxito cinegético pretendido.

Ahora bien, el cambio climático no sólo afecta la caza por alterar el celo colectivo, las alteraciones climáticas han causado una sequía que se viene arrastrando de hace tres años. Desde entonces únicamente hemos tenido lluvias parciales o periodos de lluvia muy fuertes y de mucho volumen por pocos días. Asimismo, hay que recordar que hace dos años tuvimos una de las peores heladas y fríos registrados en los últimos treinta años en todo Texas y el noreste de país, lo que generó una mortandad de fauna inmensa, representando un flagelo para principalmente los animales exóticos; mas también afectó en gran medida a las poblaciones nativas.

La helada antes mencionada ocasionó que los machos de venado cola blanca en el noreste del país estuvieran tres meses en actividad de celo. Esta circunstancia provocó en esta especie en particular un gran y dilatado desgaste, fruto de la inanición, la persecución de hembras, las peleas y su rondín y marcaje territorial correspondiente. Peor aún, el desgaste expresado causó mayores estragos en la población más vieja de venados macho.

En cuanto a los impactos negativos que tuvo esta helada al ecosistema en particular, tenemos los daños que causó al monte, pues golpeó posterior a otras heladas menores y cristalizó la devastación final del forraje, cobertura y todo lo que constituye alimento para el cola blanca.

Como colofón o remate, subsecuente a la mentada helada, nos golpearon dos sequías sin precedentes.

Así las cosas, no sorprende que en los últimos años los fenómenos naturales hayan sido fuente de descalabros cinegéticos. Heladas y sequías han vapuleado a la flora y fauna de la región. Hábitat y poblaciones de especies susceptibles de aprovechamiento cinegético se vieron damnificados por esta gran helada y fortísimas sequías. Y si a eso se le suma el factor humano, se tiene un problema que se debe solucionar con urgencia.

Bajo este análisis, podemos argumentar que los últimos dos años han sido las temporadas más brutales para la fauna, en específico para el venado cola blanca. Sin embargo, tomando conciencia de ello se debe ir trabajando en el asunto para evitar que la brutalidad continúe y para los años venideros se vean mejoras tangibles en todos los aspectos.


II

Una mala temporada de cacería de venado cola blanca suele ser el efecto o la reacción a diversas acciones, pero también puede ser el resultado de un encadenamiento de factores y variables.

Como se dijo con anterioridad, fenómenos naturales extraordinarios como la gran helada y las sequías que le sucedieron en el noreste del país, acarrearon un sinfín de daños a las biósferas y acabaron por generar un decaimiento inusitado en las poblaciones de ciervos macho de cola blanca.

El entorno que dejaron a su paso estas terribles manifestaciones de la naturaleza no fue propicio para los machos más viejos de la región, por lo que muchos de estos ejemplares murieron por no haberse podido adaptar al ambiente de desolación que quedó luego de las bajísimas temperaturas y los largos periodos sin lluvia en estados como Nuevo León, Coahuila y Tamaulipas.

Aunado a lo anterior y por paradójico que pudiera parecer, también el resultado negativo de una temporada de caza puede derivar de que en los meses que anteceden al inicio de la época hábil caiga una inaudita cantidad de lluvia. Esto a causa de que enormes cantidades de agua hacen crecer desproporcionalmente el forraje en el monte, lo que distribuye el alimento por toda la Unidad de Manejo para la Conservación de Vida Silvestre (UMA), complicando así la caza a la espía y la visibilidad al cazador.

Y si bien es cierto que más que hipótesis entorno a lo que puede ocasionar una mala temporada de caza, pareciera ser que se esgrimen excusas; no obstante, esta ironía es el reflejo de la complejidad que radica detrás de una organización cinegética para la caza del venado cola blanca en el noreste del país, cuando el cambio climático y sus secuelas, así como la ignorancia del hombre convergen en momentos inadecuados para la óptima práctica de la cacería de venado. Consecuentemente, a continuación, se detallarán una serie de soluciones que se proponen para abordar la problemática en cuestión:

En primer término, se infiere que antes que hablar de la organización cinegética como tal, se debe entender que resulta fundamental que previo a cada época hábil, cazadores, propietarios, comuneros, ejidatarios, instituciones gubernamentales y asociaciones privadas, deben conformar una sinergia común encausada en el adecuado uso de la caza legal como herramienta de conservación.

Esto constituye el primer y quizás más enrevesado de los pasos a dar hacia un buen manejo en el noreste del país; pues lamentablemente los intereses políticos no encuentran atractiva la actividad; y les resulta más redituable electoralmente el lucrar con la ignorancia de los detractores de la caza, empujando su animadversión y promoviendo políticas prohibicionistas. Además, a la propiedad social se le ha dado la espalda. Así las cosas, se deja a los propietarios y a las asociaciones prácticamente solos y navegando contracorriente.

Por ello es importante que se logren alianzas estratégicas con distintos grupos en México y el mundo que compartan interés para lograr impulsar una labor coordinada en aras de proteger el derecho a la caza; y posteriormente, obtener los aprendizajes de entidades más antiguas, con más recursos y experiencias, para poner en práctica las acciones más efectivas para el manejo del venado cola blanca y su conservación en el noreste del país.

Como ganadero diversificado y desarrollador cinegético, me parece un tema de suma importancia que se reactiven los apoyos de gobierno y la difusión de estos programas para ranchos que han trabajado o tienen la intención de trabajar en cuidar y mejorar la población y la genética del venado cola blanca del matorral xerófilo del noreste del país y del venado cola blanca tejano. Sin embargo, la realidad es que en el corto plazo se deberá priorizar la constitución de una coalición conformada por todo tipo de gremios e industrias interesadas en la conservación, pues reitero que actualmente el gobierno lejos de demostrar estar del lado de los cazadores, de momento está, con suerte, ajeno a nosotros.

lunes, 6 de julio de 2020

Ovis World Slam e Irán


Para mi jefe, que así como puede con las montañas, pudo con el Covid-19


Mi padre una vez me dijo que la carrera de todo cazador debería iniciar en las montañas. Yo, de alguna manera, seguí su consejo.


La primera expedición de caza que llevé a cabo sin mi familia fue a Alaska en busca de un borrego dall. 

Nunca antes había cargado una mochila tan grande ni había percibido las montañas tan imponentes en mi vida, como cuando inicié ese primer día de caza en el inmenso, infinito y hermoso Alaska Range. 

Al octavo día de caza por fin logré abatir un precioso carnero de once años. Esa noche se forjó un sueño que ha de durar toda una vida: cazar todos los borregos que mis piernas y economía me permitan hasta el día de mi muerte. 


En el intento por concluir el Grand Slam de Norteamérica posterior a esa cacería en Alaska, tuve el privilegio de cazar en el sur y el norte de Columbia Británica, en busca de borrego Stone y Rocky Mountain bighorn; y en mi país, donde logré cazar un bellísimo borrego cimarrón. 


Logré cazar todos los borregos salvajes de América, con excepción del Rocky Mountain Bighorn. En este viaje aprendí que el cazador de borregos no necesita únicamente de un par de piernas enérgicas, pulmones fuertes, buena puntería y huevos; también es fundamental contar con suerte. En esa ocasión, luego de recorrer alrededor de cien kilómetros de montaña, de los cuales por lo menos veinte fueron verticales, no tuve oportunidad de poner la cruz de mi mira telescópica en un borrego legal. 

Creo que ningún borrego en el mundo demanda al cazador de tanta suerte, paciencia, destreza, fuerza, mentalidad y espíritu como los de Norteamérica. 


Fue cazando estos borregos donde profundicé en disfrutar del silencio inquebrantable de una noche calma en las montañas; aquí también me intimidó por primera vez el rugir del viento y me aterrorizó el crujir del hielo. Cazando en Alaska conocí las inclemencias del clima y su inmisericordia; en el norte de Columbia Británica me sorprendió la interminable belleza del otoño y sus colores; en el sur de esta región valoré la fortuna y me enseñé a disfrutar y a ilustrarme con el fracaso en una cacería; y en mi México querido descubrí que en ningún lugar del mundo luce tanto una vida como en un desierto. 

Asia y Europa igualmente son increíbles. Pero muy distintos a Norteamérica. Ahí, las montañas también son gigantes de roca y hielo que fungen como celosos guardianes del sublime tesoro que encarna la fauna que habita en ellas. Sin embargo, la cacería sobre las serranías asiáticas es distinta: hay más gente, menos logística compleja; podría decirse que quizás sea un poco menos complicado cobrar un argali, un muflón o un urial, que un borrego salvaje norteamericano. 






En Asia Central, las Tian Shan se perciben como mundos enteros cubiertos de nieve y grandiosas; por su parte, en el Cáucaso, sobre todo en el este, el territorio es cuna del horror y del vértigo. En el oeste de esta cordillera que separa a Asia y Europa surge como coloso de piedra, lodo y escarcha, el Monte Elbrús, que divide a occidente de oriente. Las cordilleras Zagros y Kopet son áridas y verticales como ningunas otras que haya visto. 





Empero ningún lugar como Irán. Nunca había cazado en un país donde el compromiso con la conservación fuese tan genuino y formal. Los iraníes entienden la importancia de la caza y su manejo como herramienta conservacionista como poca gente en el mundo. Esto se debe al hermano del Sah, el Príncipe Abdo Reza Pahlavi, un cazador ejemplar y apasionado de la vida silvestre que fundó los cimientos del ministerio de recursos naturales iraní y los lineamientos para su operación. 

Aunque en este exótico y desconocido país las reglas de cacería se pudieran antojar en un inicio como limitativas y estrictas. Esto a causa de que únicamente se le permiten tres días de caza a los cazadores por especie; las leyes aduanales limitan a los extranjeros a importar únicamente cuarenta balas, las cuales se cuentan día con día en la medida en que se van usando, llevando los guardabosques un estricto registro de los tiros realizados en el campo; los borregos tienen, como en Norte América, edades legales para poder ser abatidos; entre otras reglas y disposiciones del departamento de Vida Silvestre de Irán. Sin embargo, una vez que sale uno a las montañas de este bello lugar se da cuenta de que el marco jurídico tan estricto es muy amplio por la cantidad de animales y la calidad de los mismos que se ven todos los días.

Conocí Irán con mi padre y ha sido de las mejores experiencias de mi vida. 


Después de cuatro días de cacería, terminamos la primera etapa de la expedición cinegética. Caminamos cerca de sesenta kilómetros en las montañas de la isla de Kabadún, en el Lago Urmía, en Irán, en busca del Armenian Mouflon. 

Aunque yo tuve la suerte de cazar el primer día un borrego muy bonito, despuntado, roto, barbón, viejo; no obstante, mi padre tardó un poquito más. Yo me incorporé a su equipo desde el segundo día, que fue brutal: doce horas en las montañas, sin caballos ni vehículos ni nada; con nuestras piernas, mentes y corazones, nada más. 

No fue hasta el tercer y último día, con la última oportunidad, que por fin encontramos un borrego espectacular. Se hizo lo correcto y acabó en la sal, después de un gran tiro que hizo mi papá. 

Salimos ambos felices y nostálgicos; y es que en la cacería de montaña se está entre la vida y la muerte; la adrenalina y el agotamiento confunden los sentimientos; porque culminada la caza, se dejan tierras y gente atrás que quizás en esta vida no se vuelvan a ver. Pero el sentimiento de gratitud y entusiasmo vital es lo que predomina siempre.

Posteriormente nos trasladamos a Khorasan, cerca de la frontera con Turkmenistán. En estas montañas tuve el honor de cazar quizás el mejor borrego de mi vida: un espectacular Transcaspian Urial anciano y majestuoso. También lo cacé el primer día. Vimos quizás cien borregos, entre borregas y corderos. Vientos potentes de más de cuarenta kilómetros por hora asolaban el terreno, azotaban nuestros cuerpos y levantaban nieve y polvo. Pero en el minuto final logré hacer un tiro perfecto, cuando el día agonizaba y las sombras lo cubrían todo.

Este urial transcaspio—para mí el borrego más grandioso de todos los que he tenido el prodigio de tener de frente—, fue el décimo segundo que he cazado en mi vida. Es decir, con este carnero culmino una meta y realizo un sueño, y lo hago con mi mejor borrego y una experiencia inolvidable al lado de mi padre: he logrado el Ovis World Slam. 



Hoy sin duda este logro es el más importante de mi carrera como cazador. Quisiera dedicarlo a todas las personas que ayudaron a que fuera real: mi padre, los outfitters, guías, amigos y a mi familia; pero sobre todo a mi esposa y mi hijo, que han sido pieza clave en todos los logros y las alegrías de mi vida. 

miércoles, 4 de marzo de 2020

Cacería de Kuban tur en el Cáucaso II



Montamos campamento a orillas de un río. El cielo seguía cubierto y de matices grises. Eran cerca de las seis de la tarde. La humedad y la niebla habían quedado atrás. A nuestro alrededor se erguía el Cáucaso. No hacía frío.

Levantadas las tiendas de campaña y desensillados y amarrados los caballos, procedimos a preparar la cena. 

Cenamos pan, quesos frescos, salchichón, pollo frito y cebolla cruda. Mientras cenábamos, Alberto, el guía local que casi se había acabado un litro y medio de vodka en el camino, dormía profundamente afuera de su tienda y al lado de los caballos. Gena, Vladimir, Eugenio y yo escuchábamos sus ronquidos y nos preguntábamos cómo había logrado llegar en una pieza hasta donde nos encontrábamos en el estado en el que venía.

Nos pasábamos de mano en mano lo que quedaba de vodka, pero siempre siendo cuidadosos en dejar un poco para que a la mañana siguiente mi tocayo se pudiera curar la cruda.

Tras beber varios vasos de té, todos nos fuimos a dormir. Alberto, tiozca, seguía dormido bajo las estrellas, con la bóveda celeste haciéndole de techo y la hierba como cama.

Diecinueve de agosto. Siete de la mañana. El Cáucaso. Rusia. Un despertar más en la montaña, en el Cáucaso. Salí de mi tienda de campaña. Me recibió el río cuyo murmullo en la noche me arrulló. Sobre mí se ampliaba un gran cielo despejado. Y a nuestro alrededor las serranías más empinadas que he visto en mi vida. Algunas laderas lucían glaciares. Por otro lado, los guías ya tenían el agua hirviendo para el té. Todo indicaba que iba a ser un gran día. ¡Buenos días! ¡Dobroye utro! ¡Good morning!

Como cualquier desayuno en la montaña, el de esa mañana también fue sencillo: avena, pan y té.

Al terminar de desayunar, los guías se ocuparon de ensillar los caballos. Mientras tanto, yo acomodé mi tienda, me preparé para salir y me fumé un par de cigarrillos con Eugenio. En la montaña no suele haber cabida para las prisas. Y cuando las hay, la cosa suele ponerse fea. Por eso hay que llevársela leve y con paciencia.

Montamos cada quién en nuestros caballos y enfilamos hacia el valle. El plan para esa mañana era gemelear las caras de las montañas que daban al cañón. En caso de ubicar algo, prepararíamos el ascenso mientras los animales se echaban. Subiríamos a lo alto con el sol en perpendicular; emprenderíamos el asecho final por la tarde, pero cuidándonos de contar con suficiente luz para bajar en caso de éxito. 

Todo sonaba bien. Sin embargo, no contábamos con que, a medio día, antes de que encontráramos algo, una niebla densa y avasalladora lo cubriera todo. La neblina devoró al Cáucaso, con sus pendientes, sus rocas, su tierra, su agua y sus tures. Consecuentemente, tomamos la decisión de regresar al campamento, relajarnos y esperar a que el día de mañana tuviéramos mejor clima. Porque en la cacería de montaña puede caerse el cielo sobre uno o que el sol lo incendie todo; ¡pueden crecer las montañas! Pero sin visibilidad, no hay nada que hacer.

El veinte de agosto amaneció despejado y sin frío. El azul eléctrico del cielo se saboreaba como buen presagio. La visibilidad era total, así que decidimos no perder el tiempo y encaminarnos hacia donde teníamos la intención de cazar el día anterior. 

En cuanto llegamos al sitio donde nos había sorprendido la niebla, nos bajamos de los caballos. Frente a nosotros se ensanchaba el paso de las piedras de vidrio, unas lajas que, si el caballo pisaba mal sobre ellas, se iba al precipicio. 

Jalé con cuidado al caballo, sintiendo el sudor perlar mi frente. Sudaba por nervios. Cada pisada del animal me erizaba la nuca. Perder un caballo sería desastroso, por todo lo que implicaba una tragedia de esa naturaleza. Para el corazón y para las piernas. 

Afortunadamente pasamos sin percances. Luego del paso mortal, nos reincorporamos a nuestras sillas de montar y cabalgamos hacia un collado. Ahí, luego de un buen rato de montar bajo el sol, nos detuvimos para gemelear las laderas de las montañas que nos rodeaban. 

Nos apeamos de los caballos. Inmediatamente después, Eugenio y yo preparamos tripies y lentes; mientras tanto, los guías preparaban te y cortaban pan, queso y salchichón. Comeríamos antes de empezar a lentear. Los locales se tomaban las cosas con calma. Yo también. Así que podía relajarme y disfrutar de cada momento en la montaña. Para el abate se requiere algo de tiempo, pero es una fracción pequeña ante la totalidad de una expedición de caza. En Eurasia y Asia, tomar te entre las nubes también es cazar.


Comimos en silencio. De repente, entre bocados y sorbos de té, tomábamos los binoculares y recorríamos por un instante las montañas. Pero no se veía nada. Al terminar el lonche, me acosté y me acomodé la mochila como almohada. Ya recostado cómodamente, fingí buscar un tur. A los pocos minutos lo encontré; pero en sueños. Me había quedado dormido. Y disfruté de una leve siesta. 

Desperté un par de horas después. Me estiré y más espabilado le pregunté a Eugenio si no se había visto nada. Con un gesto me indicó que no. Gena y Alberto se habían subido a una loma para abarcar más terreno y poder buscar en áreas más lejanas. No obstante, al poco tiempo regresaron con la noticia de que únicamente vislumbraron un par de hembras y tures jóvenes. Todo indicaba que ese día también se esfumaría sin emociones fuertes. Qué equivocado estaba.

Al regreso, en el paso de las piedras de vidrio, el caballo de Vlad, el corcel más joven de todos, estuvo a punto de caer al acantilado; si no hubiera sido por la fuerza bruta de su dueño, que jamás lo dejó ir, el grupo hubiese perdido un rocín al segundo día de cacería. Afortunadamente no fue así. 

Al atardecer, en el valle cercano al campamento ubicamos a un tur enorme. Como ya no había luz, decidimos cazarlo pon la primera aurora del día siguiente. Por fin algo de acción.


Durante la cena charlamos con entusiasmo. El haber visto un tur tan majestuoso hacía tan sólo unas cuantas horas antes nos había llenado a todos de emoción y esperanza. 

La noche transcurrió oscura y silenciosa. Dentro del saco de dormir soñé con el día siguiente y entre sueños ansiaba por que amaneciera. Sentía paz y urgencia. Las montañas afuera esperaban pacientes, los tur seguramente pastaban. El rumor del agua acurrucaba mi vigilia y los ronquidos de los demás no afectaban en lo más mínimo. 

Veintiuno de agosto. Abrí mi tienda de campaña y la luna aún lucía sin ninguna intención de ser relevada por el sol. Eugenio y Vlad hervían el agua para el te en silencio. El resto de los guías se preparaba dentro de su tienda de campaña. Las estrellas brillaban sin obstáculos, lo que significaba que podía ser un día despejado, ideal para cazar tures. La emoción a flor de piel. La precipitación latente. Las puertas del Cáucaso de par en par.

El desayuno, como siempre: parco, pero nutritivo. Todo el grupo comió avena, bebió te y compartimos unas galletas. Lo mínimo para emprender un ascenso. Y acabando de desayunar, montamos nuestros caballos y nos dirigimos a las faldas de la montaña donde dejamos visto el tur de la tarde anterior. 

Al llegar, desmontamos y preparamos las mochilas para el ascenso. El plan me pareció algo alternativo: consistía en trepar casi a la cumbre, apostarnos detrás de una peña que destacaba y se recortaba contra el cielo, y ahí esperar a que los tur regresaran a pastar a eso de las once de la mañana. Sonaba a magia, a adivinanza, pero quién era yo para contradecirlos, si ya había sido testigo antes de una hazaña que rayaba en lo mágica en la República de Kabardia-Balkaria durante la cacería del Mid-Caucasian tur.

Sin embargo, en esta ocasión, la realidad se impuso. El día veintiuno de agosto fue todo sudor, vértigo, humedad y frío. Nada de sangre. Encumbramos, recorrimos la montaña, nos asomamos a todos los cañones, transitamos sobre los desfiladeros. Pero jamás volvimos a ver a los tures. Aquel día fue de silencio y esfuerzo. La montaña iba a pedir mucho más arrojo antes de darnos un tur. La euforia se antojaba lejana, al igual que los animales. 

La noche cayó. Se sintió como un balde de agua fría. Mientras que en la mañana todo era esperanza, curiosidad, excitación, por la noche los ánimos tenían un sabor más a derrota y desengaño. Empero aún quedaba tiempo, y muchas tierras por recorrer. Y es por esto que durante la cena se determinó que al día siguiente iríamos a probar nuestra suerte a otra área, que se encontraba a por lo menos un par de horas a caballo. Saldríamos de madrugada para poder aprovechar el día. Era, de acuerdo a los guías, el as bajo la manga, el comodín: la zona secreta, la que Gena en todas sus cacerías se reservaba para el Plan B, y hasta entonces siempre le había dado resultado. 

Un día más en el Cáucaso.

Eran alrededor de las cuatro y media de la mañana. Destinábamos a nuestros caballos hacia la nueva área. La noche anterior, mientras cenábamos, discutimos sobre si moveríamos el campamento o no, ya que esta nueva zona de caza se encontraba algo lejos de donde teníamos montado el camp. Al final, Gena y los guías locales decidieron que no. Que cazaríamos todo el día, y que volveríamos de noche, con o sin tur. 

La cabalgata estuvo amena. Sin embargo, ese día fue perdido. Si bien es cierto que al primer ascenso encontramos la manada de tur que buscábamos; no obstante, la neblina no nos permitió cazar. Justo al ponernos cerca de los animales, nos quedamos sin visibilidad. Así que pasamos una interminable cantidad de horas rodeados de niebla, sin podernos mover, fumando y conversando entre susurros, con la excitante sensación de que estábamos rodeados de kubans, pero agobiados por la histérica frustración de que no podíamos hacer nada al respecto.

Tendría que ser mañana, el penúltimo día de cacería. 

Y llegó ese día, el penúltimo. Al principio, fue una calca del anterior: todo inició con la alarma del celular retumbando dentro de la oscuridad y el silencio absolutos de la tienda de campaña; luego los malabares que se requieren para vestirse dentro de la carpa; una vez vestido, la fresca e intensa salida al aire limpio y a la noche; y por supuesto, el desayuno escueto de diario y, previo a los aseos y necesidades humanas correspondientes, montar los caballos. 

Al arribar al área de cacería, con las primeras luces del día, el cielo ostentaba destellos carmesíes y pocas nubes; el viento aún dormía, porque no soplaba en lo más mínimo; y la temperatura se sentía fresca, agradable. 



Descabalgamos y montamos los telescopios. No queríamos iniciar ningún movimiento sin antes cerciorarnos de que no había tures en los alrededores. Al hacer esto, comenzamos a gemelear.

¡No habían transcurrido ni veinte minutos y ya habíamos ubicado a un tur solitario a unos novecientos metros! Y nos pusimos manos a la obra: Gena y Vlad se quedarían detrás del spotting scope. Por nuestra parte, Alberto, Eugenio y yo, nos encargaríamos del acecho. La idea consistía en mantener comunicación entre todos para que, en caso de que el Kuban tur se moviera, nosotros supiéramos hacia dónde caminar. 


Los primeros quinientos metros fueron descendiendo, para salir del campo visual del animal. Ya abajo, rodeamos un pequeño valle durante unos cien metros; en seguida, comenzamos el ascenso hacia un puerto que se veía a unos seiscientos metros de distancia, por lo que volvimos a ascender; ulteriormente brincarnos del otro lado de la arista, con el fin de hacer el último acercamiento recorriendo no más de un centenar de metros caminando al margen, justo debajo del filo del borde de la montaña.


El primero en llegar al sitio de donde se supone podríamos tirar fue Alberto, tiozca; inmediatamente después le siguió Eugenio; yo venía a unos diez metros. Al alcanzarlos, me detuve debajo de los dos guías, que ya se encontraban en posición. Tomé aire en un par de ocasiones; a unos cinco metros de mí, el guía local me sonreía, mientras usando el palo para caminar como rifle apuntaba hacia donde seguramente se encontraba el tur. Yo, feliz, le devolví la sonrisa. 


Arrastrándome me dirigí hacia donde yacían Alberto y Eugenio. Al posarme entre ambos, le tendí mis binoculares a este último y le pedí que me indicara a qué distancia se encontraba el tur; a lo que me respondió que, con gusto, pero que primero lo ubicara a través de la mira telescópica. Le pedí me señalara el lugar en el que se encontraba el borrego; y al hacerlo, de inmediato lo divisé; el animal estaba echado, tranquilo. En cuestión de segundos lo tenía en la cruz; por lo que insistí con que se me apuntara qué distancia nos separaba del ejemplar. Que trescientos cincuenta; pero que esperara a que se pusiera de pie. Y esperé, unos segundos; más no pude esperar, el corazón me latía, pero la confianza por primera vez se imponía a la emoción, así que decidí tirar, apretando muy poco a poco el gatillo hasta verme sorprendido por la detonación.

El tur no corrió más de una docena de metros, cuando comenzó a rodar. 

Un par de horas después tenía mis manos sobre los cuernos de uno de los animales más majestuosos del mundo, el Kuban tur, monarca del Cáucaso en la República de Karacháyevo-Cherkesia. Con éste, había logrado un sueño, el cazar todas las subespecies de tur que hay en esta región del mundo; aunque a la fecha no se define si son cabras o borregos, en lo que coinciden todos es que la caza de estos animales probablemente sea una de las más demandantes físicamente y de las más peligrosas que se pueden practicar en el orbe.