Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

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jueves, 1 de septiembre de 2016

Cacería de borrego dall en Alaska V


Quinta parte

A Armando Klein, mi hermano, por haber hecho esto posible.


Steve, mediante un susurro tenue, casi inaudible, le indicó a Jason que se quedara quieto y le ordenó que no hiciera un solo ruido. Así que éste se detuvo y se colocó en cuclillas en el lugar en el que se encontraba. En su rostro se alcanzaba a percibir nerviosismo y emoción. Yo también sentía unos nervios insoportables que, junto con la excitación, hacían que mi cuerpo temblara ligeramente.

Un silencio apretujado nos rodeaba. Era un mutismo espeso, que asfixiaba como humo. Pero se sentía en la atmósfera mucho más denso que cualquier humarada. La calma en ese momento me amordazaba, me ahorcaba. Y lo peor era que ese enmudecimiento engorroso tenía que seguirse extendiendo por tiempo indefinido, pues si una pisada brusca, una expectoración incontenible, un estornudo huidizo, franqueaba la mudez, todo el trabajo empeñado en ocho días se hubiera ido al carajo.

Llevaba cerca de dieciséis horas callado. Desde la noche anterior, que antes de concebir el sueño cavilé sobre el karma y analicé las últimas palabras de Steve, prácticamente no había dicho una palabra. Quizás frases escuetas, respuestas lacónicas a preguntas concretas. Pero nada más. Por ello, durante todas esas horas, nada más pensaba en lo último que me había comentado mi guía antes de emitir sus sonoros ronquidos dentro de la tienda de campaña: "The mountain will decide, my friend. The mountain always decides who gets a sheep and who doesn't". Y me repetía a mí mismo esa frase. Una y otra vez.

Recuerdo que a las seis de la mañana, que Steve nos despertó, reflexioné sobre esa frase. “La montaña decide quién caza y quién no caza un borrego”. La mastiqué junto con la avena que desayuné y la sorbí en el café matutino. Porque claro que el octavo día de la cacería inició como el resto había empezado: con el mismo desayuno parco, pero suficiente. La única diferencia radicaba en que en aquella ocasión, comíamos y bebíamos en profundo silencio y envueltos en una oscuridad que apenas claudicaba ante el sol naciente.

Cuando el día comenzó a clarear, Steve nos pidió que aguardáramos en lo que él se cercioraba de que los borregos seguían en donde los había dejado la tarde anterior, previo a montar el nuevo campamento; y mientras Johnson desaparecía entre las coníferas, yo comencé a rezarle a la montaña, que para ese entonces simbolizaba para mí una diosa pétrea, celosa con sus frutos y tenaz.

Momentos después volvió el guía y nos informó que el grupo de borregos no se había movido ni un centímetro. Esta información nos llenó a todos de un afónico entusiasmo y de renovadas esperanzas. En mi caso, también me hizo imaginarme a los nueve moruecos como estatuas de mármol, labradas por las manos más virtuosas, manos devotas y adoradoras de la diosa montaña.

El asecho comenzó cerca de las siete de la mañana, y para las nueve, nos logramos posicionar a poco más de cuatrocientas yardas del grupo de borregos.

Una vez en posición, Steve sacó su spoting scope y, luego de mirar cuidadosa y fijamente a través de su lente, ubicó a dos borregos maduros, cuyos cuernos daban la vuelta completa y mostrando cada uno de ellos por lo menos nueve anillos de crecimiento, que representan un mínimo de nueve años de edad. No obstante, comentó que los borregos se encontraban entre arbustos, por lo que no quería que tirara hasta que los carneros no ofrecieran un tiro limpio. Esto a causa de que yo llevaba mi Kimber, modelo 8400 Montana—recomendación de mi hermano Andrés Santos —, en calibre .270 WSM, con balas de 130 grains, que en ese caso, por su ligereza, podían ser desviadas por una rama y hacer que el tiro no impactara en el lugar adecuado.


Así que esperamos. Y esperamos. Y después de una hora decidimos que los borregos no iban a salir de entre los matojos. Como consecuencia, resolvimos que teníamos que buscar un punto más alto, por encima de los dall, para desde ahí tratar de tener un tiro más limpio.

Una vez adoptado el nuevo plan, rodeamos la montaña en cuyo valle pastaban los carneros y atacamos una ladera que debía ubicarnos arriba de éstos. Empero cuando llegamos al punto, los animales se habían movido de posición. Ahora se dirigían de manera paulatina hacia un bosque de abetos quemados que se alcanzaba a vislumbrar al este. Y por consiguiente, volvimos a ladear la colina para tratar de interceptarlos.

Cerca de las doce de la tarde, Steve se asomó desde una cresta y atisbó al grupo de borregos nuevamente entre los arbustos. Yo me acosté a su lado para contemplar a estos majestuosos animales monteses, todos de un blanco límpido y pulcro. Momentos más tarde, los borregos se situaron a trescientas yardas de nosotros. Por lo que Steve, con señas, me indicó que subiera un cartucho a la recámara. Y así lo hice, pero la emoción me hizo hacerlo de una forma un poco brusca. Y los metales retumbaron en la montaña. “What the fuck was that?”. Escuché la pregunta entre un murmullo que no disfrazaba el encabronamiento de mi guía. Steve me miró con unos ojos iracundos. Yo le devolví la mirada, casi llorando. Y con una mueca de sufrimiento intenté disculparme. Afortunadamente los borregos no escucharon nada. Así que apunté. Mas nuevamente los borregos no ofrecieron un tiro limpio.

Entonces seguimos ascendiendo, buscando un punto en donde ubicarnos y desde el cual poder tener al bosque de abetos cubiertos de viejo hollín a nuestros pies.

Más tarde, a eso de las dos de la tarde, por fin llegamos a la cumbre. Ya no habían más árboles, casi todo eran piedras y musgo. Así que los pasos dejaron de escucharse. El silencio lo dominó todo. Y Steve, mediante un susurro tenue, casi inaudible, le indicó a Jason que se quedara quieto y le ordenó que no hiciera un solo ruido. “Jason, stay here. Don’t move. Don’t make a sound. You, Beto, stay low and follow me, very slowly and quiet”. Lo seguí hacia un risco, un despeñadero; lo hice tal y como me lo indicó: gateando y silenciosamente. Luego, con la mano extendida me advirtió que me detuviera. Me detuve. Y cinco segundos después, me pidió que me apostara junto a él.

Steve me daba la espalda. Se notaba que escudriñaba lo que tenía debajo con sus binoculares. Más allá solamente se alcanzaba a entrever el bosque de cadáveres calcinados de abetos, y más lejos aun, se veía el río Copper serpentear entre las serranías.

Entre Johnson y yo había una rama caída, así que para ponerme a su lado tuve que arrastrarme bocarriba. Y por no hacer ruido, el traslado duró una infinidad. Recorrí, quizás un par de metros, en noventa horas. De por sí no es fácil arrastrarse, menos lo es cuando únicamente te puedes valer de tus piernas y nalgas, pues en las manos llevas el rifle.

Al fin acabé tendido junto a mi guía. El cielo en ese momento acaparaba la totalidad de mi horizonte. Cuando estaba por incorporarme, Steve puso una mano sobre mi pecho, como para detenerme. Instantes después me preguntó si era capaz de tirar sin una manpuesta. Yo respondí que sí, pues no era momento para ponerse especiales. Luego me susurró que buscara al borrego de hasta la derecha, y que cuando lo encontrara, tirara.

Me incorporé. Un segundo después, vi a cuatro borregos pastando de bajo de nosotros, a unos cincuenta metros. Rápidamente ubiqué al primero de derecha a izquierda, y apoyé mi rifle en una de mis rodillas; acto seguido, miré a través de la mira telescópica, y contemplé a mi dall pastear tranquilo ofreciéndome el codillo izquierdo, justo donde coloqué la cruz de mi mira y exprimí el gatillo. Luego la explosión, y de inmediato corté cartucho.


La detonación de mi .270 WSM por fin resquebró el silencio. Por su parte, la bala de 130 granos perforó el corazón de mi borrego, que al momento del impacto murió súbita y éticamente.

Durante los primeros segundos que le sucedieron a mi tiro, me sumergí en un limbo de perplejidad y sorpresa. No podía creer de lo que estaba siendo testigo y actor. Por fin se consumaba la caza. La montaña, otrora intransigente y despiadada, había resuelto a mi favor, me había cedido uno de sus frutos más preciados, un dall adulto, hermoso, mi primer borrego.

Un abrazo de Steve me sacó del transe en el que me encontraba. Su brazo izquierdo me rodeaba y abrazaba, mientras que me gritaba entusiasmado: “¡Congratulations, my friend! You did great! Nice shot!”. Por fin devolví el abrazo. Y entre balbuceos le agradecí, le volví a agradecer, y mis ojos se llenaron de lágrimas. Mi primer borrego… Mi primer borrego… Por fin, después de tanto soñar y de tanto esforzarme. Lo logré. Lo logramos.






Tuvieron que pasar cerca de cuarenta minutos para que pudiera poner mis manos sobre la cornamenta de mi dall. Cuando por fin mis palmas palparon la majestuosidad de sus cuernos, un relámpago de placer y emoción me electrocutó. Jamás olvidaré esa sensación. Nunca olvidaré mi cacería de backpack en la Cordillera de Alaska.



Fin. 

A la memoria de de Mario Miguelañez, que dio la vida por la caza y la dejó cazando en las montañas.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Cacería de pecarí de collar en Michoacán


Dr. Stan Medonza

Resulta para mí gratificante el poder compartir con todos ustedes esta experiencia tan espléndida, como lo fue cazar durante esta temporada hábil de caza de pecaríes en el estado Michoacán, en zonas de bosque tropical, muy ricas en flora y fauna. 


Se convirtió para mí en un deleite el poder caminar por las mañanas, como le dicen por acá, "campeando", por las barrancas, entre ujeras—árboles de capomo—, y zonas propicias para el hábitat del pecarí e innumerables especies de animales que habitan en esta área.

El blog Cazando Sobre la Hojarasca me ha inspirado a practicar la caza de una forma más responsable, más ética y siempre respetando la ley. También me ha dotado de un mayor poder de apreciación, ya que he aprendido a admirar hasta el más pequeño detalle de las bellezas naturales con las que se encuentra uno mientras practica esta actividad, que para mí se ha convertido casi en un ritual.

Ha sido difícil llegar a este punto de júbilo, pues incursioné en la práctica de tiro y cacería de una manera muy informal, rudimentaria y con poco conocimiento. Hay poca gente por estos rumbos que tienen una cultura cinegética responsable, y eso lleva a que el aprendizaje entre los cazadores sea más lento y se cometan muchos errores por desconocimiento del tema.

Esto me  traslada, sin pena a contarlo, a mis primeras experiencias. Las primeras veces que cacé lo hice de noche. Sin embargo y afortunadamente, durante estas iniciales cacerías no logré abatir ninguna presa.


Otro método que conocí fueron las famosas "arreadas", las cuales me parecen más que una cacería estrictamente hablando, una fiesta en el rancho en la que se puede cazar, donde el nivel de apreciación de las especies se pierde un poco por la forma en que son realizadas, mas no dejan de ser muy efectivas, emocionantes y divertidas, sobre todo cuando hay perros que las acompañan.

En una de estas arreadas maté mi primer venado hace unos 5 años. 

Fue hasta el año pasado que le agarré un sabor muy especial a la cacería, al rececho, caminando por mi cuenta al ritmo que los rastros, el viento y los árboles me iban indicando, sintiendo una conexión muy especial con el entorno y agudizando mis sentidos al tope. 
Durante un rececho de estos, el año pasado, tuve una experiencia increíble en una UMA donde fui invitado en el municipio de Arteaga.

Me gustaría compartir esta historia también, ya que se trató de una situación muy poco usual, y surgió de una forma extraordinaria.


La cacería comenzó como a las dos de la tarde, después de haber almorzado con esas tortillas y esos sabores que solo en los ranchos lejanos y remotos existen y se dan. Salimos con un guía y cazador experimentado—toda su vida cazador en esas tierras—, llamado Pánfilo, quien cazaba con machete y salón (como le dicen por acá al rifle calibre .22 de cualquier marca); también nos acompañaba mi primo político, Flaviano. Tanto éste como yo, cargados con rifles calibre .243 con mira telescópica.

La idea era que Pánfilo iba a salir caminando por una barranca muy grande y haciendo ruido a modo de arreada, mientras que nosotros caminaríamos por los filos de esos majestuosos cerros, a la par del ruido que este Pánfilo hacía.

Para dimensionar la magnitud de esos cerros, para recorrerlos, son trayectos de aproximadamente cuatro kilómetros. Estas serranías tienen en sus partes altas encineras y pineras, y en su parte más baja corre un arroyo que nunca se seca entre una vegetación densa y selvática, con ujeras, clavellinas, cazahuates, parotas e higueras al por mayor.

Llevábamos media hora aproximadamente caminando, cuando me llama por el radio mi primo, diciendo que diéramos vuelta a buscar en otro lado. Emprendí el regreso siempre listo por si cualquier animal que hubiera quedado rezagado o escondido pegara el salto.


Llegué a la camioneta del primo Flaviano y con la sorpresa que me encontré un venado (macho muy joven) en la caja con la lengua de fuera y todavía calientito (como dicen por acá).
Lo curioso es que nunca escuché ninguna detonación. Bromeando me decía mi primo, búscale, pues ¡el balazo! Así que me dediqué a buscarle la entrada de la bala, pero sin suerte, con la sorpresa que no había orificio de entrada, ni de salida de proyectil, sólo se apreciaban unos pequeños rasguños en la zona del cuello, cerca del vientre y en sus piernas.

Le pregunté a Pánfilo que quién o qué lo había matado; a lo que Pánfilo sonriente me dijo a manera de respuesta: ¡pos yo creo que fue el león!

La intriga me llevó a hacerle una entrevista, la cual tengo grabada en video y espero poder compartir con los simpatizantes de esta práctica.

Resulta que mi primo al bajar por la barranca, cuando llevaba unos quince minutos haciendo esos estridentes ruidos para aventarnos a los animales, oyó que un animal corrió por el barranco. Su instinto y conocimiento lo llevó a perseguir al animal hasta que dejó de oírlo. Dice que el último ruido que escuchó fue una especie de bramido. Así que siguió caminando en dirección a ese último sonido, y luego de un rato de búsqueda encontró al animal tendido, pero sin heridas mayores. Posteriormente, lo amarró de las patas y se lo echó al hombro.



¿Quién hubiera pensado que teníamos un puestero más eficiente por la barranca?


Llegamos a la casa y disfrutamos de esa carne preparada en diferentes formas. ¡Las señoras en ese rancho tienen un sazón inigualable!





Así fue como sucedió esto; y con la plática y anécdotas sobre cacería del buen Pánfilo, quien expresaba que la forma de cazar que él disfrutaba más era campeando, aprendí y le di un giro a mi forma de cazar.

Después comenzó y se fue gestando una nueva conciencia dentro de mí.

Tuve una iniciativa en el ejido al cual pertenece mi padre, para iniciar el trámite de convertirlo en UMA, la cual consta de más de cinco mil hectáreas. Los mismos ejidatarios comenzaron con iniciativas de protección de sus ranchos contra la cacería furtiva, formando un comité de vigilancia y poniendo letreros que prohíben este tipo de caza, lo cual es un comienzo muy bueno para la conservación y aprovechamiento responsable de las especies en la zona. 

Luego fui adaptando las tierras de mi padre para poder caminarlas, y tuve acuerdos con los ranchos vecinos para hacer un aprovechamiento responsable de los pecaríes y venados que habitan la zona, y los cuales se pueden encontrar en cantidades importantes.


Tuve la fortuna de cazar cuatro pecaríes en esta temporada hábil del estado.
Fueron tres machos y una hembra.

Me quedó un sabor de boca muy especial gracias a la forma en como fueron cazados esos animales. Los tiros tan limpios abatieron por completo y súbitamente a los animales, y por ello se pudo aprovechar en gran cantidad la carne.


Me tocó entonces la suerte de estrenar un rifle CZ 527, calibre .223 Rem., recién comprado en la SEDENA. Lo estrené con mi primer pecarí macho el último fin de semana de noviembre (dos meses después de haberlo comprado y comenzando la temporada hábil en el estado).


Comencé a caminar ese día como a las ocho de la mañana por una ujera muy grande, donde había varios rastros de venados, pecaríes y tejones.

Eran las nueve aproximadamente cuando me topé con un pecarí muy joven.  La emoción me ganó y me apresuré con un tiro muy sencillo. Pero fallé. Mi error fue haber apuntado rápido y a la cabeza, pudiendo esperar a que el animal se acomodara en una mejor posición y me diera tiro, ya que la javalina ni siquiera se había percatado de mi presencia.

Después de fallarle, el animal corrió y me quedé buscando en dónde había pegado mi bala. Recordé en esos instantes —cinco minutos después de la detonación—, que tenía un llamador de pecaríes marca Knight & Hell que me había traído mi hermano de Estados Unidos. Así que comencé a hacer los llamados. Después de unos minutos de insistir en el reclamo, escuché ruidos; algo se aproximaba. Escuchaba el ruido acercándose hacia mí; por lo que me escondí detrás de un árbol de uje y esperé a que se siguiera acercando el sigiloso sonido. Instantes después de espera, salí del árbol y ahí estaba: un pecarí atravesado. Lo vi enorme, ya que el puerco venía bajando a una pequeña barranca. Recuerdo perfectamente su posición volteándome a ver, erizado todavía por los reclamos.

El pecarí no alcanzó a moverse cuando le disparé a unos 25 metros, pegándole a la altura del brazo, cerca del pescuezo y dejándolo totalmente fulminado. Fue una gran emoción verlo rodar hasta la barranca cerca de donde estaba parado.


Mi nivel de apreciación se ha agudizado tanto, que hasta disfruto con júbilo la cargada de la presa. En el caso de los jabalíes, gozo la arrastrada hasta el lugar donde dejo la camioneta esperándome.


Llevo siempre conmigo mi celular, y trato con la ayuda de éste documentar las zonas donde haya tirado, la posición final en que la presa haya quedado, al animal listo para pelar, y una vez pelado ver los efectos balísticos del rifle. Esto me ha servido para mejorar mi forma de disparar.


Las fotos son la evidencia de la satisfacción y recompensa de lo difícil que es lograr el objetivo. Me gustaría que esos ambientalistas de closet que sólo critican la cacería sin ningún sustento, supieran lo difícil que es cazar al rececho y lograr tener suerte en el intento.

En estas caminatas confrontarte con las güinas, salsaguates, pinolillos o garrapatas es cosa segura. También fui atacado por avispas, hormigas de carnizuelo, y durante el rececho estuve muy cerca de pisar dos víboras de cascabel a lo largo de la temporada.


Los otros tres pecaríes fueron cazados cada uno en diferentes días de enero y febrero, de una forma muy similar: caminando muy despacio por las ujeras, tratando día a día de mejorar en no hacer mucho ruido, cuidarme de los vientos y siempre atento a los rastros de los animales.

Todos los abates sucedieron en el transcurso de la mañana y con mucha suerte de topármelos en el camino, en posiciones ideales para un tiro certero y a una corta distancia (a no más de 25 metros).





Habitualmente fui acompañado por el tío Lalo, venadero viejo de historias interminables de depredación, que conmigo se ha enseñado a cazar de día (aunque él juraba que no iba a tener éxito, ya que dice que sólo en la noche bajan a comer los animales).







Últimamente lo he incitado a respetar un poco el entorno, tarea de concientización que me ha costado mucho, pero al menos ya dejó ir algunas venadas espiando. 

Parte de ser más responsable en este medio ha sido también gracias a mi hermano mayor, Pancho, compañero de muchas cacerías, generalmente de pluma, y quien se ha documentado, leído y me ha transmitido la ética básica de un cazador.

Escribo estas vivencias y las comparto con el mismo objetivo que el blog de Cazando Sobre La Hojarasca me transmitió. Y este objetivo es concientizar. He escuchado a muchos cazadores que orgullosamente dicen cuántos venados o jabalíes han cazado, para mí no ha habido mayor satisfacción que platicar no cuántos, sino, cómo los he cazado.