Sobre la hojarasca

El latido de tu corazón comienza a sofocarte. Sientes los violentos martillazos en el pecho. Tratas de controlar tu respiración, pero por más que te esfuerzas se te escapa del cuerpo como bufidos estruendosos y delirantes. Contrólate. Respira profundo. Tranquilo. Sin embargo, cualquier intento por serenarte naufraga en la excitación y el nerviosismo. Estás totalmente exasperado. Caminas lentamente con tus sentidos agudizados. Todos los sonidos estallan con una nitidez increíble en tus oídos. Comienzas a creer que estás haciendo mucho ruido y aún te quedan diez metros por recorrer para estar a buena distancia. Y tu aliento como una tormenta, y tu palpitar como un terremoto. Mas nada truena como la hojarasca bajo tus pies, bajo tus botas. Eres un cazador. Caminas lentamente sobre la hojarasca. Cinco metros más por recorrer. Debes llegar a esa roca grande para poder mampostearte. Y llegas. Y ahí está… con toda su belleza y esplendor, imponente, ocupando todo el universo y absorbiendo toda la existencia. Lo vislumbras detenidamente, casi perplejo; te desconcierta tanta inmensidad y hermosura. Por un instante olvidas la impetuosa fogosidad. Luego apuntas.

martes, 10 de junio de 2014

Ley que prohíbe animales en circos, una idiotez


El día de ayer, dentro del recinto legislativo de Donceles en la Ciudad de México, una masa amorfa, pardusca y acéfala, que se mueve lentamente y con parsimonia disfrazada de conjunto de legisladores, aprobó una ley que prohíbe el uso de animales en circos del Distrito Federal.

Qué idiotez.

Movidos por una benevolencia que roza en la magnanimidad, los integrantes de la Asamblea Legislativa del DF aprobaron la iniciativa de prohibir animales en espectáculos circenses. Esto con la finalidad de erradicar el maltrato animal en la República mexicana.

¿Y ahora qué sigue? ¿Que se les prohíba a los diputados locales del PRD, del PRI y del PAN, entre otras nimiedades, laborar en la ALDF? Eso sí que es una función de animales en un circo.

A la izquierda bananera local capitalina la ha dado por prohibir y por legalizar. Por un lado quieren prohibirlo todo, por otro legalizar hasta la mota.

Lástima que la esquizofrenia política no se quite con un par de zapes bien dados.

Quieren proteger a los animales que se usan en circos. Pero, ¿qué será de los elefantes, tigres, leones, changos, que se utilizan para el espectáculo ahora que está prohibido su uso?

Eso no se lo preguntaron.

Todos esos animales acabarán, por supuesto, en el mercado negro. Porque ningún zoológico tiene la capacidad de recibir cientos de animales de un día para otro.

Por otro lado, ¿qué será de los cerca de diez mil desempleados que dejará esta iniciativa? Miles de familias de cirqueros, veterinarios, entrenadores de animales, domadores, se quedarán sin empleo a causa de la sensibilidad de nuestros legisladores, que ponderaron la dignidad animal por sobre la de los ciudadanos capitalinos.

Los circos son tradición, son cultura. Y esta ley acaba de sentenciar a muerte a los legendarios Hermanos Vázquez, a los Atayde Hermanos, Fuentes Gasca, entre otros.

Evidentemente no estoy a favor del maltrato animal. Sin embargo, repudio igualmente la generalización simplona de asegurar que todos los circos maltratan a sus animales. Muchos de estos últimos, incluso, viven mejor entre cirqueros que enjaulados, como los que habitan en los zoológicos.


Lástima que esta batalla la ganaron los pseudo-ambientalistas de sofá. Los que no conocen sobre ambientalismo, ni saben nada acerca de la fauna y la flora del mundo. Pero ahora en Twitter cualquiera es un chingón.

viernes, 6 de junio de 2014

Cazaste al gallardo y cantor pavo ocelado



Para ti, querido Alfredo,
que me caes a toda madre


Cuando el amable, mas sólido, buenos días de Bocho quebranta el sueño, te ase y succiona a la realidad, tus ojos se abren con ímpetu, sin pereza; acto seguido te vuelves a sentir profundamente inmerso en la selva. La sinfonía tropical no deja de sorprenderte. Los monos aulladores siguen escuchándose como fieras voraces ansiosas por devorarte; a lo lejos el arroyo no deja de correr emitiendo su sutil y ligero rumor; la vegetación canta con delicadeza; y allá arriba, las estrellas y la luna se mantienen vigilando el sueño del sol y del calor. No tardan en despertar, y sabes que cuando lo hagan, su abrazo de luz y fuego volverá a sorprenderte en medio del monte.

Estás en Campeche.

Un golpe de agua antes de dirigirte al comedor a tomar café acaba por despabilarte. Ya despierto te diriges con paso titubeante, pisando raíces y hojarasca, a tomar un ligero desayuno. Son las cuatro de la mañana. El mundo sigue roncando. Pero tú estás listo para salir de cacería; vas tras el bellísimo y majestuoso pavo ocelado.

Durante el frugal desayuno se intercambian los saludos, alguno que otro comentario. La ansiedad y la emoción danzan alrededor de todos los cazadores. Sientes como te invitan, te sacan a bailar. La urgencia por dejar el campamento te obliga a apurar el café y preguntar a tu guía si está listo: ¿Estamos listos? ¡Listos!

Y metes cinco tiros a tu chaleco; y tomas tu escopeta, la acaricias, la contemplas. Sabes que todo depende de ella. Y ellos, los demás, que pues vámonos; pues vámonos; y tú les lanzas un ¡suerte! Y te es correspondido. Lo que era somnolencia y desidia ha devenido en excitación y expectativa. ¿Cazaré o no cazaré? Un dilema, que aunque lejos de ser shakespeariano, no obstante cala, como el frío, hasta los huesos del cazador.

El jeep atraviesa con furia la selva campechana. Enciendes un cigarrillo y sientes como el humo mitiga tu fogosidad. Mientras el viento te impacta en la cara, amenazando con extinguir el fuego de tu Camel, piensas en cómo puede ser la cacería. Has escuchado que el ocelado es un pavo que canta de una forma totalmente distinta, y que a causa de esto no se puede reclamar. ¿Entonces cómo le voy a hacer?

Se detienen en la brecha. La oscuridad sigue reinando a tu alrededor. Sonidos esporádicos de vez en cuando infringen el silencio sepulcral que de pronto se instauró en ese lugar remoto de la República.

Despacito y bien, pero bien calladitos.

Caminas lo más silencioso que puedes. Sigues a tu guía que se mueve con el sigilo de un jaguar. En cambio tus botas destruyen y le arrancan rugidos a la tierra, estruendos que te incomodan y tensan. Ocasionalmente se voltea el hombre menudo y casi diminuto a ordenarte que más despacio, que más callado, que pasito…pasito… Y con las manos hace un ademán de lento, len-ta-men-te.

Por fin llegas a un punto donde te piden te sientes recargado en un tronco que yace inerte en el suelo. Te recargas. En ese momento eres presa fácil para las hormigas, las garrapatas, los pinolillos, los piojos de monte, las víboras, las arañas. No importa. Antes de que terminen de zamparte esperas poder tirarle al pavo.

Y ahí está, frente a ti, junto a un jaguar que es engullido de un bocado por una tarántula feroz. La selva toda color naranja y azul y amarillo. Silencio y ruido bailando una sinfonía muda, entre el caos y el fuego. La comezón. Un golpe en tu espalda. Abres los ojos.

Todo sigue como estaba. No hay ni pavos ni jaguares ni tarántulas gigantes. Solamente la vegetación de antes, con la diferencia de que comienza el alba a teñirla de un carmesí débil y opaco.

Te despertó tu guía, que se lleva un dedo al oído y te dice que ahí ahí’ta…¿ya lo oyó? ¿Oír qué? No escuchas absolutamente nada. Y te dicen que ahí viene; y tú te preguntas que cómo de que hay viene; ¿cómo sabe que ahí viene? El corazón comienza a agitarse en tu pecho, la sangre a fluir ardiendo.

Entonces escuchas el cantar del pavo. Es indescriptible. Todo deja de existir en ese instante que tus oídos por fin captan ese cantar tan hermoso e intimidante.

Toc…toc… Y la música.

Que te pongas listo, que ya va a salir. Ahí viene…, te alerta el guía con un susurro delicado como todos los sonidos de la selva.

Y entonces, a veinte metros, asoma el ave más bella que tus ojos hayan visto jamás. Camina a paso decidido, golpeando con la cabeza acompañando el compas de su melodía. El sol impacta el plumaje y te deslumbra el esplendor de ese increíble animal.

Tírele.

Sabes que ya no te queda mucho tiempo. Jalas el gatillo.

Estruendo, oscuridad, aleteo, desconcierto.

Tu guía arranca en una carrera fugaz. Toma al pavo por las patas. Instantes más de aleteo y tranquilidad. Nostálgica y entrañable muerte. Un segundo de bella culpa. Y todo lo demás euforia.

¡Felicidades! ¡ya se chingó a su pavo! ¡A huevo! ¡Me lo chingué!

Risas. Aullidos de emoción. Abrazos. Felicitaciones.

Siguen las obligadas fotografías. Una tras otra. Mientras te retratan tú admiras a tu presa, preciosa, divina, perfecta. Sus plumas tornasol de hipnotizan, la cabeza colorida te fascina. Sientes una felicidad que solamente un momento así te puede brindar.

Muchas gracias, Adrián. Tus oídos son de otro mundo y tu virtud como cazador admirable y envidiable. Gracias.

De regreso al campamento sabes que el Topo te tendrá listo un exquisito desayuno, que la hielera estará repleta de cerveza y que presumirás esta anécdota una tras otra vez.


Nada de esto hubiera sido posible sin la extraordinaria organización de BALAM y del trabajo arduo de mi amigo Alfredo Lamadrid.

jueves, 5 de junio de 2014

Manual para defender la cacería en redes sociales


Las redes sociales son universos nuevos. Dentro de éstas, millones de personas cohabitan, se relacionan, pelean, interaccionan entre sí, para alcanzar múltiples y diversos objetivos o para entretenerse o por puro vil y simple ocio. Twitter y Facebook son mundos virtuales poblados por todo tipo de personas. El problema es que entre éstas, abundan los caníbales. Sí. Caníbales. El cosmos que conforman las redes sociales está plagado de antropófagos, bárbaros, rufianes, bribones, cuyo único propósito es devorar a individuos con ideas distintas a las de ellos—normalmente se trata de ideas simples, maniqueas y amorfas—. Una vez masticado y abatido el sujeto con pensamientos diferentes o contrarios al de las cruentas y feroces bestias, miles y miles de animales carroñeros le caen para engullirlo despiadadamente.

Claro está que también existen quienes aprovechan a Twitter y Facebook como plataformas para manifestar ideales, iniciar debates, fijar posiciones, argumentar sobre una u otra cosa. Ambas redes sirven magníficamente para promover ideologías políticas, promocionar un producto o fomentar un sentimiento colectivo. Es decir, tanto a una como a la otra red se le puede dar un uso positivo y eficaz, y en el ínter uno puede aprender y nutrirse intelectualmente. Siempre y cuando se logren esquivar las avalanchas de lenguaje soez y la rijosidad y el encono y la ira de los antropófagos odiadores. Sin embargo, esto no significa que se deben ignorar a estos brutos y mentecatos personajes; al contrario: al decir esquivar, me refiero a torear las embestidas necias y groseras de los rencorosos sandios. Porque solamente así se les puede cansar y eventualmente vencer. Es de suma importancia no permitir que la irracionalidad triunfe sobre la razón, ni en Facebook ni en Twitter ni en Instagram ni en ninguna otra parte.

Nosotros los cazadores somos uno de los blancos favoritos de estas alimañas virtuales. ¿Cuántas vorágines no han desatado fotografías en las cuales posa un cazador con su presa? Siempre que llega a circular una imagen relacionada con la cacería, detona la histeria colectiva, el ardor tuitero, el ímpetu iracundo en Facebook. Los odiadores, inmisericordes, arremeten lanzando dentadas y salivando contra el cazador. ¡Cobarde, asesino, psicópata, maricón, pitochico, puto, animal, homicida, sicario, maricón! Braman coléricos los caníbales en redes sociales. No porque tengan una idea sobre ambientalismo, sino por el sencillo hecho de zamparse a una persona. Y las amenazas de muerte se multiplican y las estupideces se repiten una tras otra y todo internet se apesta con el hedor a vísceras.

¿Cómo evitar el problema del canibalismo contra cazadores en las redes sociales? ¿Cómo promover, fomentar, defender, la caza regulada, legal y responsable en redes como Twitter, Facebook, Instagram? A continuación algunos consejos.

1.- No esconder la pasión de la cacería.

Se entiende que muchos cazadores, para evitarse el escarnio ramplón de los inmoderados antipáticos, prefieren dejar las fotos de sus cacerías para mostrarlas únicamente en privado. Es comprensible que a nadie le guste recibir toda clase de insultos y ser calumniado por el simple hecho de subir una fotografía posando con la valiosa y bella presa. Sin embargo, lo ideal es difundir las imágenes para provocar la tempestad maniática de los odiadores para así poder demostrar a todos los curiosos lectores quién cuenta con la argumentación y quién con la locura. La razón hay que ganarla, pelearla, disputarla.

2.- Subir fotos de cacería

Una foto polemizada, como lo vendría a ser la de un cazador con su trofeo, atrae la atención de un sinfín de usuarios en redes sociales. Lo que es lo mismo a incontables curiosos que quedan inmersos en la discusión y que acaban viéndose forzados a leer los argumentos y el debate entero que puede suscitar un retrato de la naturaleza que aquí se trata. Es decir, que el tratar con los haters puede tener como efecto secundario la persuasión de una persona serena, de mente y razonamiento abierto, dispuesto a informarse antes de emitir una opinión. Muchísimas personas, luego de leer un buen razonamiento en defensa de la caza, pueden acabar otorgando al cazador el beneficio de la duda, o incluso convenciéndose de los beneficios que esta actividad trae consigo misma.

3.- Entrar a todas las discusiones sobre cacería en redes sociales

No es raro para un usuario de redes sociales que guste de cazar que entre sus amigos en Facebook o seguidores en Twitter abunden los cazadores. Dicho esto, es común que el cazador se tope con otro de los suyos siendo atacado y vilipendiado por la jauría de loquitos. Cuando así suceda, se recomienda entrarle en defensa del compañero, para ampliar el debate o la discusión y aportar con nuevas ideas y opiniones, que pueden tener como fruto el convencimiento de los fisgones que anden por ahí merodeando, atraídos por la imagen o el comentario relacionado con la cacería.

4.- Respetar a la presa con la que uno se retrata

Todos los cazadores sabemos que parte esencial de la caza, momento de suma importancia durante una cacería es cuando, tras el esfuerzo y la perseverancia, posa uno junto a la presa finalmente abatida. Y como se dijo antes, no tiene nada de malo subir la foto del trofeo. No obstante, lo que resulta no solamente incorrecto, sino que poco ético, es posar con un animal con sangre, acomodado sin dignidad, con la lengua de fuera, con la herida reluciente. La fotografía debe honrar la caza. Tanto cazador como pieza deben retratarse relucientes, vitales, bellos, orgullosos. Cualquier acto distinto significa una falta de respeto a las personas, al animal y una provocación grosera e innecesaria para contra los antis.

5.- Nunca perder la paciencia frente al ignorante

Cuando un cazador se enfrasca en una discusión, en un debate o un simple intercambio de ideas, siempre existe la posibilidad de que cualquiera de las partes estalle por alguna razón. Es de suma importancia que en redes sociales, sin importar la llovizna de injurias que nos esté empapando, los cazadores debemos mantener la calma y siempre demostrar al resto de los usuarios mayor serenidad, conocimiento de causa, inteligencia y mejores argumentos que los detractores de este deporte.

En todo momento, el cazador debe confrontar la argumentación, la lógica, el razonamiento, la templanza, las ideas y la serenidad, contra el lenguaje soez, la diatriba, la falacia, la ofensa el perjuicio y la ignorancia de los odiadores anti cacería.

6.- Buscar apoyo de no cazadores

Siempre que uno debate acerca de la caza, un argumento que pesa, cualquiera que sea, es el de una persona que no disfrute ni guste de la cacería, pero que esté a favor de ésta. En redes sociales existen muchos biólogos que, sin ser cazadores, defienden las actividades cinegéticas por conocer perfectamente el impacto positivo que tienen éstas en el medio ambiente. En todo momento será de utilidad buscar el apoyo de hombres o mujeres así.

7.- Compartir y dar ‘Me gusta’ constantemente a contenido sobre caza

En redes sociales circulan enromes cantidades de citas bellas sobre cacería, imágenes de paisajes sublimes o de momentos familiares hermosos que se capturan durante un viaje de caza; asimismo, en Facebook y Twitter nos podemos topar con artículos de opinión a favor de las actividades cinegéticas, con estudios que prueban la importancia de este deporte en el mundo. Todo esto hay que compartirlo con nuestros contactos, dando al botón de compartir o al de retuit; también es fundamental dar likes a todo lo que encontremos relacionado con esta pasión. De esta forma podemos expandir el alcance del mensaje y multiplicar las posibilidades de detonar un debate, que tanto han de beneficiar a los cazadores si se logra debatir correctamente


En fin, se sostiene que solamente mediante la razón y la persuasión se podrá hacer una apología digna y merecida de la caza responsable, legal y regulada en redes sociales. Urge limpiar esta pasión de estigmas y prejuicios con los cuales algunos malintencionados o ignorantes la han envilecido. Esto, definitivamente no quiere decir que todos aquellos que no estén a favor de la cacería estén en lo incorrecto, equivocados o locos. Por supuesto que no. El conflicto es entre los antropófagos virtuales y los cazadores, que a diario son acosados por aquellos por el simple hecho de llevar a cabo un acto privado, lícito, regulado y legal, que últimamente se ha venido polemizando.

martes, 3 de junio de 2014

El cazador y el ‘anti’. Un intento de conversación


—¡Es que eres un asesino, un cobarde! ¿Qué te han hecho esos animalitos? ¿Por qué los matas? ¿Para sentirte más hombre? ¡Psicópata, acomplejado! — Ruge el hombre sobre su cerveza, bañando a ésta y a la mesa con diminutas gotas de saliva.

Su nombre es Agustín, y odia la cacería.

—A ver, tranquilízate, amigo —le trata de calmar la persona que tiene el iracundo del otro lado de la mesa—, déjame te explico un poco acerca de la cacería. Te aseguro que si me dejas explicarte puedo hacer, por lo menos, que te furia se mitigue, se enfríe.

Él se llama Jorge, y es cazador.

—¿Cómo crees que vas a hacer que cambie de opinión? ¿Qué podrías decir para justificar el hecho de matar a un ser vivo, indefenso y hermoso?

—Es que cazar es algo mucho más complejo y profundo que el concepto que tienes de matar. Matar es dar un martillazo a una vaca en la cabeza, o sumergir a una langosta viva en agua hirviendo, o degollar un cerdo, o decapitar una gallina, o atropellar a un perro. Cazar es otra cosa…

—¿Qué diferencia hay entre lo que me dices y disparar contra un animal? —interrumpe Agustín a Jorge recargándose con violencia sobre la mesa con el rostro contraído y los ojos inyectados de sangre.

—Muchísima— responde Jorge, tranquilo, cómodamente sentado y dando un sorbo a su cerveza—. Te voy a decir por qué matar y cazar no son lo mismo, ni sinónimos. Cazar es adentrarse en un mundo ajeno al nuestro, sobre todo al que habitamos los hombres urbanos; es ir tras un animal viejo, anciano, expulsado de la manada, solitario; este animal es quien fijará las reglas del juego e impondrá las condiciones. El cazador tendrá que respetar y adecuarse, en el frío o el calor, bajo la lluvia o en un clima árido, caminará en un terreno ajeno a las plantas de sus pies, a temperaturas extranjeras a su cuerpo. Quienes cazamos dejamos el corazón en el asecho a la presa, en la búsqueda de la misma; la honramos empapándonos de sudor, rompiéndonos las uñas de los ortejos, soñando con ésta por las noches y fantaseando con el momento del encuentro a cada instante. El que mata a un animal lo hace, en el mejor de los casos, nada más para ganar una cantidad de dinero a cambio o llenar la tripa.

—¡Ahí está! ¡Para llenar la tripa!— Empieza a aullar histérico el anti cacería— ¡Tú cazas por diversión! ¡Psicópata!

Jorge suspira.

—Te quedaste con la nimiedad. La elegiste por sobre lo profundo. Pero bueno, te voy a dar por tu lado. Para que entiendas, para que concibas que los cazadores también cazamos para llenar la tripa. Cuando cazamos un animal, nos lo comemos. Y cuando nos comemos lo que cazamos nos distinguimos de ustedes al no encomendar. ¿A qué me refiero? A que tú le pagas a un carnicero para que mate a un animal para que te lo puedas comer. Yo me rompo el lomo para degustar la carne de venado. Por otro lado, te aseguro que al cazador no le divierte matar, le divierte cazar. Y como te he tratado de explicar, cazar y matar no son lo mismo. El que caza le da una oportunidad al animal de escaparse, de huir. Una vaca en el matadero o un pollo en el gallinero no tienen ningún chance. Además, me faltó mencionar el impacto social que tiene la caza. El turismo cinegético deja una derrama económica en las zonas más marginales que beneficia sobre manera a un sinfín de familias que viven de la cacería deportiva, además de la sustentable.

Agustín empieza a negar con la cabeza. Murmura lamentos ininteligibles. Bebe de su cerveza y espeta:

—Insistes en comparar a vacas, cerdos, pollos, etcétera, con animales salvajes que corren el riesgo de quedar extintos en un mundo poblado de malditos depredadores como tú.

—Todos, querido Agustín, son animales, son seres vivos. Y nosotros, en efecto, somos depredadores; por lo menos eso dice tu aparato digestivo. Sin embargo, en algo tienes razón: quizá sea una exageración meter en el mismo costal a las bestias domesticadas y a la fauna silvestre.

—¿Ya ves? ¡Te digo!

—Pero espérame tantito. Si yo acepto a ajustarme a tu lógica, me debes permitir profundizar. Vamos a ver: si te estoy comprendiendo, entonces tú consumes carne de res, de puerco y pollo solamente porque estas especies no corren el riesgo de extinguirse. Si esto es así, entonces tu mayor preocupación, tus motivos por los cuales detestas, odias la caza, es porque, según tú, esta actividad acabará por extinguir a los animales salvajes. ¿Voy bien?

—Sí…

—Está bien. Entonces vayamos al meollo del asunto. Si lo que te preocupa es que los animales salvajes se extingan, ¿algo estarás haciendo para evitarlo? ¿No es así? Cuéntame, ¿qué estás haciendo tú para combatir la cacería furtiva? ¿Con qué aportas para evitar la deforestación en el mundo? ¿Cómo pretendes contrarrestar la sobre explotación de recursos naturales en el mundo? ¿Qué haces para impulsar la conservación de la fauna silvestre en el mundo? ¿Alguna vez, por lo menos, has salido al campo, has abrazado a la naturaleza? ¿A cuántos animales de estos, silvestres, que tanto te preocupan, los has visto en su hábitat natural? ¿O solamente los conoces gracias a los zoológicos, donde sí los tienen mal alimentados, en jaulas, con su libertad coartada y sin dignidad alguna? Espero me contestes.

Agustín titubea, duda. Comienza a sentir nuevamente cómo el enojo vuelve a nadarle por las venas.

—¡No seas demagogo, mamón! A ver, pinche asesino, ¿qué haces tú? ¡Seguro vas a salir con el cinismo de que la cacería es necesaria! ¡que la cacería es buena porque es legal! ¡la esclavitud también era legal!

—Agustín, en primer lugar, no compares, nunca, la vida de un ser humano con la de un animal; porque cuando lo haces, toda esa falsa bondad que crees sentir por defender la vida de los animalitos se convierte en demencia y contradicción. En segundo lugar, te cuento que yo trabajo para poder cazar; yo aporto económicamente para que esta pasión nunca muera. ¿Y sabes cómo mantengo viva a mi pasión? Aportando con dinero para la conservación de las especies. Yo sí amo la naturaleza; yo sí he estado allá afuera, me ha arrullado el cantar de la flora y la fauna del monte, me he alimentado con lo que la tierra nos ofrece directamente a manos abiertas, he reído y llorado en bosques, desiertos y selvas. ¿Cuándo? Cuando estoy de cacería. A ti se te olvidaría a los dos días la extinción de una especie, a mí me dolería para siempre. Porque me quedaría sin poder hacer lo que más me apasiona. Así de fácil, así de sencillo. Tú crees que eres un ambientalista por el simple hecho de atacar a un cazador. Yo creo que fuera del clima que te vaya a tocar el día de organizar una comida en tu patio, no te interesa para nada el medio ambiente. Porque no sabrías cómo nombrarme tres tipos distintos de ecosistemas, o dos diferentes subespecies de venado cola blanca, o cuatro tipos de antílopes que habitan en Kenia. Tú crees que la fauna está compuesta nada más por pandas, osos polares, leones, leopardos, búfalos y venados. Pero estás equivocado, allá afuera hay mucho más. Pero eso no lo sabes, porque nunca has salido. Ahora te invito a que salgas, a que conozcas más del tema, para que no vuelvas a odiar lo desconocido, que eso es un acto de profunda ignorancia.

Agustín suelta un bufido. Baja la mirada, se queda mirando el contenido de su tarro, y espeta:

—Me cuesta creer que la cacería sea buena y que beneficie al mundo. No concibo como positivo matar a un animal y llamarlo trofeo. Se me hace cruel e inhumano.

Jorge choca su tarro contra el de su amigo, y continúa:

—Si no fuera por la cacería, por la taxidermia en específico, no podrías ver animales en los museos. ¿O qué crees, que esos animalitos se murieron y los encontraron muertos y los disecaron? Obviamente no. Si no fuera por los taxidermistas, por el concepto de trofeo que tenemos los cazadores, los animales muertos acabarían como huesos dentro del hocico de coyotes y zopilotes. La taxidermia inmortaliza al animal, su belleza, su grandeza, y lo convierte en trascendencia, arte y hermosura. ¿Me entiendes? ¿A qué quiero llegar? A que cuando cazas algo y te lo comes y lo disecas, entonces es tal el aprovechamiento que esa muerte es todo menos una muerte en vano, es casi un homenaje, una liturgia, que se da entre felicidad, melancolía y orgullo.

—Nunca voy a matar a un animal.

Jorge sonríe.

—Está bien, Agustín. Si tu deseo es nunca matar un animal, nunca lo mates. Estás en tu derecho para no cazar jamás en tu vida. Pero respeta mi derecho a poder hacerlo. ¿Te parece?


—Me parece.