Max Torres
La montaña enseña. La montaña es, quizá, uno de los más grandes maestros que existen.
Te reta, te exige, te doblega. Te lleva al límite de tus fuerzas y, cuando crees que ya no puedes más, te invita a rendirte. No tiene compasión por tus debilidades ni consideración por tus deseos. No negocia contigo, no se adapta a tus expectativas y mucho menos se preocupa por tu comodidad.
En la montaña nunca estás completamente cómodo. Siempre hay algo. Siempre existe una nueva forma de incomodidad, una nueva prueba, una nueva razón para cuestionarte qué estás haciendo ahí.
Si no te estás muriendo de frío, el sol te está quemando. Si sale el sol y finalmente sientes algo de calor, comienzas a sudar. Y si sudas demasiado, sabes que, en cuanto te detengas, ese mismo sudor terminará congelándote hasta los huesos.
Si no estás peleando contra los alders, estás abriéndote paso entre los pinos. Si por un momento encuentras un sendero limpio, seguramente terminarás cruzando un arroyo profundo de agua helada.
Si sientes que los pulmones te van a estallar durante la subida, sabes que tus rodillas pagarán el precio durante la bajada.
Si caminas bajo el sol, te quemas. Si buscas refugio en la sombra, comienzas a tiritar de frío.
Si te mojas con tu propio sudor, con el agua de un arroyo o simplemente con el rocío acumulado en las hojas, el frío termina atravesándote el cuerpo. Y cuando finalmente consigues secarte junto a una fogata, terminas impregnado de humo.
Si los boulder fields te parecen incómodos, espera a enfrentarte al scree. Y cuando sientes que se te acaba el aire intentando ganar altura sobre esas laderas interminables de piedra suelta, finalmente alcanzas la nieve, donde el frío comienza a entumecerte los pies.
Y así, una y otra vez.
Nunca estás cómodo.
Lo más curioso es que, mientras avanzas de una dificultad a la siguiente, comienzas a extrañar aquella que acabas de superar. Cuando estás en el frío, recuerdas el calor. Cuando estás bajo el sol, añoras la sombra. Cuando estás subiendo, deseas estar bajando. Y cuando finalmente estás bajando, recuerdas lo sencillo que parecía subir.
La montaña tiene esa extraña manera de hacerte desear aquello de lo que hace apenas unos momentos querías escapar.
La montaña te lo da todo. Te exige, te castiga, te desgasta, te destruye por momentos… pero, sobre todo, te enseña.
¿Cuántas veces has querido simplemente detenerte?
¿Cuántas veces has pensado: «Hasta aquí llegué»?
¿Cuántas veces te has preguntado qué demonios estás haciendo ahí?
«No vale la pena. ¿Para qué estoy haciendo esto? ¿Por qué estoy aquí? ¿Qué necesidad tengo de someterme a todo esto?».
Y entonces comienza una batalla todavía más difícil que la que estás librando contra la montaña: la batalla contra tu propia mente.
Tu mente empieza a cuestionarlo todo. Intenta convencerte de que estás cometiendo un error, de que estás haciendo algo absurdo, algo que va en contra de tu propia naturaleza.
¿Para qué perseguir a un animal que fue creado para vivir precisamente en esas condiciones? Un animal que pertenece a esas alturas, a esos riscos, al frío, a la nieve y a esos precipicios. Un animal que se mueve con naturalidad en un mundo en el que tú, sin el equipo adecuado, difícilmente sobrevivirías una sola noche.
¿Qué sentido tiene?
Y mientras intentas recuperar el aliento, con las piernas agotadas, las manos congeladas y la mirada perdida en una montaña que parece no terminar nunca, comienzas a pensar en los setecientos millones de cosas que podrías estar haciendo en lugar de estar ahí.
Podrías estar en casa. Podrías estar descansando, disfrutando del calor, de una buena comida, de la compañía de quienes amas. Podrías estar haciendo prácticamente cualquier otra cosa.
Cualquier cosa menos eso.
Y es justamente ahí, en ese instante, donde aparece el verdadero filtro.
Esa línea invisible que separa a quienes prefieren regresar de aquellos que, aun teniendo mil razones para hacerlo, encuentran una sola razón para continuar.
Ahí estamos nosotros.
Esos locos que, por alguna razón difícil de explicar, elegimos la incomodidad, la incertidumbre, el cansancio y el riesgo. Los que voluntariamente nos alejamos de todo aquello que nos hace sentir seguros para adentrarnos en un mundo donde nada está garantizado.
No porque seamos más fuertes que los demás, ni porque tengamos menos miedo, sino porque hay algo dentro de nosotros que nos llama hacia esos lugares.
Y aunque nos hacemos exactamente las mismas preguntas, aunque también dudamos, también sufrimos y también queremos rendirnos, existe algo que termina siendo más poderoso que todas esas dudas.
Una respuesta.
Una respuesta que el cuerpo, agotado, es incapaz de comprender.
Una respuesta que contradice todo aquello que la mente intenta decirte.
Una respuesta que desafía la lógica, la comodidad y los límites que tú mismo creías tener.
Porque la mente te pide que regreses. El cuerpo te suplica que descanses. El miedo intenta convencerte de que no perteneces ahí.
Pero hay algo en el espíritu que se niega a abandonar.
Algo que no se puede medir con la fuerza de las piernas, con la capacidad de los pulmones ni con la resistencia al frío.
Algo que va mucho más allá de lo que la sociedad nos ha enseñado a buscar, de lo que el mundo considera necesario y de los límites que nuestra propia mente nos impone.
Y es ahí, precisamente ahí, donde comienza a suceder algo extraordinario.
Ahí es donde te encuentras.
Ahí, lejos del ruido del mundo, lejos de la comodidad, de las distracciones y de todo aquello con lo que normalmente intentamos llenar nuestra vida, comienzas a escuchar algo que en ningún otro lugar habías podido escuchar con tanta claridad.
A ti mismo.
Comienzas a comprender por qué estás ahí. Por qué elegiste ese camino. Por qué, a pesar de todo, hay una parte de ti que no quisiera estar en ningún otro lugar.
Es ahí donde te conectas con lo más profundo de tu ser.
Con tus sueños, con tus recuerdos, con todo aquello que te ha llevado hasta ese momento. Con las personas que amas y también con aquellas que ya no están, pero que tanto quisieras que estuvieran. Aquellas cuya ausencia se siente incluso más fuerte en medio de la inmensidad y el silencio.
Porque hay lugares donde los recuerdos dejan de ser simples recuerdos y se convierten, por un instante, en compañía.
Y entonces empiezas a encontrar respuestas.
Una tras otra.
Hasta que, finalmente, comprendes que todas esas respuestas conducen a una sola.
Que nada de lo que estás contemplando puede ser casualidad.
Que esas montañas inmensas, esos valles interminables, esos animales perfectamente adaptados a un mundo tan hostil, la nieve, las nubes, los ríos y hasta el más pequeño detalle de ese paisaje son parte de algo infinitamente más grande que nosotros.
Algo tan poderoso que resulta imposible comprenderlo por completo.
Algo que no necesita explicación para hacerse sentir.
Y es ahí donde la inmensidad de la creación te recuerda lo pequeño que eres ante la grandeza de Dios.
Donde el ego comienza a desaparecer.
Donde dejas de sentirte dueño de tus pasos, de tus logros y de tu destino.
Donde comprendes que, por mucho que planees, que te prepares, que te esfuerces y que desees algo con todas tus fuerzas, jamás tendrás el control absoluto de lo que va a suceder.
Y entonces descubres una de las lecciones más importantes que la montaña puede enseñarte:
Aprender a aceptar.
Aceptar lo que la vida te da.
Aceptar lo que la montaña te permite vivir.
Aceptar, por encima de todo, lo que Dios tiene preparado para ti.
Porque a veces vivimos tan obsesionados con conseguir aquello que deseamos que olvidamos confiar en aquello que está destinado para nosotros.
Queremos que las cosas sucedan de determinada manera, en determinado momento y bajo nuestras propias condiciones. Construimos expectativas, imaginamos resultados y nos aferramos tanto a ellos que, cuando la vida toma un camino diferente, creemos que algo ha salido mal.
Pero quizá no salió mal.
Quizá simplemente no estaba destinado a suceder como nosotros lo habíamos imaginado.
Quizá eso que tanto queríamos no era lo que realmente necesitábamos.
Y quizá aquello que interpretamos como una derrota no era más que una lección que todavía no habíamos aprendido a comprender.
Porque existe una sincronía en la vida. Un orden que muchas veces escapa a nuestro entendimiento. Una historia que comenzó a escribirse mucho antes de que nosotros pudiéramos imaginarla.
Y aunque nuestros planes no siempre coincidan con los suyos, eso no significa que Él se haya equivocado.
Significa que hay cosas que todavía no somos capaces de ver.
Aceptar no significa dejar de luchar. No significa abandonar tus sueños ni renunciar a aquello que amas. Significa comprender que puedes entregar absolutamente todo de ti y, aun así, confiar en que el resultado no siempre te pertenece.
Ahí nace la verdadera humildad.
La humildad de reconocer que no somos dueños de la montaña, que no podemos exigirle nada y que nuestra voluntad no está por encima de todo aquello que Dios ha creado.
La humildad de comprender que llegar hasta ahí ya es, por sí mismo, un privilegio.
Que estar vivo, respirar ese aire, contemplar esos paisajes y tener la oportunidad de enfrentarte a tus propios límites es algo que merece gratitud.
Incluso cuando duele.
Incluso cuando las cosas no suceden como esperabas.
Incluso cuando tienes que regresar sin aquello que saliste a buscar.
Porque la montaña siempre te da algo.
A veces te concede aquello con lo que llevas años soñando.
A veces te permite vivir un instante que recordarás por el resto de tu vida.
Y otras veces, simplemente, te da una lección de humildad que jamás habrías podido aprender de otra manera.
La montaña sabe cuánto has caminado. Sabe cuánto has sudado, cuánto has sufrido, cuántas veces has dudado y cuántas veces has tenido que encontrar fuerzas donde creías que ya no quedaban.
Parece que te observa en silencio, poniéndote a prueba, preguntándote hasta dónde eres capaz de llegar.
Y, más importante todavía, hasta dónde estás dispuesto a llegar.
Pero la montaña no te debe nada.
No te debe un animal, una cima, un triunfo ni una recompensa por tu sufrimiento.
Y es precisamente cuando comprendes eso, cuando abandonas la necesidad de exigir y comienzas a agradecer, cuando algo cambia dentro de ti.
Dejas de medir el valor de la experiencia únicamente por aquello que lograste conseguir.
Dejas de pensar que todo esfuerzo debe terminar exactamente como lo imaginaste.
Y comienzas a entender que hay victorias que no se pueden sostener entre las manos, que no se pueden fotografiar y que jamás podrán colgarse en una pared.
Victorias que solamente se llevan dentro.
Porque hay algo profundamente transformador en entregar todo lo que tienes, llegar hasta donde tus fuerzas te lo permiten y, al final, levantar la mirada y decir:
«Gracias, Dios. Gracias por permitirme estar aquí. Gracias por lo que me diste, por lo que no me diste y por todo aquello que todavía no alcanzo a comprender».
Y cuando finalmente consigues hacer eso, cuando eres capaz de dejar tu ego a un lado, de aceptar lo que la vida tiene preparado para ti y de agradecer incluso aquello que no salió como esperabas, es cuando comprendes que verdaderamente lo lograste.
No porque hayas vencido a la montaña.
Sino porque la montaña te ayudó a vencer algo dentro de ti.
Entonces entiendes que jamás estuviste ahí solamente por un animal, por una cima o por demostrar hasta dónde podías llegar.
Estabas ahí por algo mucho más grande.
Por todo aquello que necesitabas sentir, enfrentar, recordar y comprender.
Por esa conexión con la naturaleza, con quienes ya no están, contigo mismo y, finalmente, con Dios.
Porque, al final, la montaña no se trata de conquistar.
Se trata de aprender.
De sufrir, de perseverar, de confiar, de agradecer y de aceptar.
De entender que no siempre puedes elegir lo que la vida pone frente a ti, pero sí puedes elegir cómo enfrentarlo y qué clase de persona decides ser después de haberlo vivido.
La montaña te dará lo que tenga que darte. Ni más ni menos.
Y a ti te corresponde recibirlo con humildad, agradecerlo con el corazón y continuar tu camino hasta donde estés dispuesto a llegar.
Porque quizá ese sea el verdadero propósito de todo esto.
Comprender que no subimos a las montañas solamente para encontrar aquello que fuimos a buscar.
A veces subimos a las montañas para encontrarnos a nosotros mismos.
Y cuando eso sucede, cuando finalmente comprendes que nunca se trató solamente de llegar, de conquistar o de conseguir…
Entonces, y solo entonces, descubres que, independientemente de lo que hayas traído de regreso, la montaña ya te lo ha dado todo.

























