Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

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jueves, 19 de septiembre de 2019

Cacería de Kuban Tur en el Cáucaso I


Lo peor que le puede pasar a un cazador es llegar a casa y no encontrar suficientes fotos de su trofeo recién abatido. Yo por eso me dedico a tomarle a mis trofeos todas las fotografías posibles. Y me retrato sosteniéndolos en una posición y luego en otra. También me tomo el tiempo para limpiar, maquillar, coser, si es necesario. Todo. Lo que haga falta para tener una enorme cantidad de imágenes inmortales, se hace o se intenta hacer. Siempre. Ahí quedará el recuerdo eternamente. Y con el Mid-Caucasian tur no hice ninguna excepción.

Pero la noche amenazaba con caer; y quedaba aún un largo trecho por recorrer para regresar al campamento, que seguramente para entonces Kirin ya había levantado. Así que, ya sobre nuestros caballos, le dije a Eugenio, que me apuraba, citando al Jefe: “Hey, I know is late. We can make it if we run”. Para mi enorme placer, mi guía, también fan de Springsteen, respondió: “Oh, Thunder Road, sit tight, take hold”. Y espoleamos nuestros caballos camino al ocaso. Detrás nuestro dejábamos una montaña y un recuerdo inolvidable. La cacería seguía.



Lo que le siguió a la cacería del Mid-Caucasian Tur fueron dos días larguísimos, de muchas más de veinticuatro horas cada uno de ellos. 



Despertamos un dieciséis de agosto soleado. Afuera de nuestras tiendas el sol amenazaba con caer con todo su peso sobre nosotros. El cielo, de un azul exaltado, se lucía impoluto e infinito. No se vislumbraba ninguna nube a miles de kilómetros a la redonda; solamente se apreciaba el Cáucaso en todo su esplendor, que se extendía a nuestro alrededor presumiendo altanero sus picos, sus collados, sus crestas, sus glaciares. Por su parte, los caballos pastaban tranquilos cerca del campamento. Los guías salían de su tienda, se estiraban, y saludaban entusiastas. ¡Dobroye utro! ¡Good morning! ¡Buenos días! Eran alrededor de las siete de la mañana. Pronto tocaría levantar campamento y descender a la cabaña.



El descenso fue a pie, jalando cada quién a su caballo. Tocaba devolverles el favor a nuestros corceles.  


Nos tomó cinco horas llegar a la cabaña. Llegamos sedientos y bronceados. También hambrientos y muy sedientos. Eugenio y yo decidimos no desperdiciar con agua la sed que nos aquejaba faltando una hora de recorrido. Aguantamos. Sabíamos que abajo nos esperaban unas ocho botellas de medio litro de cerveza Halvichny Zavod Nalchikskiy. Así que al llegar al campamento base sentimos un goce indescriptible cuando nos bebimos cada quién un litro de cerveza dándole grandes y larguísimos tragos. 

Refrescados y sin botas, pasamos a la cocina a que nos dieran de comer. Posteriormente empacamos y esperamos a que Tomás, el mismo chófer que nos había traído, nos recogiera para llevarnos al pueblo, donde pasaríamos la noche en un hostal de cazadores de la localidad. 

A eso de las dos de la tarde pasaron por nosotros. De camino al pueblo, pasamos a visitar las Cascadas de Chegem, atractivo turísitco de la región. Y ya en el pueblo, antes de que nos llevaran al sitio donde pasaríamos la noche, pedí que me llevaran a supermercados a tratar de encontrar una botella de Tabasco. Visité todos, chicos, grandes y medianos. Pero en ninguno encontré lo que buscaba. Tuve que conformarme con salsa Sriracha hecha en Rusia. Definitivamente era mejor que nada.



Arribamos al pequeño hostal de cazadores poquito antes de las ocho de la noche. Nos instalamos, nos dimos un baño, cenamos ensaladilla rusa y pollo, bebimos cerveza y fumamos.



Mientras cenábamos, Eugenio y yo no dejábamos de intercambiar anécdotas de cacería. Ambos repetíamos una y otra vez la cacería del Mid-Caucasian Tur. Porque los dos pensábamos que había sido algo insólito: los tiempos, las coincidencias, las decisiones que se tomaron. Pero sobre todas las cosas, el tiro de Aslan a la piedra a mil metros; que haya pegado, y que los tur hayan reaccionado tal y como el guía local lo había anticipado. Lo cantó. Contaba doble. Me iba a costar dejar de soñar en ese suceso. A Eugenio también, me confesó.



Ya entrada la noche comenzó a llover. La humedad despertó a los insectos, que no tardaron ni un segundo en rodearnos. Así que al terminar el último sorbo de lo que nos quedaba a cada uno de cerveza decidimos irnos a descansar. Al día siguiente viajaríamos a Cherkesk, capital de la República de Karacháyevo-Cherkesia. La aventura continuaba.

A las siete de la mañana del diecisiete de agosto Eugenio y yo desayunábamos huevos, pepinillos, queso fresco y salchichón. Bebimos cada quién tres o cuatro tazas de té y, después del desayuno, preparamos todo para viajar a nuestro nuevo destino.

Antes de que pasaran por nosotros, visitamos al taxidermista, que tenía su taller justo enfrente del hostal donde nos hospedábamos. Nos enseñó el excelente trabajo que había hecho con el cráneo de mi tur y su copina, que para entonces ya tenía debidamente cubierta de sal. 

No recogieron a eso de las once de la mañana. Y no fue hasta las cuatro de la tarde que llegamos a un pequeño hotel a Cherkesk. Ahí nos dieron a cada uno de nosotros una habitación. Dejamos las cosas y bajamos de inmediato a comer. Estábamos famélicos.

Afortunadamente abajo del hotel había un restaurante de comida georgiana. Ahí comimos carne asada, kebab, vegetales, quesos, pan, lavash. Y bebimos cerveza. Todo hasta atiborrarnos, pues no volveríamos a comer nada hasta quién sabía cuándo del día siguiente. 



Terminando el festín nos fuimos a dormir. No eran más que las seis de la tarde. Pero a la una de la mañana nos iban a recoger para trasladarnos a la casa del guía principal de la zona del Kuban tur. Así que más nos valía tratar de descansar, que iban a ser dos días con sabor a uno, muy, pero muy largos. 

Cuando el celular chilló al diez para la una de la mañana pensé que pocas cosas se sentían más antinaturales que escuchar la campanilla de un despertador a esa hora de la madrugada. Pero me espabilé rápidamente y salí de mi habitación cargando con todo mi equipo. Afuera nos esperaba Alí, que sería el encargado en llevarnos a Urupskiy Rayon, un diminuto poblado en la cercanía de las montañas, a dos horas de Cherkesk. Ahí vivía Gena, quien sería el guía líder en la cacería del Kuban tur.

La casa de Gena era pequeña, pero acogedora. Nos recibió con los brazos abiertos. Nos sirvió a cada quién un plato de gulash y un vaso de te. Al servirnos, no obstante, también nos urgió a que terminando de desayunar nos preparáramos para un viaje de dos horas en jeep ruso y una cabalgata de ocho larguísimas horas. Las montañas esperaban, y no había mucho tiempo que perder. Eran las tres de la mañana. El día recién empezaba, ¿o continuaba? Ya no sabía.



El viaje en jeep fue algo ondulante. Se atascaba, se apagaba. Mas yo nunca he visto un automóvil que aguante más que estos vehículos. Porque al final nos subió a mil quinientos metros sobre el nivel del mar. Un avance que agradecí enormemente. Y siendo las seis de la mañana, logramos alcanzar la zona donde nos reuniríamos con los otros dos guías, que venían con los caballos. 


Alberto y Vladimir, los otros dos locales que subirían con nosotros, nos alcanzaron una hora más tarde. El primero, quien de inmediato me llamó tocayo en ruso, tiozka, venía completa y absolutamente ahogado de borracho; toda vez que un grupo de jóvenes turistas le habían regalado una botella de plástico llena de vodka. El otro, Vlad, un ruso gigante y recio, era el hermano menor de Gena. 

Después de las presentaciones correspondientes y de rolar la botella de mano en mano, inició una cabalgata húmeda, empapada, blanca. Fueron siete horas de atravesar una espesa e interminable neblina. 


Mucho más de la mitad del camino fue en terreno alpino; es decir, por encima de la línea de árboles. La idea era cazar mientras nos dirigíamos al campamento. Sin embargo, la niebla no sólo nos obstaculizaba la cacería, sino que tampoco nos permitía contemplar los hermosos paisajes. 

Al final, ya entrada la tarde, jalando los caballos, descendimos a un valle. Conforme bajábamos, empapados y cansados, dejábamos detrás el pálido velo que cubría las montañas. Los árboles nos arrojaban gotas inmensas que se nos colaban por el cuello y nos arrancaban un estremecimiento de vez en cuando. Todos ya queríamos llegar al sitio donde levantaríamos el campamento. Y nunca olvidaré cómo cuando estábamos a unos quinientos metros, Gena se voltea y me dice en ruso, que ya falta poco; que menos de medio kilómetro. Vas bien. Pero aquí los Tur se ganan, no se regalan. Eso fue lo que me tradujo Eugenio segundos después. 

Continuará. 

viernes, 22 de marzo de 2019

La cacería de buro que nunca fue


A mis hermanos Ivanes, con todo el cariño del mundo


Cuando le dije a mi hermano Iván que iba a contar lo que nos sucedió aquella noche, me pidió que no lo hiciera; que para qué, si nadie me iba a creer. Sin embargo, aquí estoy, dispuesto a contarlo todo; no me importa si me creen o no. Porque esta historia no la cuento para ustedes, sino la escribo para mí; para no olvidarme de ésta nunca, para siempre tenerla presente, para en todo momento tener el recuerdo a la mano, pues me servirá durante toda la vida para reflexionar sobre la misma.

Todo empezó una madrugada helada, completa y totalmente despejada. Nunca antes había amanecido el rancho Cirios tan frío. Recuerdo perfectamente que ese día salí de mi bungaló y me sentí congelado, pero debajo y en el centro de la bóveda celeste, con el infinito ampliándose sobre mí. Sin ser experto en astronomía, pensaba que en ese momento se alcanzaban a ver desde ese lugar hermoso en Sonora todas las estrellas del universo. Por eso me perdí un rato en el cielo, sin importarme la gelidez de mi entorno. Algo allá arriba me tenía hipnotizado, hasta que un grito de buenos días me sacó de mi ensueño.

Esa mañana, por motivos diversos, Iván y yo íbamos a salir solos de cacería, sin George ni el Peludo, los guías; ni el Paco, el vaquero; ni nadie. Todos tenían cosas que hacer. Y nosotros dos queríamos a fuerza salir a buscar un buro. Así que lo hicimos. Y desde el principio, comenzó lo anormal, pues pedí manejar yo la camioneta; a lo que Iván no mostró objeción alguna ni tuvo reparo en que yo condujera ese día.

Salimos a eso de las seis de la mañana. A esa hora, el cielo de Sonora empezaba a teñirse de carmesí y en el horizonte comenzaban a vislumbrarse las montañas, que se recortaban como dedos frente al Mar de Cortés, en ese punto en que todo se pinta de color bergamota, naranja, el color de la arena cuando se humedece con sangre. Sin duda el litoral sonorense es de los más bellos del mundo, precisamente por los espectáculos que ofrece a la vista a la hora de amanecer y cuando se pone el sol, con la serranía de cuna y el mar y el cielo de techo.

Las primeras horas pasaron en quietud. Aunque la temperatura glacial de esa mañana prometía buen movimiento de caza; no obstante, curiosamente durante horas no vimos nada, ni pecaríes ni borregos cimarrones ni venados cola blanca ni codornices ni buros. Ni siquiera las hembras, que suelen ser las más presumidas, se dejaban ver ese día, que ya comenzaba a llenarse de una energía extraña. Lo único que desfilaba para nosotros eran los saguaros gigantes, los palo fierro invencibles, las chollas filosas, los palo verde encantadores, los mesquites tupidos, los cirios extraterrestres. Y nosotros avanzábamos, sin rumbo fijo, adentrándonos cada vez más hacia el corazón del desierto, hasta que dio el medio día, y entonces todo cambió, la paz se esfumó.

Por increíble que parezca, hasta ese momento, Iván y yo no habíamos intercambiado palabra alguna. Durante todo ese tiempo había reinado entre nosotros ese silencio sepulcral cuyo sonido solamente puede ser cómodo y plácido cuando se escucha entre dos personas que se tienen absoluta confianza y mutuo cariño. Pero ese sosiego se vio resquebrajado abruptamente por un ruido extraño que hizo la camioneta.

— ¿Qué fue eso, hermano?—pregunté a mi hermano Iván, que comenzaba a cabecear a mi lado—. Esta madre está fallando.

— ¡P’ta madre, se me hace que sí!—comentó Iván secamente—. A ver, hermano, párate.

— Me paro—, dije mientras pisaba el freno y ponía la camioneta en ‘Parking’.

— Apágala, por favor, hermano. 

Apagué la camioneta y los dos nos apeamos. Ambos nos estiramos al mismo tiempo. Llevábamos cientos de minutos sentados, manejando, sin siquiera habernos parado a orinar o a estirar las piernas. Ya habían pasado por lo menos seis horas. La temperatura había subido. La luz del sol caía como plomo sobre nosotros. En el cielo no se atisbaba ninguna nube, solo su azul eléctrico que se fundía con el azul más opaco y grisáceo del mar. 

Una vez espabilado, me salí un metro de la brecha para tirar el agua; el hermano Iván hizo lo propio. Los dos buscábamos cualquier actividad, pretexto o quehacer, antes de aceptar la cruda realidad de que no teníamos ni idea de cómo afrontar el problema que nos representaba la camioneta. Íbamos a evadirlo durante todo el tiempo que fuera necesario. Por lo que una vez concluidas nuestras necesidades básicas y naturales, tomamos cada uno sus binoculares y empezamos a gemelear los alrededores en busca de un buro. Pero al no encontrar nada, a los quince o veinte minutos tuvimos que hacer frente a la complicación.

— ¡Chingue a su madre!—gritó Iván, mientras se dirigía al vehículo, llevándose las manos a la cara con violencia—. ¡Los pinches radios!

— No mames, hermano... No me digas que se quedaron cargando—. Lo primero que hice fue sacar mi celular del bolsillo y ver la pantalla. Para mi horror, no teníamos ninguna señal—. Y aquí no hay señal.

— Ver... Sí... Ayer los bajé para cargarlos, por si íbamos al cerro del calzoncillo a hacerle la cacería a los buros, como ya le hemos hecho antes. Y se me olvidaron— me explicó Iván, que a su vez también veía con ansiedad la pantalla de su teléfono, que igualmente indicaba que no tenía servicio en ese sitio.

— ¿Y ahora—pregunté nervioso—, qué vamos a hacer?

—P’ta, no sé, hermano. Porque el Peludo, el George y el Paco van a estar buscando el borrego que ‘maltiró’ el gringo; y eso puede tomarles toda la noche. ¡Y luego pa’que nos encuentren! ¡No! Va a estar cabrón.

—Verga...—fue lo único que pude expresar, mientras una extraña angustia comenzaba a envenenarme la sangre.

—Yo creo...—comenzó diciendo Iván, pero se interrumpió por un segundo, mientras comenzaba a ver a su alrededor—. Yo creo que la carretera es nuestra mejor opción. Está en casa de su puta madre; pero no hay pierde. Es para allá—dijo señalando hacia el este, en el sentido opuesto del mar—. Si le caminamos, a huevo llegamos, y ahí pedimos que nos den un aventón. Porque por aquí no va a haber señal de celular.

El plan tenía sentido. Pero sobre todo, en ese momento no teníamos otras alternativas. Así que tomamos nuestras mochilas, las llenamos de botellas de agua, y cada uno con su rifle al hombro empezamos a enfilarnos en dirección a la carretera.

Las primeras tres horas transcurrieron entre risas y tragos de agua. El hecho de tener un plan, una opción, nos había tranquilizado. Empero con el paso del tiempo, cuando el atardecer se percibía próximo, los ánimos comenzaron a caldearse. Un nerviosismo mezclado con miedo empezó a sentirse en el ambiente. Yo cada vez preguntaba con más frecuencia si ya estábamos más cerca; y mi hermano Iván que sí, que ya nada más pasando esa loma se va a ver la carretera; pero al no suceder nada, me arrancaba yo de nuevo, que si sí íbamos bien; que si no estábamos perdidos; que si seguíamos en el rancho; a lo que Iván, cada vez más molesto y agobiado, me respondía que sí, verga, que sí vamos bien; que no estamos perdidos, que ya falta poco; que tranquilo. Pero para mí cada vez me resultaba más difícil tranquilizarme. Porque ya nos habíamos acabado el agua y ya no se veía nada a un palmo de distancia, pues una noche sin luna nos sorprendió a los dos, en medio del desierto, y con la carretera en ninguna parte.

Dejé de contar las horas. Por eso no tengo idea qué hora era cuando, sin pila en los celulares, pues tanto Iván como yo los habíamos usado de linternas; sin agua ni comida en las mochilas; con la boca reseca y los hombros adoloridos, por fin escuchamos el rugir de la carretera. Cuando la vimos, los dos soltamos una carcajada histérica y nos abrazamos. Luego, apoyados cada uno en el hombro del otro, caminamos, dando tumbos, tropezando con chollas, cayendo en agujeros, en dirección a las luces de los coches que pasaban como relámpagos frente a nosotros. 

Antes de salir, Iván me exhortó a esconder los rifles debajo de un mesquite; que al día siguiente podíamos regresar y los encontraríamos sin problemas; que dejaría papel de baño amarrado en el alambre de púas para ubicarlos rápidamente. Y eso hicimos, medio enterramos nuestras armas, dejamos lista la señal, y, después de pasar por debajo de la cerca, caminamos al filo de la carretera para pedir un aventón a la casa del rancho. Ninguno de los dos teníamos idea de dónde estábamos. Pero por lo menos, durante un instante, nos sentimos más seguros; sensación de seguridad que inmediatamente se evaporó, pues como por arte de magia, o por crueldad del destino, justo cuando por fin nos encontrábamos donde queríamos estar, súbitamente los coches dejaron de pasar. 

Esperamos inquietos, en silencio e inmóviles, durante aproximadamente diez minutos. Luego Iván comenzó a caminar en dirección a, según él, la casa. Yo lo seguí. Ya no me sentía con fuerzas para nada. No quería alegar ni opinar. Estaba sediento, exhausto, ansioso. Lo único que quería era salir del desierto, tomar agua y cerrar los ojos. Tenía sueño, sed, hambre, frío. Por eso caminaba ya sin voluntad, como por instinto. Y entonces se sintió un céfiro helado, que hizo que los dos nos detuviésemos en seco y nos frotáramos los brazos. En eso estábamos cuando a lo lejos se escuchó el ronroneo de un motor. Lo que provocó otro estallido de carcajadas, gritos, juramentos, y risas. 

En ese momento todo era oscuridad y el ruido del coche que se aproximaba. Pero segundos después la luz mortecina de los faros de una camioneta vieja se dibujaron a lo lejos. Iván y yo desesperados comenzamos a hacerle señas para que se detuviera. Entre gritos de súplica, saltos y manoteos, desde muy lejos rogábamos que se parara quienquiera que iba conduciendo. Y afortunadamente, mientras veíamos nuestra salvación aproximarse, ésta también aminoraba la marcha, lo que nos llenaba de esperanza y felicidad. Pronto lo tuvimos frente a nosotros, completamente detenido, a un hombre joven, de rostro amigable, que sin mayor preámbulo nos invitó a que nos subiéramos con él. Y eso hicimos.

Era una Dodge vieja. No sabría que año ni de qué color. Los asientos de piel nos recibieron en un cálido abrazo que nunca voy a olvidar. Nos acomodamos, y a la pregunta expresa de a dónde nos dirigíamos, Iván le respondió que se siguiera rumbo al puerto, como iba, y que él le diría donde parar.

Me habré quedado dormido uno o dos minutos, pero cuando desperté, de lo primero que me percaté fue de que Iván dormía en el asiento del copiloto profundamente, con la cabeza recargada en el hombro izquierdo y roncando con ferocidad. Al frente, la noche profunda y las líneas del camino precipitábanse con violencia contra nosotros. Acto seguido, busqué a lo lejos las luces del puerto para cerciorarme de que no nos habíamos pasado. Ahí estaba ese brillo tenue. Eso me tranquilizó. Pero de manera paulatina mi tranquilidad se fue desintegrando. Primero porque sentía un frío como el que nunca he sentido en mi vida; y en segundo lugar, porque me di cuenta de que quien conducía la camioneta era una persona completamente distinta de quien nos había recogido antes. Ahora el que tenia las manos sobre el volante era un anciano decrépito, que no paraba de envejecer.

Ahogué un grito de terror. Me contuve; pero las ganas de gritar me parecían con cada segundo que pasaba más incontenibles; las sentía insoportables en la garganta y en la boca. Sobre todo cuando vi con claridad cómo el tejido de la piel del viejo que manejaba la camioneta se descomponía y se le desprendía a jirones. Luego el iris del ojo que alcanzaba a ver se derretía. Yo no podía creerlo. No me podía mover. Todo debía ser una pesadilla. Pero no podía pellizcarme ni hacer nada para despertar de ese infierno de horror. Me sentía obligado a ver cómo el conductor se convertía en un cadaver, que de pronto me volteó a ver y me sonrió de la manera más espeluznante. Luego, volvió la mirada al camino y aceleró.

La camioneta bramó y salió disparada a una velocidad que parecía imposible en un auto tan viejo. Pero era una realidad. El ruido de cada pieza vibrando y la escena del cofre devorando la carretera no dejaban lugar a dudas: íbamos por lo menos a ciento ochenta kilómetros por hora en dirección a una curva que serpenteaba una pared de piedra. No tardé ni una milésima para entender y asimilar que en unos instantes más me iba a matar con el impacto. Y así sucedió: parpadeé, y vi las rocas a un metro de la camioneta. Luego sentí un golpe en la cara, en el pecho, en las rodillas, que me causó un dolor como nunca antes lo había sentido. Después, todo fue oscuridad y silencio. 

Lo último que recuerdo fue que alguien abría la puerta de la camioneta. Primero fue sólo el sonido. Yo seguía con los ojos cerrados, esforzándome en así mantenerlos. Posteriormente, sentí sed y un dolor de cabeza espantoso. A lo lejos escuchaba una voz. Pero no alcanzaba a distinguir qué decía. Me dolía todo. Me sentía entumido y acalambrado. No quería abrir los ojos; pero después de un rato, no tuve más remedio; y cuando lo hice, una luz intensa me deslumbró. Ahí afuera seguían las voces, el resplandor, la silueta difusa de una persona que poco a poco se fue haciendo más clara, junto a su voz que me preguntaba que qué hacíamos ahí; que si estábamos bien. Era Paco. Volteé por instinto a mi derecha, ahí estaba Iván, que abría la puerta; yo me deslicé y me caí de la camioneta. De inmediato, el vaquero me ayudó a ponerme de pie. <<¿Dónde estoy? ¿Qué pasó?>>, preguntaba y repetía, perplejo. Y Paco me decía que no sabía; que si estaba bien; y yo, que me tocaba el cuerpo, dudando, decía que sí; pero insistía que en dónde estaba; y me respondían que en el rancho. Y yo, que ¿quién me trajo? Y ellos, pues ya estaban todos, incluidos George y el Peludo, alrededor mío, que nadie; y, yo, con miedo, que ¿y la camioneta? Y el Peludo, que ¡ahí está! ¡En esa se vinieron! Y, ¿yo manejando?, pregunté; y todos que, ¡sí! ¿Si no quién más? Y yo me empecé a relajar, hasta que sentí sobre el hombro la mano de Iván, que al oído me dijo: <<Hermano, yo también soñé que la muerte nos daba raite aquí a la casa>>.

Fin

jueves, 16 de noviembre de 2017

Inspirando a cazar


Dr. Stan Mendoza

Desde que me dieron la noticia de que iba a ser padre, me vinieron grandes emociones y, a la vez, mi mente comenzó a viajar en el futuro aceleradamente. Se trataba de mi único hijo hasta el momento. Se llamaría Franco. Vi un sinnúmero de experiencias a su lado en el campo y en el mar, los cuales son entorno de mis dos grandes pasiones.

Vino la incógnita también: ¿Compartiríamos mi hijo y yo el mismo gusto por estas pasiones que me han dado tantas satisfacciones?


Era un reto poder hacer posible que Franco viviera dichas experiencias tan plenas como las que yo he vivido, y al mismo tiempo transmitirle el gusto a la cacería, actividad tan debatida en estos tiempos. Era, claro, un reto que con mucho entusiasmo estaba dispuesto a afrontar.


En el poco tiempo que llevó practicando actividades del campo, he podido observar y platicar con la gente mayor (los más grandes del rancho), enfocando mis preguntas hacia cómo adquirieron el gusto por la cacería y cómo lo han transmitido a sus hijos. También me he dado a la tarea de comparar con opiniones de las personas de las siguientes generaciones, hasta llegar a lo que opinan los padres más jóvenes.


Me pude dar cuenta que no existe una fórmula mágica para adquirir este tipo de afición. La mayoría de las veces, viene de la mano del instinto; o también como resultado de continuidad de patrones generacionales. Sin embargo me pude percatar que había niños que se veían mucho más relajados y por ende disfrutando más de las experiencias vividas en las cacerías.

¿Cómo lograr esto?

En mi experiencia, con un niño de cuatro años, puedo decir que no es nada fácil lograr que un crío disfrute de las experiencias que se obtienen durante la caza, ya que ésta requiere de mucha atención, paciencia, repeticiones y disciplina, sin olvidarse de que son niños y que ellos prefieren estar en un entorno de juego, donde son poco tolerantes a las incomodidades.

Comencé a alentar en mi hijo la cacería desde su primer año de edad, contando los relatos de las buenas experiencias que he vivido en el campo.

Es importante que vaya escuchando sólo lo positivo, ya que si platican cosas negativas, podrá adquirir miedos que pueden retrasar el gusto a salir a un entorno salvaje.

Cuando comencé a ver ese interés en Franco, y la atención que ponía a las historias, que yo al contarlas las envolvía en convivencia, inesperadamente vino un regalo de su padrino Nacho: un rifle artesanal de madera que, desde el principio, se vio que tuvieron una conexión, ya que mi hijo sentía que era como los que yo tengo.


Este rifle aún lo conserva y sigue jugando con él.

Me emocionaba mucho cuando llegaba de las cacerías o del campo de tiro a limpiar mis armas; él se ponía a mi lado, jalaba un banco pequeño y se ponía a limpiar su rifle de la misma forma.

Era notorio que el gusto en Franco se estaba gestando cada vez más, así que aproveché esa etapa para jugar el mayor tiempo con él en la casa, enfocando los juegos a cacería y tiro, poniendo blancos en diferentes distancias y posiciones, siempre alentando y motivando, aún cuando quería tirar a su modo, traté de no presionarlo y ser paciente, notando cuando pasaba su interés y se enfadaba, cambiábamos de actividad y jugábamos a otra cosa.


Desde muy temprana edad salíamos al rancho y hacíamos un día de campo. En estas actividades se involucraba mi esposa. Juntos hacíamos caminatas con nuestro niño y jugábamos al tiro y a la cacería.


Todo esto ha tenido que ver para que cada vez que le propongo una salida, se le ilumina la cara de felicidad, ya que siempre he cuidado que su experiencia sea buena, aún cuando ha tenido caídas, espinadas, piquetes de insectos. No obstante, siempre le recuerdo que debe aprender a esforzarse físicamente cada vez más, para obtener mejores resultados y recompensas, las cuales le doy, cuando me ayuda en actividades de trabajo.


Me llena de felicidad verlo a mi lado compartiendo esta pasión, y es por esto que le dedico este escrito, haciéndole saber que alimenta cada vez más mi pasión por cuidar el entorno donde se encuentra el rancho, para él y los demás hijos que puedan venir.


Aún le sigo contando las historias de pesca y cacería cuando las pide, con la diferencia que, ahora él forma parte de ellas y se emociona aún más al escucharlas, ya que ahora reconoce a los personajes y los escenarios.


Termino citando una plática con el compadre Nacho y demás personas que me dijeron algún día: “Un hijo te cambia completamente la vida”; y en aquel tiempo me cerré a decir: “no tiene porqué cambiarme la vida”.

Pero Franco sí me terminó cambiando la vida, acertando en que los tiempos y el dinero se recortan al tener un hijo, pero los gustos relacionados a las actividades del campo, compartidos con él, incrementaron sustancialmente mis satisfacciones.


Si la vida te da oportunidades, no hay necesidad de que cambies tu esencia, es mejor transmitirla de forma positiva y con respeto hacia tus semejantes.



Mit Freundlichen Grüssen.