Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

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viernes, 22 de marzo de 2019

La cacería de buro que nunca fue


A mis hermanos Ivanes, con todo el cariño del mundo


Cuando le dije a mi hermano Iván que iba a contar lo que nos sucedió aquella noche, me pidió que no lo hiciera; que para qué, si nadie me iba a creer. Sin embargo, aquí estoy, dispuesto a contarlo todo; no me importa si me creen o no. Porque esta historia no la cuento para ustedes, sino la escribo para mí; para no olvidarme de ésta nunca, para siempre tenerla presente, para en todo momento tener el recuerdo a la mano, pues me servirá durante toda la vida para reflexionar sobre la misma.

Todo empezó una madrugada helada, completa y totalmente despejada. Nunca antes había amanecido el rancho Cirios tan frío. Recuerdo perfectamente que ese día salí de mi bungaló y me sentí congelado, pero debajo y en el centro de la bóveda celeste, con el infinito ampliándose sobre mí. Sin ser experto en astronomía, pensaba que en ese momento se alcanzaban a ver desde ese lugar hermoso en Sonora todas las estrellas del universo. Por eso me perdí un rato en el cielo, sin importarme la gelidez de mi entorno. Algo allá arriba me tenía hipnotizado, hasta que un grito de buenos días me sacó de mi ensueño.

Esa mañana, por motivos diversos, Iván y yo íbamos a salir solos de cacería, sin George ni el Peludo, los guías; ni el Paco, el vaquero; ni nadie. Todos tenían cosas que hacer. Y nosotros dos queríamos a fuerza salir a buscar un buro. Así que lo hicimos. Y desde el principio, comenzó lo anormal, pues pedí manejar yo la camioneta; a lo que Iván no mostró objeción alguna ni tuvo reparo en que yo condujera ese día.

Salimos a eso de las seis de la mañana. A esa hora, el cielo de Sonora empezaba a teñirse de carmesí y en el horizonte comenzaban a vislumbrarse las montañas, que se recortaban como dedos frente al Mar de Cortés, en ese punto en que todo se pinta de color bergamota, naranja, el color de la arena cuando se humedece con sangre. Sin duda el litoral sonorense es de los más bellos del mundo, precisamente por los espectáculos que ofrece a la vista a la hora de amanecer y cuando se pone el sol, con la serranía de cuna y el mar y el cielo de techo.

Las primeras horas pasaron en quietud. Aunque la temperatura glacial de esa mañana prometía buen movimiento de caza; no obstante, curiosamente durante horas no vimos nada, ni pecaríes ni borregos cimarrones ni venados cola blanca ni codornices ni buros. Ni siquiera las hembras, que suelen ser las más presumidas, se dejaban ver ese día, que ya comenzaba a llenarse de una energía extraña. Lo único que desfilaba para nosotros eran los saguaros gigantes, los palo fierro invencibles, las chollas filosas, los palo verde encantadores, los mesquites tupidos, los cirios extraterrestres. Y nosotros avanzábamos, sin rumbo fijo, adentrándonos cada vez más hacia el corazón del desierto, hasta que dio el medio día, y entonces todo cambió, la paz se esfumó.

Por increíble que parezca, hasta ese momento, Iván y yo no habíamos intercambiado palabra alguna. Durante todo ese tiempo había reinado entre nosotros ese silencio sepulcral cuyo sonido solamente puede ser cómodo y plácido cuando se escucha entre dos personas que se tienen absoluta confianza y mutuo cariño. Pero ese sosiego se vio resquebrajado abruptamente por un ruido extraño que hizo la camioneta.

— ¿Qué fue eso, hermano?—pregunté a mi hermano Iván, que comenzaba a cabecear a mi lado—. Esta madre está fallando.

— ¡P’ta madre, se me hace que sí!—comentó Iván secamente—. A ver, hermano, párate.

— Me paro—, dije mientras pisaba el freno y ponía la camioneta en ‘Parking’.

— Apágala, por favor, hermano. 

Apagué la camioneta y los dos nos apeamos. Ambos nos estiramos al mismo tiempo. Llevábamos cientos de minutos sentados, manejando, sin siquiera habernos parado a orinar o a estirar las piernas. Ya habían pasado por lo menos seis horas. La temperatura había subido. La luz del sol caía como plomo sobre nosotros. En el cielo no se atisbaba ninguna nube, solo su azul eléctrico que se fundía con el azul más opaco y grisáceo del mar. 

Una vez espabilado, me salí un metro de la brecha para tirar el agua; el hermano Iván hizo lo propio. Los dos buscábamos cualquier actividad, pretexto o quehacer, antes de aceptar la cruda realidad de que no teníamos ni idea de cómo afrontar el problema que nos representaba la camioneta. Íbamos a evadirlo durante todo el tiempo que fuera necesario. Por lo que una vez concluidas nuestras necesidades básicas y naturales, tomamos cada uno sus binoculares y empezamos a gemelear los alrededores en busca de un buro. Pero al no encontrar nada, a los quince o veinte minutos tuvimos que hacer frente a la complicación.

— ¡Chingue a su madre!—gritó Iván, mientras se dirigía al vehículo, llevándose las manos a la cara con violencia—. ¡Los pinches radios!

— No mames, hermano... No me digas que se quedaron cargando—. Lo primero que hice fue sacar mi celular del bolsillo y ver la pantalla. Para mi horror, no teníamos ninguna señal—. Y aquí no hay señal.

— Ver... Sí... Ayer los bajé para cargarlos, por si íbamos al cerro del calzoncillo a hacerle la cacería a los buros, como ya le hemos hecho antes. Y se me olvidaron— me explicó Iván, que a su vez también veía con ansiedad la pantalla de su teléfono, que igualmente indicaba que no tenía servicio en ese sitio.

— ¿Y ahora—pregunté nervioso—, qué vamos a hacer?

—P’ta, no sé, hermano. Porque el Peludo, el George y el Paco van a estar buscando el borrego que ‘maltiró’ el gringo; y eso puede tomarles toda la noche. ¡Y luego pa’que nos encuentren! ¡No! Va a estar cabrón.

—Verga...—fue lo único que pude expresar, mientras una extraña angustia comenzaba a envenenarme la sangre.

—Yo creo...—comenzó diciendo Iván, pero se interrumpió por un segundo, mientras comenzaba a ver a su alrededor—. Yo creo que la carretera es nuestra mejor opción. Está en casa de su puta madre; pero no hay pierde. Es para allá—dijo señalando hacia el este, en el sentido opuesto del mar—. Si le caminamos, a huevo llegamos, y ahí pedimos que nos den un aventón. Porque por aquí no va a haber señal de celular.

El plan tenía sentido. Pero sobre todo, en ese momento no teníamos otras alternativas. Así que tomamos nuestras mochilas, las llenamos de botellas de agua, y cada uno con su rifle al hombro empezamos a enfilarnos en dirección a la carretera.

Las primeras tres horas transcurrieron entre risas y tragos de agua. El hecho de tener un plan, una opción, nos había tranquilizado. Empero con el paso del tiempo, cuando el atardecer se percibía próximo, los ánimos comenzaron a caldearse. Un nerviosismo mezclado con miedo empezó a sentirse en el ambiente. Yo cada vez preguntaba con más frecuencia si ya estábamos más cerca; y mi hermano Iván que sí, que ya nada más pasando esa loma se va a ver la carretera; pero al no suceder nada, me arrancaba yo de nuevo, que si sí íbamos bien; que si no estábamos perdidos; que si seguíamos en el rancho; a lo que Iván, cada vez más molesto y agobiado, me respondía que sí, verga, que sí vamos bien; que no estamos perdidos, que ya falta poco; que tranquilo. Pero para mí cada vez me resultaba más difícil tranquilizarme. Porque ya nos habíamos acabado el agua y ya no se veía nada a un palmo de distancia, pues una noche sin luna nos sorprendió a los dos, en medio del desierto, y con la carretera en ninguna parte.

Dejé de contar las horas. Por eso no tengo idea qué hora era cuando, sin pila en los celulares, pues tanto Iván como yo los habíamos usado de linternas; sin agua ni comida en las mochilas; con la boca reseca y los hombros adoloridos, por fin escuchamos el rugir de la carretera. Cuando la vimos, los dos soltamos una carcajada histérica y nos abrazamos. Luego, apoyados cada uno en el hombro del otro, caminamos, dando tumbos, tropezando con chollas, cayendo en agujeros, en dirección a las luces de los coches que pasaban como relámpagos frente a nosotros. 

Antes de salir, Iván me exhortó a esconder los rifles debajo de un mesquite; que al día siguiente podíamos regresar y los encontraríamos sin problemas; que dejaría papel de baño amarrado en el alambre de púas para ubicarlos rápidamente. Y eso hicimos, medio enterramos nuestras armas, dejamos lista la señal, y, después de pasar por debajo de la cerca, caminamos al filo de la carretera para pedir un aventón a la casa del rancho. Ninguno de los dos teníamos idea de dónde estábamos. Pero por lo menos, durante un instante, nos sentimos más seguros; sensación de seguridad que inmediatamente se evaporó, pues como por arte de magia, o por crueldad del destino, justo cuando por fin nos encontrábamos donde queríamos estar, súbitamente los coches dejaron de pasar. 

Esperamos inquietos, en silencio e inmóviles, durante aproximadamente diez minutos. Luego Iván comenzó a caminar en dirección a, según él, la casa. Yo lo seguí. Ya no me sentía con fuerzas para nada. No quería alegar ni opinar. Estaba sediento, exhausto, ansioso. Lo único que quería era salir del desierto, tomar agua y cerrar los ojos. Tenía sueño, sed, hambre, frío. Por eso caminaba ya sin voluntad, como por instinto. Y entonces se sintió un céfiro helado, que hizo que los dos nos detuviésemos en seco y nos frotáramos los brazos. En eso estábamos cuando a lo lejos se escuchó el ronroneo de un motor. Lo que provocó otro estallido de carcajadas, gritos, juramentos, y risas. 

En ese momento todo era oscuridad y el ruido del coche que se aproximaba. Pero segundos después la luz mortecina de los faros de una camioneta vieja se dibujaron a lo lejos. Iván y yo desesperados comenzamos a hacerle señas para que se detuviera. Entre gritos de súplica, saltos y manoteos, desde muy lejos rogábamos que se parara quienquiera que iba conduciendo. Y afortunadamente, mientras veíamos nuestra salvación aproximarse, ésta también aminoraba la marcha, lo que nos llenaba de esperanza y felicidad. Pronto lo tuvimos frente a nosotros, completamente detenido, a un hombre joven, de rostro amigable, que sin mayor preámbulo nos invitó a que nos subiéramos con él. Y eso hicimos.

Era una Dodge vieja. No sabría que año ni de qué color. Los asientos de piel nos recibieron en un cálido abrazo que nunca voy a olvidar. Nos acomodamos, y a la pregunta expresa de a dónde nos dirigíamos, Iván le respondió que se siguiera rumbo al puerto, como iba, y que él le diría donde parar.

Me habré quedado dormido uno o dos minutos, pero cuando desperté, de lo primero que me percaté fue de que Iván dormía en el asiento del copiloto profundamente, con la cabeza recargada en el hombro izquierdo y roncando con ferocidad. Al frente, la noche profunda y las líneas del camino precipitábanse con violencia contra nosotros. Acto seguido, busqué a lo lejos las luces del puerto para cerciorarme de que no nos habíamos pasado. Ahí estaba ese brillo tenue. Eso me tranquilizó. Pero de manera paulatina mi tranquilidad se fue desintegrando. Primero porque sentía un frío como el que nunca he sentido en mi vida; y en segundo lugar, porque me di cuenta de que quien conducía la camioneta era una persona completamente distinta de quien nos había recogido antes. Ahora el que tenia las manos sobre el volante era un anciano decrépito, que no paraba de envejecer.

Ahogué un grito de terror. Me contuve; pero las ganas de gritar me parecían con cada segundo que pasaba más incontenibles; las sentía insoportables en la garganta y en la boca. Sobre todo cuando vi con claridad cómo el tejido de la piel del viejo que manejaba la camioneta se descomponía y se le desprendía a jirones. Luego el iris del ojo que alcanzaba a ver se derretía. Yo no podía creerlo. No me podía mover. Todo debía ser una pesadilla. Pero no podía pellizcarme ni hacer nada para despertar de ese infierno de horror. Me sentía obligado a ver cómo el conductor se convertía en un cadaver, que de pronto me volteó a ver y me sonrió de la manera más espeluznante. Luego, volvió la mirada al camino y aceleró.

La camioneta bramó y salió disparada a una velocidad que parecía imposible en un auto tan viejo. Pero era una realidad. El ruido de cada pieza vibrando y la escena del cofre devorando la carretera no dejaban lugar a dudas: íbamos por lo menos a ciento ochenta kilómetros por hora en dirección a una curva que serpenteaba una pared de piedra. No tardé ni una milésima para entender y asimilar que en unos instantes más me iba a matar con el impacto. Y así sucedió: parpadeé, y vi las rocas a un metro de la camioneta. Luego sentí un golpe en la cara, en el pecho, en las rodillas, que me causó un dolor como nunca antes lo había sentido. Después, todo fue oscuridad y silencio. 

Lo último que recuerdo fue que alguien abría la puerta de la camioneta. Primero fue sólo el sonido. Yo seguía con los ojos cerrados, esforzándome en así mantenerlos. Posteriormente, sentí sed y un dolor de cabeza espantoso. A lo lejos escuchaba una voz. Pero no alcanzaba a distinguir qué decía. Me dolía todo. Me sentía entumido y acalambrado. No quería abrir los ojos; pero después de un rato, no tuve más remedio; y cuando lo hice, una luz intensa me deslumbró. Ahí afuera seguían las voces, el resplandor, la silueta difusa de una persona que poco a poco se fue haciendo más clara, junto a su voz que me preguntaba que qué hacíamos ahí; que si estábamos bien. Era Paco. Volteé por instinto a mi derecha, ahí estaba Iván, que abría la puerta; yo me deslicé y me caí de la camioneta. De inmediato, el vaquero me ayudó a ponerme de pie. <<¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?>>, preguntaba y repetía, perplejo. Y Paco me decía que no sabía; que si estaba bien; y yo, que me tocaba el cuerpo, dudando, decía que sí; pero insistía que en dónde estaba; y me respondían que en el rancho. Y yo, que ¿quién me trajo? Y ellos, pues ya estaban todos, incluidos George y el Peludo, alrededor mío, que nadie; y, yo, con miedo, que ¿y la camioneta? Y el Peludo, que ¡ahí está! ¡En esa se vinieron! Y, ¿yo manejando?, pregunté; y todos que, ¡sí! ¿Si no quién más? Y yo me empecé a relajar, hasta que sentí sobre el hombro la mano de Iván, que al oído me dijo: <<Hermano, yo también soñé que la muerte nos daba raite aquí a la casa>>.

Fin

jueves, 4 de junio de 2015

Del retorno a la selva. Un breve diario sobre mi cacería de temazate




Viernes, 20 de marzo de 2015

La respiración y el céfiro del monte se funden en un abrazo febril. Arriba el sol ya amenaza con bañar la sierra con su luz cálida y encendida. Alrededor los árboles bailan al compas del viento y la naturaleza canta la sinfonía de la vida. La música la hacen el correr del agua del arroyo, el chiflido del gorrión, la hojarasca que se rompe bajo la suela de la bota, el crujir de las ramas, el pandero de las hojas, el zumbido de los insectos, el aullido del mono. Pero también están los insonoros impactos de las patitas de las arañas en la piedra, la fricción silenciosa del gusano en la madera, el salto temerario de la famélica garrapata. Y claro que muy en el fondo, donde se juntan la esperanza y el miedo, en la imaginación, un jaguar puja, respira con violencia, arroja resoplidos impetuosos que, junto con la majestuosidad de su pisada en la hierba, hacen temblar de terror y emoción.

El lugar, Campeche. ¿Cuándo? Pronto. Pronto…

Miércoles, 29 de abril de 2015

Llevo dos horas en la aguada, y nada. Son las 8:30 de la mañana.

El día comenzó como todos, a las 4:30 de la madrugada. Agua en la cara, café, jugo y una galleta. Antes de salir una cepillada de dientes y listo. Fresco y con algo en el estómago para aguantar.

Cuando salí de mi tienda de campaña me percaté que la luna se escondía detrás de una capa espesa de nubes negras, pesadas, que desde las alturas amenazaban con dejar caer un aguacero sobre la selva, sobre nosotros. Todo indicaba que los pronósticos iban a acertar.

Hoy va a llover. De alguna u otra forma ya lo sabía. El iPhone lo pronosticaba. Me alegra que vaya a llover. Ya urge un poco de lluvia. El pavo ya está escondiéndose detrás de un cada vez más infranqueable silencio; se ha tornado imposible acechar a la presa, porque la maleza, la hojarasca, que cruje con insolentes estrépitos bajo mis pisadas, me delata con facilidad. El agua hará más silenciosos mis pasos y volverá a hacer cantar al bello ocelado. Es momento de que llueva.

Son las 9:15 de la mañana. Por fin algo de movimiento: primero un coatí, un chico solo. El pequeño mamífero entró haciendo un ruido que me heló el corazón. Y es que quien ha esperado en una aguada en la selva, debe saber que cada que se escuchan pasos aproximarse, los nervios se disparan y la tensión se vuelve tan densa que llega a amenazar con asfixiar a quien la siente.

El tejón estuvo merodeando en las cercanías durante cinco minutos, para posteriormente desaparecer en la selva por siempre.

Ptsss…psss…ssssss…trick…rack…click…clock…ps

—No te muevas, ahí viene algo — me dice Daniel—. Tate quieto…

Me abrazo a mi escopeta; mantente petrificado, me digo a mí mismo; no puede ser otro tejón. Estos pasos se escuchan más sutiles, más delicados. ¿Será el temazate? Por favor que sí sea. Mis ojos danzan en busca de algo, tratando de captar cualquier movimiento. Pero mi cabeza no se mueve. La mantengo inmóvil sobre el cañón de mi Browning Diana grade de dos cañones.

Los pasos se detienen, y acto seguido un silencio sepulcral se instala alrededor de nosotros. El viento deja de soplar, la vegetación suspende su baile y las aves su canto; y yo miro de reojo a mi guía tratando de que se note un signo de interrogación en mis pupilas; y Daniel no me dice nada; y yo, susurrando, ¿qué onda? Y que nada, que es una zorrita; y con un gesto usando las cejas señala a unos cinco metros a mi izquierda; y cuando volteo veo al sigiloso canino, luciendo su figura cautelosa y fina, bebiendo de la aguada desconfiado y con reserva.

10:30 AM. No tarda en llover.

Ahora sí se siente que ahí viene la lluvia. El viento ya sopla con fuerza, levantando la maleza, agitando la vegetación, humedeciendo el entorno.

Estuvimos viendo a la zorra durante un par de minutos, hasta que simulé un disparo y salió pitando hacia la infinidad de la selva. Luego se llenó la aguada de faisanes: unos cuatro hocofaisanes y unas diez bolonchanas nos entretuvieron con sus peleas, sonidos y aleteos. Son aves bellas. El macho con su pico cubierto por el moco amarillo, amarillo piolín; y la hembra, en mi opinión más bella, con su plumaje deslumbrante, pinto, blanco, café, gris, negro. Son esplendorosas, hermosas criaturas que también se les caza con el oído si no es en la aguada. Esto a causa de que los machos pujan. Y los guías llevan al cazador en dirección a esos pujidos graves, que si bien no son sonoros; no obstante, recorren la selva tenuemente hasta alcanzar los oídos de los cazadores.

Un pajarito rojo. De un rojo carmesí, escarlata, ardiente. Me recuerda a Graciela, quien me dijo un día muy importante que un ave con esas cualidades significa buena suerte. Es un buen augurio. Suerte es todo lo que necesito. Ese pajarito rojo la traerá, mi amor.

En la selva el ruido y el movimiento son los peores enemigos de las presas.

Me detengo un momento a pensar, he tenido mucha suerte en el agua. ¿Pero qué tanto es mucha? ¿Bajo qué parámetros? Pues sí, mucha. ¿De verdad? Yo creo que sí. He visto hasta este instante de todo, menos temazate. ¡Que es lo único que te interesa! Sí, mas no podemos descartar al jaguar. ¡Lo viste! A veinte metros. ¡A veinte metros! Eso sí. Mi mirada se perdió entre sus colores, sus manchas, su suntuosidad y belleza.

Sucedió la primera mañana (el viento sopla ahora con más fuerza). Yo dormía en la hamaca. El tedio me arrulló, pues la cacería había empezado inmóvil, silenciosa, húmeda, con comezón, con diminutos insectos recorriendo mi cuerpo. Salvo el tapir que nos topamos caminando hacia la aguada, no habíamos visto nada. Así que me quedé dormido. Y dormía, dormía profundamente cuando sentí la mano de Daniel, gentil y casi imperceptible sobre mi hombro. Al sentir el tacto, abrí los ojos alarmado. ¡El temazate! (ya va a llover) Miré a mi guía casi asustado, y justo cuando mis labios pronunciaron la palabra me dijo que no; y en un susurro, me reviró, ¡…el tigre…! ¿Dónde? Inaudible. Y con las cejas. No te muevas, apenas en un bisbiseo. Y entonces lo vi.

A veinte metros de mi cuerpo, que yacía sobre la maleza, vi al enorme y solemne felino, cuya piel parecía revestida de fuego, luz y sombras. El animal estaba echado, inalterable, mirando hacia mi guía y yo. Ambos contemplábamos al jaguar absortos. La belleza de éste nos tenía pasmados, embrujados. Pero no podíamos movernos un centímetro, evitábamos incluso respirar. Se percibía el nerviosismo y la alerta del animal (ya caen del cielo las primeras gotas); se sentía en la piel del gato, pues no se notaba, pero habíamos trabado éste y yo tal contacto que notaba su piel y mi piel cómo se erizaba, cómo recibía el calor y se cubría lánguidamente de gotitas de sudor. Lo vi. Vaya que avizoré a ese jaguar, el primero que veía en mi vida. Detrás del tigre, se advertían la hojarasca de colores bronce, cobre, café, gris, y sobre ésta el verde vital de la selva. De pronto, cuando la hipnosis fue menguando, traté de fotografiar a la fiera, pero cuando me moví, ésta ya había desaparecido por siempre entre la espesa vegetación, dejando detrás y en mi interior, una sensación de asombro, nostalgia, pasión y embelesamiento.

— ¡Ámonos que ya se vino la lluvia! —me dice Daniel, que rápidamente descuelga su hamaca, coge su puñal y se dirige al camino.
—Vámonos, pues — le respondo—. No estuvo mal, ¿no? Ora sí vimos de todo… ¡Madres! Ya está lloviendo fuerte.

En cuestión de minutos la selva se empapa. El cielo de repente se desprende de la inmensidad de las alturas y nos cae encima en forma de tormenta. Ha dejado de soplar el viento, es solamente la lluvia caer incesante.

Llegamos a la brecha. Acto seguido, emprendemos una corta carrera hacia el jeep. Al alcanzarlo, Daniel saca una lona azul llena de agujeros la cual tratamos de usar de techo para resguardarnos un poco del agua. Sin embargo, al poco tiempo la humedad se torna insoportable y decidimos salir. Estamos empapados. Pero no importa. Son las once y media de la mañana. Tengo el presentimiento que esta lluvia significa buenas noticias. Porque viene a cambiarlo todo. La hojarasca dejará de delatarnos, la fauna se moverá; mas sobre todas las cosas, creo que esta agua dota de aventura y dramatismo este micro diario.

— Vamos a caminar un rato, Daniel.

—Pérate tantito y vamos.

Aguantamos a que escampe un poco.

11:48 AM

El cielo por fin se tranquiliza. Es hora de movernos. Así que comenzamos a caminar lo más lento posible sobre una brecha que le latió a Daniel. Que es bueno que llueva; que porque la lluvia hace que los animalitos se muevan; que porque las aguadas ya se estaban secando; que porque el pavo no está cantando; que porque cuando llueve uno puede cazar mejor porque no hacen ruido las botas en la hierba.

Me señala un rascadero y justo en el momento que me agacho a ver con atención la ramita rascada, del otro lado del camino escuchamos:

¡Fiiiiiiii! ¡Fiiiiiiiiii! ¡Fiiiiiiiiii! Y el ruido se aleja paulatinamente… ¡Fiiiiii! ¡Fiiiiii! ¡Fiiiiiii! Y el ruido se pierde en la selva…

—¡No chingues! —ahoga un grito Daniel— Ahí’taba el temazate…

—No manches. ¿Como a cuánto?

—Como a cuarenta metros.

—No…no…no… ¡No puede ser, chingaos!

—Amos a ver si lo encontramos.

12:06 PM

Buscamos el rastro. Nada. Daniel camina con sigilo, lento, sin perder la vista del suelo. Se fija en las ramitas, en la tierra. Hasta que por fin encuentra lo que pueden ser las huellas de temazate volando sobre la tierra huyendo de nosotros.

Y empieza la caminata. Cada paso lo damos con cautela, tratando de pisar firme, de no arrastrar las botas. Tenemos que andar silenciosos. Cualquier tronquito que se quiebre, cualquier sacudida de la vegetación, pueden alertar al pequeño cérvido y asustarlo. Sin embargo, no vemos ni escuchamos nada que se parezca al cabrito. Solamente el cantar de las aves que vuelven a deleitar con su música, las gotitas caer, nuestras respiraciones, el latir de los corazones. Nada más.

Llegamos a una barranca y tomamos la decisión de regresar al jeep. Ni hablar (la temperatura asciende).

12:59 PM

Tomamos cada quién una botella de agua y bebemos. La selva se ha calentado. Se siente un calor húmedo y violento. El cielo se ha despejado y sobre nuestros cuerpos caen unos rayos de sol candentes y avivados. Nuevamente la selva brilla. El gris que se había instaurado entre la vegetación se ha disipado, dejando nuevamente claras y coloridas las ceibas, los zapotes y la tierra.

—Hoy no quiero regresar hasta que cacemos, Daniel. ¿Cómo ves?

—Pos bien. Para eso trajimos lonches. Vamos a caminarle a otro lado y si nos da la tarde, te llevo al pasadero al que fuimos la primera tarde.

—Ta bueno.

—De todas formas voy a manejar pasito, lento, así como si fuéramos caminando… y, ¿quién quita? Igual y sale, como aquella vez.

Se refiere a la vez que se me fue el temazate. Siento una punzada en el estómago y un fogonazo de ansiedad me recorre las venas.

—Vamos, pues.

13:22 PM

El jeep avanza lentamente. Daniel y yo buscamos en ambos lados de la brecha. Buscamos un temazate. Pero en realidad lo que queremos captar es cualquier movimiento o ruido que brote de la espesura del monte. O que algo rojee, o brille al recibir una chispa de sol.

13:29 PM

Daniel dice que por aquí debe andar el temazate. Aquí el sol deja de acariciar el suelo, ya que las copas de los árboles son tan densas que la zona se siente casi oscura.

13:37 PM

El jeep se detiene en seco y Daniel, tenso, rígido y ardoroso señala hacia un punto de nuestro lado izquierdo; su brazo está tenso, tiembla. De pronto la cabina del jeep se llena de nerviosismo y convulsión. El guía no habla, solamente señala con desesperación.

Mi cuerpo arde, siento el corazón revolcarse y oscilar con fervor dentro de mi pecho. ¿Dónde, dónde, dónde, dónde está el temazate? Que no vuelva a pasar lo del año pasado. Pero afortunadamente no tardo más de unos cuantos segundos en encontrarlo.

Entre una orqueta diminuta alcanzo a ver la colita del cabro que se mece, con parquedad. Ahora siento la sangre que corre por mis venas hervir.

No disparo porque no tengo tiro. Así que le digo a Daniel que trate de moverse poquitito, poquitito hacia delante. Y el jeep avanza un metro y el temazate desaparece; y yo que un poco más; y el jeep avanza otro metro y vuelvo a ver la piel del cérvido brillar. Mis sentidos se agudizan, alcanzo a distinguir cada pelo del lomo del animal. Pero aún no quiero arriesgarme. Traigo dos tiros de BB y no hay tiempo para cambiarlos. Sigo sin un tiro claro.

El temazate está arqueado, con el hocico clavado en la tierra.

… Tengo tiro. Jalo el gatillo. Disparo...

¡Pum!

Una milésima de segundo. Todo se vuelve difuso. Ahora veo claro al temazate dar media vuelta. Tiene las patas apuntando hacia el aire y veo con claridad la panza del venadito. Ese animal no requiere de otro tiro. Concluye un segundo. Tal vez dos. Y escucho a Daniel decir que ¡huevos! Y abro la superpuesta y saco el cartucho percutido. La dejo abierta cuando me vuelvo hacia mi guía, que está sentado en el asiento del piloto sonriendo. Recargo el arma en el parabrisas que reposa sobre parrilla del jeep. Y abrazo a Daniel.

¡A huevo! ¡A huevo! ¡A huevo! ¡Ya chingaste! ¡Ya chingué! ¡Lo logramos! ¡Te dije que iba a salir! ¡te dije!

Nuestros gritos se confunden.

13:39 PM

Me siento embriagado por una emoción febril, ya que este es de los momentos más importantes de mi vida como cazador.

Me bajo del jeep con torpeza. Los nervios y la emoción han atrofiado mis músculos. Daniel me lleva unos metros de distancia. Ambos nos precipitamos hacia el temazate abatido. El guía con agilidad; yo vacilando.

Y escucho un grito: ¡machito, machito, bendito Dios! ¡Ya chingaste!

Corro.

13:40 PM

Ante mí yace un bello temazate en paz. En su rostro cicatrizado y en la cornamenta destrozada, pues solamente le queda un cuerno, se puede notar que vivió plenamente y con energía. El tiro fue perfecto. Las postas se incrustaron en todo el hombro. El cartucho BB y el cañón full resultaron perfecto maridaje para consumar un abate humano y ético. Así que me hinco ante el trofeo, poso mi mano delicadamente sobre su cuerpo y brotan esos sentimientos entremezclados de nostalgia, euforia, gratitud y añoranza. Éstos se traducen en una disculpa no expresa, pero sentida; en un agradecimiento que no se manifiesta, pero se siente en lo más hondo del corazón; en una pena sutil, de ver la vida extinta, mas enaltecida; en euforia, por la belleza de la caza y la inminente inmortalidad que dota y brinda esta actividad tan compleja y divina.

Jueves, 30 de abril de 2015

La felicidad, lejos de extinguirse, de menguar, sigue esparciéndose y latiendo en mi interior.

Festejo todo el día con mis amigos. No hay tiempo para escribir. Ya escribiré de regreso. Por el momento, a seguir celebrando.

Viernes, 1º de mayo de 2015

Último día de cacería. La expedición ha llegado a su fin. Mañana comienza el regreso. También es cumpleaños del ‘Primo’. Día de los Mártires de Chicago. 

Sigo repitiéndome a mí mismo, entre un sentimiento de paz y placidez, que lo logré. Lo logré. Tantos años intentándolo; tantos intentos fallidos; tantos momentos que me incitaban, me empujaban a doblegarme, a capitular. Pero no me rendí nunca. Seguí adelante y lo logré.

Ha sido una cacería maravillosa.

A seguir celebrando. Turbo.

Martes, 26 de mayo de 2015

Todo indica que con la cacería de Campeche, con la caza del temazate, por fin completé la colección de los venados de México. Así que en febrero iríamos a Monterrey para la premiación. Parece ser que desde hoy soy acreedor al Premio Hubert Thummler a los Venados de México SCI. Fueron muchos años, cuatro años con sus días y sus noches, de esfuerzo. Lo logramos. Y sucedió en Silvituc, a 80 KM de Guatemala, en la selva de Lerma en Campeche.

Los venados fueron los siguientes: Yucatan Gray-brown Brocket Deer, Carmen mountain white-tailed deer, Mexican texanus white-tailed deer, Mexican central plateau white-tailed deer, Central American white-tailed deer, Mexican gulf coast white-tailed deer

Ahora debo empezar un libro, o más bien una antología de las crónicas de todos los venados que he cazado, los enlistados anteriormente. La próxima semana empiezo a escribir. Espero tener ese libro terminado para julio, o a más tardar agosto.

Silvituc, Campeche 2015

Gracias a Alfredo Lamadrid Cossío, de Balam México, nuevamente. Un abrazo, amigo. Muchas gracias, de verdad.


lunes, 12 de enero de 2015

Negar la muerte


En este mundo, el hombre vive, subsiste, despacha, sobre un trono compartido con la muerte. Todos los días, a causa de la urbanización, cientos de miles de hectáreas son deforestadas; a diario se matan millones de pollos, miles y miles de cabras, cerdos, vacas; en las guerras mueren centenares de hombres a diario. Para que el ser humano goce de la gracia de la vida, inevitablemente se deben sacrificar existencias terceras, pluralidades de vidas tanto de otros seres vivientes, así como de las de múltiples y diversas personas. Porque la muerte no solamente forma parte de la vida, sino que también conforma cultura, tradición, folclor, historia y cotidianeidad. Por eso, resulta ineludible la coexistencia del hombre con la muerte en el día a día. Cada minuto, cada segundo de existencia, la parca y las personas los atraviesan de la mano, ya que de alguna u otra forma, la muerte también existe. Es imposible negar que ésta nos anida cual depredador al asecho de la presa, y lo que es más definitivo, que un día nos dará caza por fin, y pereceremos. Todos.

Es más, confrontando al texto El hombre y su muerte, de Pérez Valera, la muerte no se le presenta ni manifiesta ni aguarda al hombre como un fin, sino que, desde el punto de vista biológico, se le debe considerar como condición de vida, como elemento sine qua non de la existencia, por paradójico que suene [1]. Es decir, desde este enfoque, muerte y vida no son figuras antitéticas, ni representa cada una de ellas una antípoda en relación con la otra. Desde esta perspectiva biológica, muerte y vida significan entes semejantes e interdependientes entre sí. Son acción y reacción, pero también concordancia y correlación, y se desarrollan coordinadamente. Vivir es empezar a morir, y morir es dejar de vivir.

Así las cosas, me parece pasmosa la manera en que en la actualidad el hombre se empeña en separarse, divorciarse, distanciarse de la muerte. Pareciera cultural la obsesión por negarla, por olvidarla, por evadirla. El verbo morir ha devenido tabú y queremos creer que no moriremos. Quizá por la violencia imperante, que ha intensificado el miedo a expirar; tal vez por el ofuscamiento que permea entre todos y cada uno de nosotros con la juventud. Todos queremos permanecer jóvenes e inmortales. Es el famoso forever young.

En un principio, la relación entre los hombres y la muerte era más íntima, mucho más estrecha y personal. Philippe Ariès en su texto La muerte del otro lo expone muy bien. Nos narra cómo a través de los años se ha venido modificando esta relación. Habla de dicha transformación remontándose a la primera y más antigua ilustración ante la muerte, que además de ser, según el autor, “[…] la más extendida y común, es la resignación familiar al destino colectivo de la especie y puede resumirse en esta fórmula: Et moriemur, todos moriremos” [2]. Posteriormente, menciona los distintos giros culturales que ha sufrido la postura del hombre ante la muerte, para adentrarse en la conclusión que con el paso de los siglos la tendencia es la dramatización o espiritualización de la misma, la cual dejó de centrarse en el yo para enfocarse en la del otro, en la muerte del tercero, no en la de uno mismo; que más adelante acabará por convertirse en la negación de ésta.

Seguramente lo que precedió a esta obstinación por rechazar la inevitabilidad de la muerte fue el miedo generalizado a esta última. No fue hasta que estigmatizamos el morir cuando comenzó nuestro temor a fallecer. Bien lo dice Pérez Valera, que: “La muerte […] se nos presenta como enemiga, como contraria a la vida”. Que si bien esta idea se estima como casi innegable. No obstante, aquí consideramos que más bien la fuente de la cual emana este terror, es, siguiendo con Varela, “[…] el excesivo individualismo del hombre moderno”. Es decir, más que la antítesis vida (hombre)-muerte, lo que aumenta el recelo ante la defunción es la fascinación con el yo y en consecuencia el pavor por la desaparición [3].

Claro que en este siglo el individualismo es el motor ético y moral de las personas. Los modelos económicos liberales dominantes, la globalización, el consumismo, la exaltación de la farándula, son factores que han dinamitado valores como la comunidad, la solidaridad, la sociedad, el Estado, la tradición. Hoy cada quién se vale por sí mismo, en un mundo política y económicamente darwiniano en el cual de cierta forma se aplica de facto la ley del más fuerte. Aquí quien no se adapta fenece. Esto, sumado a la superficialidad desmesurada, que ha exaltado hasta los cielos la juventud, fomentando el irrealizable sueño de la juventud infinita, provoca pánico hacia la senectud y por ende horror a la muerte.

Otra consecuencia derivada del miedo a morir es la prohibición de la muerte. Ésta vino a relevar al sexo en la moralina colectiva. El nuevo puritanismo más que alarmarse con la sexualidad, ahora solloza, se indigna, se altera con la muerte. El hombre y la mujer de clase media, educados, labradores, son en su mayoría enemigos febriles de la parca. Por eso se conmocionan con la caza, se convierten al vegetarianismo, se vuelven amantes de los árboles, devoradores insaciables de lechuga, opositores acérrimos de la tauromaquia. Sin embargo, como se dijo al principio, olvidan que para que ellos puedan vivir, seres vivos deben morir. Y esto último es ineludible. Pero mucha gente opta por ignorar la realidad para mantenerse dentro de una moda.

Aquí en México, país con una cultura bella entorno a la muerte y los muertos, de tradiciones espectaculares y coloridas para recordar a los perecidos y honrar su memoria, cada día, debido a la americanización y las tendencias anteriormente comentadas, en ciertos sectores de la sociedad la fiesta de Día de Muertos ha venido diluyéndose, amenaza con desaparecer. Cada día son más frecuentes las golosinas industrializadas y las máscaras de látex monstruosas; son pocos los que todavía redactan calaveritas y muchos los que piden su calaverita. Las casas de clase media a finales de octubre se llenan de telarañas y se adornan con brujas, pero pocas familias siguen levantando esas ofrendas pletóricas dignas de la fecha.

El mexicano desde sus inicios y raíces ha crecido y se ha desarrollado en un perpetuo abrazo con la muerte. Nuestros ancestros precolombinos eran guerreros y religiosos, lo que los hacía matar y sacrificar vidas humanas para poder seguir dominando. El azteca fomentaba la muerte, comía muerte, rezaba a la muerte, anhelaba la muerte, danzaba a la muerte, lloraba a la muerte. No obstante, hoy las cosas son mucho muy distintas.

Lo que otrora constituía una entrañable tradición, pasar una noche, dormir en la cama del recién difunto, hoy parecería algo macabro y siniestro. Ahora, por lo menos en las comunidades favorecidas, se vela a los sucumbidos de lejos, de fuera; éstos yacen dentro de un féretro, los vivos separados por madera y cristal rezan sus plegarias. Pero ya las mayorías no besan al muerto, ni lo tocan, ni lo visten. La tradición se encamina en alejarse de quien murió, de incinerarlo cuanto antes, de enterrarlo lo más pronto posible. Y cada vez son menos los que visitan cementerios o urnas.

¿De dónde viene esta turbación hacia la muerte dentro de las clases medias? Seguramente de los países primermundistas. Bien lo dice Zarauz López, que “[…] del llamado Primer Mundo, (donde) toda referencia a la muerte se mira con escalofrío, temor, distancia y hasta resistencia”[4]. ¿Por qué razón? Imposible saberlo. Lo que sí es evidente, es que en las grandes economías los ciudadanos no escriben versos burlones relacionados con la muerte, ni tienen un pan para honrar a los muertos ni una flor que represente el día que se recuerda a quienes murieron ni una conmemoración a La Muerte. Si acaso, la imagen que se tiene de ésta es tenebrosa, es la efigie de un esqueleto dentro de un manto negro, con una filosa e hiriente guadaña entre sus dedos inertes, esqueléticos, espeluznantes.

Este distanciamiento entre el mexicano y la muerte no solamente se ve y se percibe en el famoso Halloween, festividad que a fuerza de alejarnos de la realidad, nos consuela separándonos de lo real que es morir. La distancia entre los mexicanos y la calaca ya se nota también en el lenguaje. Ya no hablamos del otro, que murió, sino que mencionamos al que se fue, o al que desde arriba nos ve o se encuentra viajando a lejanos orientes. Decir se murió escuece en los oídos de los acongojados; por ello nos vemos obligados a usar eufemismos como el muertito, o enunciados como “pasó a mejor vida”, “por fin descansó”. ¿Pero por qué no decir el muerto—y valga la redundancia—murió? Porque en el siglo XXI morirse está prohibido.

Claro está que no debemos aprehender a la muerte y adorarla. No. Definitivamente se debe preponderar a la vida por sobre todas las cosas. Y es totalmente natural temer a morir. Lo que le da sentido a nuestras vidas es nuestra conciencia de ser, nuestro entendimiento de lo que es vivir; por ello, el temor a perecer se nos planta como un antagonista en nuestras existencias, infalible y amedrentador. Sin embargo, con un poco de reflexión es posible hacer de la tilica y flaca más que una enemiga, un álter ego. Porque si bien ésta genera fobias y complejos en nosotros; empero, esto no significa que como consecuencia de ello debamos negarla. Consecuentemente, lo ideal es aceptar lo irremediable de la muerte y más que tratar de remediar con ella, lo que tenemos que hacer es aprender a coexistir en conjunto.

Otra forma de poder compartir el mundo con la muerte, es acudir a ·los sistemas de esperanza” que menciona Louis-Vincent Thomas para evitar negarla:

1.- El más allá cercano en un universo casi idéntico al de los vivos, con la posibilidad constante de reencuentros (sueños; posesión y reencarnación)

2.- El más allá sin retorno en un mundo diferente y lejano, tal y como se concebía en los vastos territorios de la antigua Mesopotamia y del Egipto faraónico, caracterizados por la centralización del poder.

3.- El tema de la resurrección de la carne reemplaza al mito del tiempo cíclico por el tema de una duración lineal y acumulativa; esta creencia culmina en el zoroastrismo, el mazdeísmo y las religiones del Libro o de la familia de Abraham (judaísmo, islamismo, cristianismo).

4.- Por último, en el caso de la India, el más allá no asume la forma de un espacio, de un mundo diferente en que el hombre entraría para no volver a salir. Tiene más bien una dimensión temporal y se manifiesta por una serie de intervalos temporales que separan las reencarnaciones sucesivas de un mismo principio espiritual. Nada es más explícito en este sentido que los textos de los Vedas y de los Upanishads y la creencia en la transmigración de las almas.[5]

De lo anterior se desprende que aquí en México, quienes no profesan con efusión y seriedad una religión determinada, se refugian en un probable quinto sistema de esperanza, ecléctico, que vendría a representar una fusión de los anteriores cuatro, ya que todos, los que no niegan la muerte, y más ahora con el florecimiento de nuevas ondas como el New Age, hablamos de karmas pendientes, de vidas pasadas, de reencarnaciones cristianas, de reencuentros con familiares perecidos en algún cielo metafísico, de fantasmas, y hasta de resurrección. 

Vale la pena enfatizar que lo que en el párrafo que precede se expuso es en referencia a la gente que acepta a la muerte como destino inexorable y final del camino que transitamos en esta vida material sobre la tierra. Y esto no significa que quienes no buscan resguardo en alguno de los sistemas de esperanza de Louis-Vincent Thomas no acepten la muerte. No sólo el que cree en algo más allá de esta última son capaces de entenderla y confirmarla. El ateo también puede aceptarla, con la diferencia que para éste fallecer significa el instantáneo preludio al silencio y la oscuridad perenne, que tampoco podrían ser ni sentirse, pues el muerto pierde (carece de) todos los sentidos, lo que significa no poder ni percibir la falta de luz ni escuchar el silencio mientras uno muere y se mantiene muerto por siempre. Es decir, para el ateo morir significa simplemente dejar de ser y existir.

En cambio el que niega la muerte omite nombrarla, se refiera a ella con eufemismos, le da la vuelta al asunto, la ignora. Quienes quieren creer que jamás morirán se esfuerzan en burlar a la vejez, en gambetearla con cirugía plástica, vitaminas, maquillaje, botox, escotes, trajes entallados, mezclilla rota, seda estampada y colorida, autos deportivos, mini faldas, lentes de sol. Negar la muerte es darle la espalda, no esconderse de ella; es ignorarla, no enfrentarla; es inconsciencia, no cobre día ni valentía. Es el "no hablemos de eso ahorita", o el "ni te preocupes, falta mucho para eso". Muchos mexicanos negamos la muerte en la mesa, en la iglesia, en la cocina. Todos los días.

Aquí en México la muerte nos ha dado historia. Mas no solamente se trata de la aportación al anecdotario nacional. Porque también hemos creado en base a ella. De la muerte mexicana ha brotado gastronomía, pintura, poesía, música, color, artesanía, danza, espíritu, folclor, tradición, lenguaje. Es por esto que es una lástima que la celebración de Día de Muertos se esté perdiendo en ciertos sectores de nuestra sociedad, que aunque minoritarios, no obstante, al que pertenecemos la mayoría de estudiantes de esta universidad y la inmensa mayoría de colonos del lugar en donde vivo.

En conclusión, considero que para volver a revivir nuestras tradiciones de Día de Muertos, para volver a hacerlas de todos nosotros, lo primero que debemos hacer es aceptar a la muerte, para volver a jugar, a reír y a bailar con ella; para comérnosla en el pan de muerto, en las calaveritas de chocolate; para olerla en el cempasúchil; para verla en todos los colores del papel maché; para sentirla en la artesanía y escucharla en nuestra música. Una vez que volvamos a aceptar a la calaca podremos danzar nuevamente con ella.

Cuando aceptemos el proceso natural de vida consistente en nacer, crecer, reproducirse, envejecer y morir, habremos dado el primer paso a la aceptación de la muerte. Lo que seguiría sería comprender que, en caso de creer en algo más allá de la muerte, ésta no deber cristalizar ningún tipo de consuelo para el vivo; y a contrario sensu, para el que cree que después de la muerte no hay nada, no debe su postura representar un pretexto para vivir libérrimamente y sin escrúpulos. Se crea o no en un después de la vida, a la muerte se le debe respetar, pues peor que negarla, sería subestimarla o ensoberbecerse frente a ella. Porque más allá de ser una realidad, la muerte es, como se dijo en un principio, condición de vida, tradición y cultura. Por eso es de suma importancia que la aceptemos y aprendamos a compartir nuestras vidas con ella, desde en las festividades, hasta en las conversaciones y reflexiones que tengamos o llevemos a cabo en el día a día.

F I N




[1] Cfr. Pérez Varela, Víctor. El hombre y su muerte. Editorial Jus. México: 1999. PP. 51 62
[2] Ariès Philippe, Morir en oxidente. Adriana Hidalgo Editora. Argentina: 2000. P. 53
[3] Varela Pérez, Víctor. El hombre y su muerte. Editorial Jus. México, 1999.
[4] Zarauz López, Héctor L. La fiesta de la muerte. Conaculta. México: 2000. P. 33
[5] Thomas, Louis-Vincent. La muerte. Una lectura cultural. Paidós Studio. Barcelona, 1991. P. 139 y 140.