Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

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viernes, 5 de agosto de 2016

Cacería de borrego dall en Alaska II

Segunda parte

Resulta imposible explicar o describir la sensación que impacta a uno cuando ve a un borrego por primera vez. Se trata de un fuego que se cuela por los ojos y calienta la sangre y el corazón.



En mi caso, cuando me hinqué lentamente y me arrastré temblando y tratando de moverme de la manera más parsimoniosa posible, recuerdo que venía pensando que cómo se verían a través del telescopio esos borregos. Esos pensamientos se mezclaban con las palabras que leí en los labios de mi guía: “three rams”, que no quiere decir otra cosa que tres carneros, tres moruecos, tres borregos. ¡Tres! Y luego el torbellino de dudas: ¿tiraré? ¿A qué distancia estarán? ¿Me podrán ver? ¿Y si se van? ¿Habrá alguno bueno entre ese trío de dalls? Y me acerco al spotting scope de Steve; y Steve que cuidado, ya está apuntado; y yo que, ¿a ver?; y Johnson que míralos; y cuando asomé el ojo por el visor del anteojo los vi.

Ahí estaban tres espectaculares borregos. Todos ellos de un blanco inmaculado, lleno de luz. La distancia que me separaba de ellos era de casi una milla.

Mientras los veía, sentía que los latidos de mi corazón iban a ahuyentarlos, que sacudirían la tierra y provocarían una avalancha. Recuerdo esos golpes violentos dentro de mi caja torácica, el pecho explotando, las manos temblando incontrolablemente. Y todo el tiempo pensando: ¿qué sigue? ¿Les haremos la cacería? ¿Comenzará el asecho pronto? Sumido en ese estado catatónico, sumergiéndome entre mis propias dudas, me perdí en un laberinto de ideas, cuando Steve puso una mano cuidadosa en mi hombro, y me pidió que lo dejara analizar los borregos. “Let’s see if we can find a legal ram in there”. ¿Habría un borrego legal entre esos tres? Para que sea legal un dall en Alaska debe, ya sea o que uno de los cuernos dé una vuelta completa, o estar ambos completamente despuntados, o que el guía master pueda asegurar un mínimo de ocho años del carnero.


Me hice a un lado y dejé pasar a Johnson. En lo que éste se acomodaba detrás de su spotting scope, yo me senté dándole la espalda; acto seguido, le eché una mirada de nervios a Armando Klein, que me miraba sonriente. Era como cuando uno se encuentra en el estadio, apoyando al equipo de sus amores, y un árbitro cabrón marca un penal dudoso sobre el último minuto; y tú, aficionado romántico, acostumbrado al fracaso y a los corazones destrozados, decides no ver esa escena escalofriante. Así que te das la vuelta, te llevas las manos a los ojos y comienzas a lanzar plegarias mudas a los cielos infinitos: que lo falle, que lo falle, que lo falle. De niño cantabas, que échele sal, al animal, para que falle su tiro penal. La diferencia era que en este caso, aquella tarde fría de septiembre, mi plegaria volaba implorando para que una fuerza superior ayudase para que Steve encontrara entre ese trío de carneros uno susceptible de aprovechamiento legal; o en otras palabras, uno al que pudiéramos darle caza en ese momento.

En ese momento de incertidumbre y expectativa, nervios y emoción, me pegó el dilema del primer día. Ese dilema que consiste en la fluctuación que embarga al cazador cuando se topa con su presa el primer día de cacería. Porque por un lado explota el impulso de cazar, por el otro, lo retiene el deseo de seguir cazando. Todo un dilema, una paradoja. En otras palabras, no acaba uno de decidir si quiere que la cacería se termine el día uno, o si, en cambio, prefiere seguir cazando y disfrutando del monte y las montañas durante más tiempo.

Mi mayor problema era el cansancio. Quizás salí de la tienda de campaña con demasiado ímpetu, con rudeza. La falta de experiencia de cazar en la montaña influyó en que me quemara rápidamente. Cargar una mochila de cinco mil doscientas pulgadas cúbicas puede convertirse en brasas ardiendo para la espalda, las piernas, la cadera, el abdomen. Esa bolsa se deviene en piedras, en peso inerte, en invisibles manos que te quieren jalar de espaldas al suelo. Sobre todo cuando la mochila va llena a reventar. Y ahí estuvo el primer error: llevar en la backpack todo el equipo: comida, toalla, almohada, toallitas húmedas, botiquín. Craso error, más cuando el plan de la primera salida era regresar al campamento.

Otro error fue la vestimenta. Cuando salimos del campamento soplaba una brisa helada, el sol se asomaba con timidez y el aire se sentía empapado. Así que opté por ponerme todo encima. Traía mi next to skin sintético; mi ropa térmica de lana; los pantalones; un suéter de fleece; una chamarra de insulación sintética, ésta debajo de otra chamarra de fibras de nylon. Además de todo esto, también traía puesta mi ropa impermeable. Por lo que a los pocos kilómetros, mi cuerpo estaba empapado en sudor y lluvia, atrapado entre múltiples capas de ropa, y haciendo un esfuerzo titánico por respirar.

Súbitamente Steve volvió a hablar. Primero un gruñido, luego un murmuro. Para sentenciar: “Nice ram. But no cigar”.

No me chingues.

Al más grande de los tres le faltaba un poco —un par de pulgadas quizás —, para ser un borrego legal. Era hermoso; y lucía potencial. Pero aquel septiembre de 2015, iba a ser su año de suerte. Quién sabe cómo le iría los próximos años. Por eso Johnson comentó que lindo; pero no iba a haber puro para celebrar con tabaco fino y cubano. Por lo menos, “not quite yet, my friend”.

Decepcionados y cabizbajos, dejamos a los borregos en paz, y tomamos una ladera para llegar al punto más alto de la zona donde nos encontrábamos, un peñasco en el cual se tenía trescientos sesenta grados de visibilidad. Quizás desde ahí encontraríamos otro borrego o grupo de borregos. Y una vez alcanzado nuestro destino, nos embelesamos con la vista. El paisaje nos dejó perplejos, las montañas lucían hermosas e imponentes; pero ni en sus faldas ni en los terraplenes aledaños encontramos ningún borrego.



El regreso al campamento fue algo físicamente pavoroso: subidas interminables, clima apocalíptico y con un dejo de fracaso que se sentía como plomo dentro de las botas. Dolor y agua. En esas dos palabras resumiría el retorno a la tienda de campaña. Cada que intentaba estirar una extremidad se me acalambraba, los ojos se me llenaban de sudor —y tal vez de lágrimas también. La transpiración y las ráfagas de viento empapadas hicieron que llegara a mi bolsa de dormir ensopado y adolorido. Esa noche no pude ni acompañar a mi equipo a cenar. Tuve que cenarme mi Mountain House de lasaña—con mucha tabasco—, medio enfundado en mi sleeping bag. Al terminar mi cena, me tomé un Ibuprofeno y me hundí en un profundo sueño, silencioso y negro; no sin antes preguntarme, ¿aguantaré diez días?



Al día siguiente amanecí un poco adolorido; pero nada grave. Mayor fue el problema de salir de la tienda de campaña con las primeras luces del alba para constatar que nuevamente nos encontrábamos rodeados y hundidos en una espesa y blanquecina neblina. Otra vez tendríamos que esperar en nuestras bolsas de dormir hasta que el día abriera—si es que eso sucediera. “Otra vez el clima, de la chingada, hermano”; le dije a Armando cuando terminé de vaciar mi vejiga. Ni hablar. A esperar. Y esperé dormitando unos momentos más, hasta que Jason nos sacó del sueño para ofrecernos dos tazas repletas de avena con agua, como desayuno. No eran precisamente un par de Croque Monsieur, pero ayudaron para obtener energía y salir a charlar entre la niebla y el frío.

Steve nos dijo que en Alaska el clima estaba loco como una cabra. De hecho, nos comentó, el mejor trabajo que puede tener un habitante de Anchorage es pronosticar el clima en un programa de radio o televisión. Parece ser que en los estudios, los pronosticadores del tiempo tienen una diana dividida entre los distintos tipos meteorológicos: nublado, parcialmente soleado , lluvioso, tormenta, soleado; a la dardera en cuestión, antes de salir al aire, le arrojan un dardo y pronostican el clima en el que éste se haya clavado. Total, en Alaska cambia tanto el clima en un solo día, que eventualmente le darán la razón al pronosticador en turno.

Tanta razón tenía Steve Johnson, que cuando terminó su anécdota, yo me excusé para ir al río a llenar nuestras bolsas de agua. No cruzaba medio camino cuando el cielo se abrió. Cuando me alejé del campamento quince metros, este último despareció de mi vista. Sin embargo, una vez despejados los cielos, a cincuenta metros alcanzaba a ver perfectamente bien las casas de campaña y la colina que nos protegía a veces del viento. Acto seguido, sorprendido constaté que un caribú venía bajando el último collado en dirección al campamento, y cuando estuvo a unos cien metros de éste, se detuvo.

Me olvidé del río, de las bolsas de agua, de todo, y me dirigí lo más sigilosamente posible de regreso a nuestro diminuto y sencillo fortín. El último tramo casi lo hice arrastrándome sobre la tundra, en compañía de mi amigo Armando. Y una vez que nos posicionamos a una distancia prudente, comenzamos a llamarle a Steve para indicarle que: ·”there’s a fucking caribou in camp, Steve. Is it nice? If it’s a nice one, I’ll take it. I do have a tag for caribou”. Todo esto en susurros forzados, casi inaudibles. Pero que el guía captó perfectamente bien, pues tomó sus binoculares y lanzó un: “naaaaah”.


Chingaos. Nada le gusta a este güey.

Después de unos momentos, el caribou dio media vuelta y regresó por donde vino. Una vez perdido de nuestras vistas, nuestro guía nos ordenó que empacáramos ligero, que seguiríamos a ese caribou, puesto que la última vez que lo habían visto estaba acompañado de otro ejemplar muy grande. Así que eso hicimos: tomamos nuestras mochilas, las vaciamos, y emprendimos la subida a la colina sobre cuyas faldas teníamos nuestro campamento asentado.

Una vez arriba, nos sentamos y sacamos nuestros binoculares. Luego de un par de horas, Armando divisó a un par de borregos en el talud de la montaña que teníamos enfrente. Los moruecos yacían, tranquilos, como a un kilómetro de distancia; lo que representaba un problema, pues Steve había olvidado su spotting scope en su tienda de campaña. No obstante, Klein brindó una solución: sacó su cámara y comenzó a fotografiar a los carneros. Posteriormente, le enseñó la pantalla de la cámara a Johnson, y jugando con el zoom empezaron a juzgarlos.



Mientras tanto, yo me entretuve viendo a una pareja de grizzlis y una manada de caribous, en la cual no se encontraba ninguno especialmente grande.



En cuanto a la pareja de borregos, parecía que había uno bueno ahí. Pero para estar cien por ciento seguros, alguien tenía que bajar por el telescopio. Lo dejamos al azar. Perdí el volado.



Después de casi una hora de descenso, por fin puse mis manos sobre el telescopio de mi guía; pero justo cuando me disponía a regresar, me sorprendí viendo a Jason bajar, brincando de roca en roca, con la destreza de una cabra, a toda velocidad hacia mí. Así que me detuve. Cuando por fin nos topamos, me dijo casi ahogándose que me esperara, que habían encontrado un grupo grande de borregos a una milla del campamento, pero casi al mismo nivel. “That group is bedding very low on the mountain”. Que si entre éstos había uno bueno, en un par de horas estaría dentro de mi mira telescópica.




Esperamos a que Armando y Steve bajaran; cuando lo hicieron, este último me guiñó el ojo y me entregó mi rifle. Acto seguido se adelantó a paso seguro, de esos que no necesitan indicarte para que los sigas. Simplemente lo haces. Y lo hicimos. Todos comenzamos a seguir a Steve hacia la ruta por donde nos dirigimos el día anterior, el primer día. Sin embargo, en el punto que se hacía una bifurcación, en esta ocasión tomamos hacia el oeste, el lado contrario. Además, caminamos mucho menos; ya que rápidamente me sorprendí a mí mismo boca abajo, arrastrándome, con el corazón desbocado y ansioso por reventarme el pecho, contemplando cómo Steve armaba su spotting. Desgraciadamente, otra vez no había nada que se pudiera cazar: “Young ones”.

Carajo.


Continuará.

jueves, 26 de mayo de 2016

Cacería de borrego dall en Alaska


Primera parte

"The mountain will decide, my friend. The mountain always decides who gets a sheep and who doesn't", dijo Steve Johnson instantes prior a apagar su lámpara de cabeza, cerrar su libro y acomodarse en la bolsa de dormir para caer en un largo y profundo sueño.


Así que la montaña decidiría; que la montaña siempre decide quién caza y quién no caza un borrego. Esa fue la enseñanza que lanzó Steve, mi guía, a modo de despedida, a modo de buenas noches, previo a emitir sus sonoros ronquidos, que dentro de la pequeña Hilleberg que compartíamos él y yo, junto con su 'packer', Jason, tronaban como rugidos estruendosos y escalofriantes. Sin embargo, el motivo por el cual yo permanecí despierto mientras que mis compañeros roncaban y dormían agotados, no era el ruido, sino la tormenta de cavilaciones e ideas que me embargaron yaciendo boca arriba, sumido en la más honda de las oscuridades, con el cierre del 'sleeping bag' hasta la barbilla y sintiendo los alfileres del frío en los pómulos.


Dichos pensamientos fueron provocados por la conversación parca que sostuvimos antes de acostarnos; pues Johnson nos había contado cómo la montaña es una especie de dios justo que cede sus frutos a quienes los merecen. Para este hombre la cacería en la cordillera de Alaska, actividad que lleva practicando durante décadas, va íntimamente vinculada con el karma del cazador. Es decir, los cazadores buenos cazan; los cazadores malos, no. Buenos o malos, en el sentido de sus actos en la vida, no de su destreza para cazar. O por lo menos así sucede la mayoría de las veces, según contó mi guía.

Entonces, ¿cómo se desenlazaría mi expedición? ¿Cómo andaba yo de karma en esos días? Siempre he sido especialmente escéptico en estos temas, por eso la filosofía karmática de las alturas me mantenía en constante reflexión. Y es que nunca me he considerado una persona mala, y no obstante ello he regresado de numerosas cacerías sin haber cazado nada. Y hasta ese momento, hasta esa noche, que era la octava de mi cacería, la montaña se me había antojado hermética, desairosa. Nos cerraba el paso durante horas al zaguán que da a su morada, vistiéndose con una cota de malla de neblina infranqueable.


Nos había sido imposible en días anteriores ver muchos borregos, pues las montañas los escondían detrás de nubarrones; y no sólo eso, nos ahuyentaban de ellos disparando contra nosotros tormentas de nieve, lluvia y granizo, y exhalando helados ventarrones que hacían que pasáramos horas frías, muy frías, inmóviles, esperando a que el día se abriera. Mas los días no abrían. Y cuando lo hacían, se despejaban por lo que parecían segundos únicamente. Recibíamos luz de sol como limosnas, migajas de calor, sobras de cielo azul.

El clima estaba siendo un problema. Lo fue desde el inicio del viaje, pues desde el día uno el clima no permitió que nos volaran de Anchorage al campamento base a la hora acordada. No fue sino hasta cinco horas más tarde de lo principalmente planeado que aterrizamos al lado del Río Copper, para conocer al equipo comandado por Steve Johnson. Aquél también se integraba por Spencer, hijo de este último, Mike y su hijo Hunter, quienes se encargarían de guiar a mi primo Baltasar que quería cazar un moose; Johnny y Daniel, otros guías de alce que se ocuparían en guiar a Sebastián. Armando y yo, saldríamos con Steve y Jason esa misma tarde en un ultra ligero a la cima de las montañas en busca de borregos dall.


Y salimos. El pequeño y frágil Piper PA-18 Super Cub despegó a los pocos segundos de haber arrancado el motor. Pocos metros le fueron suficientes para despegar. Y ascendió por encima de las nevadas cumbres con rumbo al campamento remoto donde pasaríamos la primera noche. Y si bien el avioncito parecía inseguro y escalofriante; no obstante, su vuelo resultó suave y regular. No se agitó como me imaginé lo haría. Por eso cuando abordé, mis piernas temblaban un poco. Pero pasados un par de minutos de vuelo, me distraje conversando con el piloto, entre el ronroneo de la aeronave, y buscando desde el helado cielo azul puntos blancos en las montañas a los cuales con posterioridad pudiésemos dar caza. Y sí vimos dos grupos de borregos desde el avión; mas la nueva ley prohíbe acercarse a ellos usando cualquier medio de transporte. Dicha ley tenía meses de haber entrado en rigor, y no fue hasta los días siguientes cuando maldije a los legisladores que se encargaron de hacernos a los cazadores las cosas más difíciles—mucho más difíciles—, con esa nueva prohibición.


Después de unos minutos de haber despegado, el ultra ligero aterrizó suavemente en un collado. Ahí se encontraba Steve, que terminaba en esos momentos de montar el campamento remoto donde pasaríamos la primera noche, y quizás dos más.

El frío aún no arreciaba. De hecho, el clima se sentía fresco bajo las capas de lana de la ropa que llevaba puesta. Yo no temblaba, ni mi cuerpo sentía ganas de temblar. Al contrario: me sentía entusiasmado y en la sangre un calor de emoción y expectativa me calentaba el pecho. Eran alrededor de las cinco de la tarde y todavía se veían iluminadas las cumbres nevadas de las montañas por los últimos rayos de sol, que las pintaba color bergamota y carmesí.


Faltaban por llegar Armando y Jason. Encendí un cigarrillo y comencé a hacerle plática a Steve. Más que una conversación, fue la típica entrevista que hacemos los cazadores a nuestros guías en la víspera del primer día de cacería: ¿qué tal va la temporada? ¿Cómo se cazan estos borregos? ¿Qué opinas del calibre que traigo? ¿Cómo les ha ido a los demás? ¿Qué tasa de éxito maneja tu compañía en cuanto a la cacería de borregos? ¿Qué podemos esperar de esta aventura?

Yo seguía sin creérmelo. Por fin me encontraba en las montañas, rodeado de quiméricos e invisibles borregos, otrora sueños e ilusiones lejanas y pasados. Por fin el ideal había devenido realidad: en cuestión de horas daría el primer paso, con mi mochila a la espalda, en busca de mi borrego en la cordillera de Alaska, mejor conocida como el ‘Alaska Range’. Sabía que no iba a ser fácil, sobre todo por lo que implica caminar durante todo el día cargando con el equipo completo. Sin embargo, me había preparado bien. En semanas anteriores me dediqué a visitar el Tepozteco, los Dínamos, el Desierto de los Leones, el volcán Xinantécatl, el cerro Ajusco, siempre con mi mochila de ochenta y seis litros completamente llena. Es decir, para el mejor desarrollo de mi entrenamiento, hice mi maleta unos meses antes del viaje para poder ejercitarme con ella en todo momento.

 

Recuerdo con especial cariño la expedición al Nevado de Toluca. Fue una fresca mañana de agosto; Armando Klein, Graciela y yo despertamos a eso de las cinco de la madrugada, y de pronto, un par de horas después, nos encontrábamos en la falda de tan bello volcán. La idea era subir desde la Caseta de los Venados hasta los cráteres. A las siete de la mañana, mochilas a la espalda, inició el asenso.

Era la primera vez que subía una montaña de verdad. Me acuerdo que cuando tomamos la primera vereda que conduce al camino, hacia las antenas, habíamos olvidado usar nuestros walking poles. No fue sino hasta recorridos unos trescientos metros cuando Armando y yo nos percatamos que estábamos paseando— ¡Cargando!— tan fundamental accesorio para subir una montaña. Nos detuvimos, y luego de un par de minutos que nos tomó aprender a armarlos, los empezamos a usar. “Son a prueba de naco”, me dijo Armando, cuando me vio batallar con los palos. Yo me reí y le menté la madre. Sin embargo, no erraba: no podía armar los mentados poles.

Una vez armados y luciendo como verdaderos alquimistas, retomamos nuestro camino.

Huelga mencionar que ni Graciela ni Armando ni yo habíamos estado antes en el Nevado de Toluca. E irresponsablemente subíamos sin guía ni mapa ni GPS ni nada. ¿Qué podía pasar? ¿Qué no todo el mundo sube fotos a redes sociales posando con sus perros, novios, novias, amantes, en los cráteres? Sí. No obstante, muchas de esas personas —la gran mayoría— no escalan desde la Caseta de los Venados. Dirían en mi pueblo: pequeño detalle… Pues hay una diferencia de muchos kilómetros entre empezar desde la caseta o iniciar el asenso desde ‘las antenas’ o el albergue.

Atacamos los senderos que te llevan a ese magnífico llano, conocido como el Parque de los Venados, que termina en donde se yerguen los riscos del cráter. Esa parte del camino es algo empinada y lodosa; pero conduce a uno de los puntos más bellos del recorrido. Porque al llegar uno al llano, al parque, se sorprende con el escenario. Las vistas son esplendorosas, el aire que se respira es fresco y el terreno no aparenta ser accidentado. Por eso justamente ahí decidimos improvisar un frugal picnic y echarle diente a los sándwiches que llevábamos cada quien en su mochila. Nos supieron a gloria. Una gloria que pronto se desmenuzaría con cada paso inclinado, titubeante, que habríamos de dar, uno por uno, para llegar a los cráteres.


El trecho que conduce al cráter del Xinantécatl, hombre desnudo en náhuatl, significó la prueba de oro previo a la cacería de borrego en Alaska. Prueba que superamos con creces, pues recorrimos los cerca de 21 kilómetros que separan el Parque de los Venados de las lagunas del Sol y de la Luna, siempre custodiadas por los picos del Águila y del Capitán, que en ese entonces no vestían su habitual ajuar de gala, ya que nos estaban cubiertos de nieve.

 

Durante toda mi cacería pensé en mi entrenamiento. Recuerdo que el primer día, luego de cuatro horas de caminata cuesta arriba, con los músculos de la espalda ardiendo en llamas y el rostro empapado en sudor, me dije a mí mismo, si pudiste hacer esto a cuatro mil seiscientos metros sobre el nivel del mar, lo puedes hacer aquí en Alaska. 


Esa primera salida me estaba destrozando. Pero cuando las rodillas no pueden, siempre tiene que entrar la mente al quite. Iba por mi segundo aire. Y justo cuando tomé, me percaté que Steve se tiró al suelo y en cuestión de segundos tenía el spotting scope listo. Con los latidos del corazón tronando como percusiones de artillería no lo alcancé a escuchar bien. Pero estaba seguro que lo que sus labios decían era: “three rams". Tres carneros. 



Continuará.